domingo, 4 de octubre de 2009

Beneficiese,.- cap,1 al 15,- 1 Parte.

Lección

1

Lectura

precisa

¿Qué

implica?

Leer en voz alta exactamente lo que está escrito; no omitir palabras ni letras, ni cambiar un término por otro; pronunciar las palabras de forma correcta; tener en cuenta los signos de puntuación y los acentos gráficos.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Leer con esmero y corrección es un factor fundamental para transmitir la verdad bíblica con exactitud.

LAS Escrituras afirman que la voluntad de Dios es que personas de toda clase "lleguen a un conocimiento exacto de la verdad" (1 Tim. 2:4). Por consiguiente, el deseo de comunicar tal conocimiento exacto debe influir en el modo como leemos la Palabra de Dios en voz alta.

Es importante que tanto los jóvenes como los mayores leamos bien la Biblia y las publicaciones basadas en ella. Como testigos de Jehová, tenemos la responsabilidad de transmitir el conocimiento de Jehová y de sus caminos, lo que a menudo implica leer a una persona o a un grupo reducido. En el círculo familiar también efectuamos ese tipo de lectura. La Escuela del Ministerio Teocrático brinda a hermanos y hermanas de todas las edades la oportunidad de recibir orientación destinada a mejorar su lectura en voz alta.

Todos debemos tomar muy en serio la lectura pública de las Escrituras, sea ante unas pocas personas o ante la congregación. Además de haber sido divinamente inspirada, la Biblia "es viva, y ejerce poder, [...] y puede discernir pensamientos e intenciones del corazón" (Heb. 4:12). La Palabra de Dios contiene un conocimiento valiosísimo que no puede obtenerse de ninguna otra fuente. Ayuda a la persona a conocer al único Dios verdadero y a cultivar una buena relación con él, así como a hacer frente a los problemas de la vida. Explica, asimismo, cómo conseguir vida eterna en el nuevo mundo de Dios. Por consiguiente, deberíamos hacer todo lo posible por ser buenos lectores de la Biblia (Sal. 119:140; Jer. 26:2).

Cómo

leer con precisión. La buena lectura comprende muchos aspectos, el primero de los cuales es la precisión. Hay que esforzarse por leer exactamente lo que está escrito, sin saltarse palabras ni letras, ni confundir términos parecidos.

Para leer las palabras de la forma correcta, usted debe entender primero el contexto, lo cual exige una cuidadosa preparación. Conforme vaya desarrollando la habilidad de mirar hacia adelante y seguir el hilo de las ideas, logrará leer con mayor precisión.

La puntuación y los acentos gráficos son elementos importantes del lenguaje escrito. La primera reproduce las pausas y su duración, así como la entonación. En algunos idiomas, si no se varía el tono cuando la puntuación lo requiere, puede convertirse una pregunta en una afirmación o cambiarse el sentido por completo. Claro está que a veces la función de los signos de puntuación es principalmente gramatical. En cuanto a los acentos y otros signos diacríticos, en muchas lenguas es imposible leer de forma precisa si no se les presta cuidadosa atención, pues modifican el sonido representado por las letras. Para que su lectura tenga sentido, es fundamental que conozca bien las normas de puntuación y acentuación de su idioma. Recuerde que el objetivo es transmitir ideas, y no pronunciar palabras solamente.

La habilidad de leer con precisión se adquiere con la práctica. Lea cada párrafo repetidas veces hasta que no cometa ningún error, y solo entonces pase al siguiente. Por último, intente leer varias páginas seguidas sin omitir, repetir ni pronunciar mal ninguna palabra. Una vez logrado lo anterior, pida a alguien que lo escuche y le indique si se equivoca.

En algunas zonas del mundo, los problemas de la vista y la iluminación deficiente dificultan la lectura. Si se puede hacer algo para vencer estos obstáculos, no cabe duda de que la persona adquirirá mayor destreza.

A los hermanos que son buenos lectores quizá se les conceda con el tiempo el privilegio de leer en público la información del Estudio de Libro de Congregación y del Estudio de La Atalaya. No obstante, para cumplir bien ese cometido, no basta con pronunciar las palabras correctamente. Si desea ser un lector público eficaz en la congregación, debe cultivar buenos hábitos en su lectura personal. Con ese fin, tiene que comprender que cada término desempeña un papel en la oración. Si hace caso omiso de varios de ellos o los lee mal, aunque sea para sus adentros, no captará el mensaje o este le llegará distorsionado. Otra de las razones por las que se cometen errores es que no se tienen en cuenta las reglas de acentuación ni el contexto. Esfuércese por entender el significado de cada vocablo en su entorno lingüístico. Repare también en cómo afecta la puntuación al sentido de la oración. Por otra parte, recuerde que normalmente las ideas se comunican mediante grupos de palabras. Fíjese en estos, de modo que cuando lea en voz alta, en vez de pronunciar las palabras una por una, las agrupe en unidades mayores, constituyan o no una oración completa. Para transmitir conocimiento exacto en la lectura pública es importante entender con claridad lo que se lee.

El apóstol Pablo escribió a un anciano cristiano con experiencia: "Continúa aplicándote a la lectura pública" (1 Tim. 4:13). Es obvio, por tanto, que todos podemos mejorar en este aspecto.

CÓMO

LEER CON PRECISIÓN

Practique una y otra vez en voz alta.

Pida a alguien que lo escuche y le indique los errores que cometa.

Oblíguese a leer con esmero en su estudio personal.

En lugar de leer las palabras una por una, aprenda a agruparlas.

EJERCICIO:

Después de prepararse bien, pida a un amigo o familiar que siga en la Biblia su lectura de un pasaje de los capítulos 5 a 7 de Mateo y que lo interrumpa cada vez que 1) omita una palabra, 2) pronuncie mal un término o lo cambie de orden, o 3) pase por alto algún acento gráfico, o un signo de puntuación que exija una pausa o un cambio de tono. Conviene que el ejercicio dure al menos diez minutos y que lo realice dos o tres veces.

[Recuadro

de la página 84]

SIGNOS

DE PUNTUACIÓN

El punto (.) señala una pausa larga en la lectura.

La coma (,) indica por lo general una pausa breve en el interior de la oración.

El punto y coma (;) marca una pausa inferior a la del punto pero superior a la de la coma.

Los dos puntos (:) representan una pausa intermedia entre la de la coma y la del punto. Preceden a las enumeraciones y citas textuales.

Los signos de exclamación !) enmarcan oraciones caracterizadas por una elevación enfática del tono de la voz.

Los signos de interrogación (¿ ?) delimitan oraciones que se distinguen generalmente por una línea melódica, o entonación, con final ascendente.

Las comillas (" ", ' ' y « ») enmarcan citas y términos usados con un sentido especial, que en algunas ocasiones se resaltan con un cambio de tono o con pausas.

La raya, o guión largo (—), cuando se usa para encerrar incisos o aclaraciones, por lo general requiere un cambio ligero de tono o ritmo.

Los paréntesis ( ) y los corchetes [ ] aíslan palabras que se leen en un tono algo más bajo. No es preciso leer las remisiones entre paréntesis ni imprimir un tono más grave a las palabras entre corchetes que completan el sentido del texto.

Lección

2

Articulación

clara

¿Qué

implica?

Pronunciar las palabras de modo que se distingan netamente los sonidos. Supone 1) utilizar bien los órganos de la voz y 2) comprender la estructura de las palabras.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

La buena articulación permite que los demás entiendan lo que decimos y contribuye a que lo tomen en serio.

PARA comunicarse eficazmente, usted debe hablar con claridad. Por muy interesante o incluso importante que sea su mensaje, gran parte de él se perderá si no se comprende con facilidad.

Las palabras que no se entienden a plenitud no motivan. Aunque la persona tenga una voz potente, si no articula de manera clara, no inducirá a actuar. Será como si estuviera hablando en un idioma extranjero, ininteligible para los oyentes (Jer. 5:15). La Biblia nos recuerda: "Si la trompeta da un toque de llamada indistinto, ¿quién se preparará para el combate? Así mismo ustedes también, a menos que por la lengua profieran habla fácil de entender, ¿cómo se sabrá lo que se está hablando? En efecto, estarán hablando al aire" (1 Cor. 14:8, 9).

¿Qué

dificulta la comprensión de las palabras? Tal vez sea una abertura insuficiente de la boca. Cuando los músculos de las mandíbulas están rígidos y los labios apenas se mueven, los sonidos salen apagados.

Hablar muy rápido también puede dificultar la comprensión. Es como reproducir la grabación de un discurso a mayor velocidad de la debida. Aunque se oigan todas las palabras, se obtiene poco beneficio.

En algunos casos, el problema se debe a defectos en los órganos de la voz. Pero aun con tales impedimentos se puede mejorar considerablemente si se ponen en práctica las sugerencias de esta lección.

Con frecuencia, sin embargo, la razón por la que no se entienden las palabras es que no se articulan bien, es decir, no se pronuncian las vocales y las consonantes de manera diferenciada y con las pausas oportunas. Hay quienes, además, omiten sílabas y sonidos. Cuando se unen los términos indiscriminadamente, los oyentes captan algunas ideas y frases, pero tienen que imaginarse el resto de lo que dice la persona. Así pues, la mala dicción puede disminuir la eficacia de la enseñanza.

Cómo

hablar con claridad. Uno de los factores clave para articular claramente es comprender la estructura de los vocablos en el idioma en que se habla. En la mayoría de las lenguas, la forma escrita de las palabras se divide en sílabas, las cuales representan un sonido o conjunto de sonidos pronunciados como una unidad. En tales idiomas suelen pronunciarse todas las sílabas, si bien con distinta intensidad. Si desea mejorar su articulación, hable más despacio y esfuércese por no comerse ninguna sílaba. Al principio, su pronunciación puede parecer exagerada; no obstante, con la práctica irá recuperando la naturalidad. Para que la expresión sea fluida, deberá unir ciertas palabras, pero no lo haga si existe el riesgo de que se oscurezca su significado.

Aunque al hacer los ejercicios para mejorar la articulación hable y lea con una precisión exagerada, tenga cuidado de que no se convierta en su modo habitual de expresarse, pues resultaría afectado, poco natural.

Si le sale la voz algo apagada, aprenda a mantener la cabeza erguida y el mentón alejado del pecho. Cuando lea un pasaje de la Biblia, sosténgala en alto de modo que solo tenga que levantar ligeramente la vista para mirar al auditorio. De esta forma, sus palabras fluirán sin trabas.

Otro factor que mejorará su dicción es aprender a relajarse. Es bien sabido que si los músculos faciales y los que regulan la respiración están tensos, el mecanismo del habla puede verse afectado. Tal tensión perturba la coordinación armoniosa y natural que existe entre la mente, los órganos de la voz y la respiración.

Los músculos de la mandíbula tienen que estar relajados para responder de inmediato a las instrucciones del cerebro. Lo mismo sucede con los labios, que deben encontrarse en condiciones de expandirse y contraerse con rapidez a fin de emitir los muchos sonidos originados en la cavidad bucal y la garganta. Si la mandíbula y los labios están tensos, la boca no se abrirá bien y la voz saldrá a través de los dientes, con un sonido áspero, apagado y poco definido. Ahora bien, tal distensión no debe llegar al extremo de producir una pronunciación descuidada, sino que ha de equilibrarse con el hábito de articular los sonidos con claridad.

Para evaluar su articulación, tal vez le resulte útil leer en voz alta. Observe bien cómo usa los maravillosos órganos del habla. ¿Abre la boca lo suficiente para que los sonidos salgan sin obstáculos? Tenga presente que la lengua no es el único órgano implicado, aunque es uno de los más activos. El cuello, la mandíbula inferior, los labios, los músculos faciales y los músculos de la garganta también intervienen en el proceso. ¿Habla sin realizar movimientos faciales? En tal caso, hay muchas probabilidades de que su articulación sea un poco confusa.

Si tiene una grabadora, registre su voz en una cinta durante varios minutos. Hable con naturalidad, como lo haría en el ministerio del campo. Al escucharse, tal vez perciba que ciertas palabras no se entienden con claridad. Fíjese en si las articula mal, las pronuncia con poca intensidad o las corta, e intente determinar la causa. Por lo general, se puede remediar el problema poniendo en práctica las sugerencias antes presentadas.

¿Tiene un defecto del habla? Pruebe a abrir la boca un poco más de lo que acostumbra y a articular aún con mayor cuidado. Respire hondo y hable despacio. Muchas personas con impedimentos del habla han mejorado su dicción con estas técnicas. Si cecea, retire la lengua de los dientes incisivos al pronunciar el sonido s. En caso de que su problema no se resuelva por completo, no se desespere. Recuerde que Jehová escogió a Moisés —quien tal vez padecía un defecto del habla— para entregar mensajes vitales a Israel y al Faraón egipcio (Éxo. 4:10-12). Si tiene buena disposición, Dios lo utilizará a usted también y bendecirá su ministerio.

CÓMO

LOGRAR UNA ARTICULACIÓN CLARA

Cuando hable y lea, pronuncie todas las palabras claramente: con buena dicción, con suficiente volumen y a un ritmo moderado.

No una las palabras de modo que se oscurezca su significado.

Mantenga la cabeza erguida y abra la boca lo suficiente.

Practique la relajación del cuello, la mandíbula, los labios y los músculos faciales y de la garganta.

EJERCICIO:

Hable con normalidad. ¿Abre la boca lo suficiente? ¿Debe abrirla un poco más y hacer un mayor uso de los músculos faciales? Lea en voz alta Mateo 8:23-27 teniendo en cuenta lo anterior. Acuérdese de mantener la cabeza erguida y relajar los músculos de la mandíbula.

Lección

3

Pronunciación

correcta

¿Qué

implica?

Decir bien las palabras. Supone 1) articularlas con los sonidos adecuados, 2) pronunciar con mayor intensidad la sílaba que corresponda y 3) en muchos idiomas, tomar en consideración los signos diacríticos.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

La pronunciación correcta confiere dignidad al mensaje que predicamos y hace que el oyente centre la atención en este, y no en los errores de dicción.

NO TODOS los cristianos han recibido una amplia formación escolar. Hasta de los apóstoles Pedro y Juan se dijo que eran "iletrados y del vulgo" (Hech. 4:13). Con todo, es importante no restar lustre a nuestra presentación de la verdad bíblica con una pronunciación errada.

Factores

que hay que tener en cuenta. Las normas que rigen la pronunciación varían de un idioma a otro. Muchas lenguas se representan gráficamente por medio de las letras de un alfabeto. Además del alfabeto latino (en el que se basa el español), existen otros, como el árabe, el cirílico, el griego y el hebreo. El chino escrito no utiliza un sistema alfabético, sino caracteres ideográficos, que pueden componerse de varios elementos y por lo general representan una palabra o parte de ella. El japonés y el coreano emplean caracteres tomados del chino, pero con pronunciación y significado a menudo muy diferentes.

En los idiomas que usan un alfabeto, para una lectura correcta hay que emitir el sonido que corresponde a cada letra o combinación de letras. No resulta muy difícil cuando la escritura del idioma sigue normas coherentes, como es el caso del español, el griego y el zulú, por ejemplo. No obstante, los términos tomados de lenguas extranjeras a veces mantienen una pronunciación parecida a la original. De ahí que algunas letras o combinaciones de letras se pronuncien de más de una manera y en ocasiones ni siquiera se pronuncien. Por ello, tal vez sea preciso memorizar las excepciones y usarlas con frecuencia al hablar. En el caso del chino, para leerlo correctamente hay que aprenderse de memoria la pronunciación de miles de caracteres. Por otra parte, en algunos idiomas el significado de la palabra varía según el tono empleado; si no se tiene en cuenta este factor, puede transmitirse una idea errónea.

Si la forma escrita de los vocablos de una lengua es divisible en sílabas, es importante pronunciar con mayor intensidad la que corresponda. En muchos de tales idiomas, la posición de la sílaba tónica, es decir, la sílaba realzada, es relativamente fija, y las excepciones se señalan a veces con un acento gráfico. De esta forma se facilita bastante la lectura. Si la posición de la sílaba tónica es, por el contrario, muy variable, se hace necesario memorizar un gran número de pronunciaciones.

En algunos idiomas, para una pronunciación correcta hay que tomar en consideración los signos diacríticos que se colocan encima o debajo de ciertas letras; por ejemplo: ü, è, é, ô, ã, ō, ŭ, č, ç.

En lo que se refiere a la pronunciación, deben tenerse en cuenta varios aspectos. Por una parte, la precisión exagerada puede parecer artificial e incluso pedante, al igual que las pronunciaciones que ya no son de uso general. Con ellas solo se lograría centrar la atención en uno mismo. Por otra parte, conviene no irse al otro extremo y hablar de forma descuidada. Varios de estos puntos se han tratado ya en la lección "Articulación clara".

En algunos idiomas, la pronunciación aceptable varía de un país a otro, y hasta dentro de un mismo país. De hecho, los diccionarios de ciertas lenguas recogen más de una pronunciación correcta para determinadas palabras. Además, en los casos en que varias naciones comparten un mismo idioma, es frecuente que cada una tenga su acento característico. Sobre todo cuando no se ha tenido mucho acceso a la educación o cuando la lengua que se habla no es la materna, da muy buenos resultados escuchar con atención a los que hablan bien el idioma a fin de imitar su pronunciación. Como testigos de Jehová, deseamos que nuestra forma de expresarnos dignifique el mensaje que predicamos y que sea entendible para la gente del lugar donde vivimos.

En el habla cotidiana, por lo general es preferible utilizar palabras con las que estamos familiarizados, las cuales no suelen ofrecer problemas de pronunciación. No obstante, cuando leemos en voz alta, podemos encontrarnos términos que no son de uso frecuente. Los testigos de Jehová leemos a menudo en voz alta, bien pasajes de la Biblia cuando predicamos, o bien los párrafos del Estudio de La Atalaya o del Estudio de Libro de Congregación, en el caso de algunos hermanos. Por consiguiente, es importante que leamos con precisión y que no empañemos nuestro mensaje con una mala pronunciación.

¿Le cuesta trabajo distinguir la sílaba tónica de algunos nombres bíblicos? En tal caso, le resultará útil conocer las reglas generales de acentuación del español. Según el lugar que ocupe la sílaba tónica en las palabras, estas se clasifican en agudas (cuya sílaba tónica es la última), llanas o graves (la penúltima), esdrújulas (la antepenúltima) y sobreesdrújulas (anterior a la antepenúltima). Para señalar la sílaba tónica a veces se coloca un acento gráfico, o tilde, sobre la vocal, con arreglo a las siguientes normas: las palabras agudas solo llevan tilde si terminan en vocal, –n o –s (ejemplos: Judá, David); las llanas, si terminan en consonante que no sea –n o –s (ejemplos: Héber, Tigris), y las esdrújulas y sobreesdrújulas la llevan siempre (ejemplo: Líbano). Si la sílaba tónica contiene un diptongo —el conjunto de dos vocales que se pronuncian en una misma sílaba, bien una abierta (a, e, o) más una cerrada (i, u), o viceversa, o bien dos cerradas juntas—, la tilde va sobre la vocal abierta o la última de las cerradas siguiendo las reglas anteriores (ejemplos: Éufrates, Sirión, Binuí). También se emplea la tilde para indicar que se disuelve un diptongo (ejemplos: Efraín, Jeremías).

Formas

de mejorar. Muchas personas no se dan cuenta de que su pronunciación es un tanto deficiente. Si el superintendente de la escuela le señala que debe mejorar en algún aspecto, tómelo como una muestra de bondad y agradézcalo. Una vez que conozca el problema, ¿qué medidas puede tomar para superarlo?

En primer lugar, cuando se esté preparando para leer en voz alta ante un auditorio, fíjese bien en cómo están escritas las palabras. Si no está seguro de cuál es la sílaba tónica de cierto término, consulte las reglas de acentuación. Lea varias veces en voz alta los términos que le ofrezcan dificultades. En algunos idiomas resulta útil buscar en los diccionarios la pronunciación de las palabras desconocidas; en la introducción de tales obras se explica el significado de los símbolos fonéticos utilizados.

En segundo lugar, lea ante alguien que pronuncie bien y pídale que lo corrija.

Un tercer modo de mejorar la pronunciación consiste en escuchar atentamente a quienes poseen una buena dicción. Si tiene los casetes de la Traducción del Nuevo Mundo y de las revistas La Atalaya y ¡Despertad!, escúchelos, anote las palabras que se pronuncien de manera diferente a como usted lo haría, y practique su lectura. Con el tiempo irá eliminando las pronunciaciones incorrectas, lo que mejorará notablemente su forma de hablar.

CÓMO

MEJORAR LA PRONUNCIACIÓN

Preste atención a cómo están escritas las palabras y consulte las reglas de acentuación en caso necesario.

Pida a un buen lector que lo escuche y le aconseje.

Observe cómo pronuncian quienes tienen buena dicción; compare la forma en que lo hacen con la suya.

EJERCICIO:

Fíjese bien en cómo deben pronunciarse las palabras poco comunes del Salmo 83 o de otro pasaje bíblico que le presente dificultades. Si es necesario, pregunte a alguien que conozca bien el idioma. Repare en cuál es la sílaba tónica de los nombres propios. Primero lea en voz alta tales nombres, y luego, todo el pasaje.

Palabras

cuya pronunciación debo practicar

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Lección

4

Fluidez

¿Qué

implica?

Leer y hablar de modo que las palabras y las ideas broten con facilidad y naturalidad. La persona que se expresa con fluidez no entrecorta las palabras ni las pronuncia con una lentitud exasperante. Tampoco tropieza en la pronunciación ni titubea, como si no supiera qué decir.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Si no se habla de forma fluida, el auditorio tiende a distraerse. Además, existe el riesgo de transmitir ideas erróneas y de que el mensaje no resulte convincente.

CUANDO lee en voz alta, ¿tropieza en ciertas expresiones? O cuando pronuncia discursos, ¿le sucede a menudo que no encuentra las palabras adecuadas? En tal caso, quizá tenga problemas de fluidez. Para que su lectura y habla sean fluidas, las palabras y los pensamientos deben brotarle con facilidad, lo cual no significa, sin embargo, que deba hablar incesantemente, muy rápido o sin pensar. Su forma de expresarse ha de resultar agradable y armoniosa. En la Escuela del Ministerio Teocrático se da relevancia a este aspecto de la oratoria.

La falta de fluidez puede deberse a varios factores. ¿Necesita dedicar atención a alguno de los siguientes? 1) En la lectura pública, el desconocimiento de las palabras, lo cual causa vacilaciones. 2) La profusión de pausas breves que entrecortan el lenguaje. 3) La falta de preparación. 4) Al hablar ante un auditorio, la exposición desordenada de las ideas. 5) Un vocabulario limitado, lo que provoca titubeos al tratar de hallar el término preciso. 6) Enfatizar demasiadas palabras. 7) El desconocimiento de las normas gramaticales.

Si su intervención carece de fluidez, el auditorio no va a marcharse del Salón del Reino, pero sí va a distraerse, de modo que gran parte de lo que usted diga se perderá.

Por otro lado, tenga cuidado de que al tratar de expresarse con contundencia y fluidez, no llegue a abrumar ni incomodar al auditorio. Si las diferencias culturales hacen que su forma de hablar parezca excesivamente desenvuelta o poco sincera, no logrará su objetivo. Es digno de notarse que el apóstol Pablo, pese a ser un orador de experiencia, se dirigió a los corintios "en debilidad y en temor y con mucho temblor" a fin de no atraer innecesariamente la atención hacia su persona (1 Cor. 2:3).

Costumbres

que deben evitarse. Muchas personas tienen el hábito de insertar palabras o expresiones tales como "eh...", "este...", "o sea", "pues" o "bueno" al principio o en medio de las oraciones. Otras las finalizan a menudo con "¿verdad?" y "¿no?". Tal vez usted no se dé cuenta de la frecuencia con que utiliza tales muletillas. Para comprobarlo, pídale a alguien que lo escuche mientras habla y que repita cada muletilla que usted use. Pudiera llevarse una sorpresa.

Hay quienes leen y hablan haciendo numerosas regresiones, es decir, comienzan una oración, la interrumpen y repiten al menos una parte de lo ya dicho o leído.

Otras personas se expresan con relativa soltura, pero antes de concluir una idea, pasan a la siguiente. Aunque las palabras salgan de su boca sin esfuerzo, los cambios bruscos de pensamiento impiden que su estilo sea fluido.

Cómo

mejorar. Si su problema estriba en que no halla las palabras adecuadas, ponga gran empeño en enriquecer su vocabulario. Cuando encuentre en La Atalaya, ¡Despertad! y otras publicaciones términos que no conozca, búsquelos en el diccionario e incorpore por lo menos algunos de ellos a su léxico. Si no tiene ningún diccionario a su alcance, pida ayuda a alguien que domine el idioma.

Otra sugerencia para adquirir más fluidez consiste en leer en voz alta con regularidad. Cuando se tope con términos difíciles, repítalos varias veces.

Para que su lectura sea fluida, tiene que entender la relación de las palabras dentro de la oración. Si quiere transmitir las ideas del escritor, por lo general deberá leer grupos de palabras. Fíjese bien en tales grupos y, si le sirve de ayuda, márquelos. Su objetivo no es solo leer los vocablos de la forma correcta, sino también comunicar las ideas con claridad. Después de analizar una oración, pase a la siguiente, y así sucesivamente hasta estudiar todo el párrafo. En cuanto haya captado el hilo del pensamiento, lea el párrafo en voz alta una y otra vez hasta que no tropiece en ninguna palabra ni introduzca una pausa donde no debe. Haga lo mismo con los demás párrafos.

A continuación aumente la velocidad de la lectura. Si ya entiende cómo se relacionan las palabras dentro de la oración, será capaz de abarcar más de una palabra con cada golpe de vista y de prever lo que sigue. De este modo, su lectura será más efectiva.

También sirve de práctica leer en voz alta sin ensayo previo. Por ejemplo, adquiera el hábito de leer el texto del día y su comentario en voz alta sin haberse preparado. Acostumbre los ojos a captar las palabras en grupos que expresen ideas completas, en lugar de captarlas de una en una.

En cuanto a la conversación, para que sea fluida hay que pensar antes de hablar. Propóngase que sea así en su vida cotidiana. Determine qué ideas desea transmitir y en qué orden, y entonces hable. Pero no lo haga atropelladamente. Esfuércese por no dejar los pensamientos incompletos ni cambiar de idea en mitad del razonamiento. También puede resultarle útil construir oraciones cortas y sencillas.

Si sabe lo que quiere decir, las palabras deberían salirle con naturalidad. Por regla general, no es necesario escogerlas previamente. De hecho, es mejor habituarse a tener la idea clara y pensar en los términos sobre la marcha. Si lo hace así y se concentra en los conceptos más bien que en las palabras, estas le vendrán a la mente de forma más o menos automática, y expresará los pensamientos con naturalidad. Pero si se pone a pensar en las palabras en lugar de en las ideas, puede que empiece a titubear. Con la práctica, irá adquiriendo fluidez, cualidad importante para hablar y leer de manera efectiva.

Cuando Moisés recibió la comisión de representar a Jehová ante la nación de Israel y el Faraón de Egipto, no se sintió capaz de realizarla. ¿Por qué razón? Porque no se expresaba con fluidez, tal vez a causa de un defecto del habla (Éxo. 4:10; 6:12). Aunque puso varios pretextos, Dios no aceptó ninguno. Más bien, nombró a Aarón vocero de Moisés y, a la vez, ayudó a este a expresarse. Moisés habló en numerosas ocasiones y con eficacia tanto a una o varias personas como a toda la nación (Deu. 1:1-3; 5:1; 29:2; 31:1, 2, 30; 33:1). También usted puede honrar a Jehová con su boca si confía en él y pone de su parte.

CÓMO

EXPRESARSE CON FLUIDEZ

Cuando encuentre palabras que no conozca en revistas y libros, márquelas, averigüe su significado y empiece a usarlas.

Practique la lectura en voz alta por lo menos de cinco a diez minutos diarios.

Prepare a conciencia las asignaciones de lectura. Fíjese bien en los grupos de palabras que transmiten ideas completas. Trate de captar el hilo del pensamiento.

En la conversación cotidiana, aprenda a pensar primero en las ideas y luego expresarlas en oraciones completas.

EJERCICIO:

Analice cuidadosamente Jueces 7:1-25 párrafo por párrafo. Comenzando por el primero, asegúrese de que capta el hilo. Busque en el diccionario las palabras que no conozca. Lea en voz alta los nombres propios y a continuación todo el párrafo con la mayor precisión posible. Cuando esté satisfecho con su lectura, pase al siguiente párrafo, y así sucesivamente. Acto seguido, lea el capítulo completo. Vuelva a hacerlo, esta vez imprimiéndole un poco más de velocidad. Léalo de nuevo, yendo incluso más rápido donde sea oportuno, pero no tanto que tropiece en la pronunciación.

[Recuadro

de la página 95]

CÓMO

HACER FRENTE A LA TARTAMUDEZ

La tartamudez puede deberse a muchos factores, por lo que las terapias que dan resultado a algunas personas no son tan efectivas en otras. No obstante, para llegar a controlar la tartamudez, es importante no rendirse.

¿Le asusta, o incluso aterra, la idea de hacer un comentario en una reunión? Pídale ayuda a Jehová (Fili. 4:6, 7). Además, concéntrese en honrarlo a él y ayudar a los hermanos. Aunque no se libre totalmente del problema, verá cómo mejora. Con la bendición de Jehová y el estímulo de los hermanos, sentirá cada vez más deseos de progresar.

La Escuela del Ministerio Teocrático le brinda la oportunidad de acostumbrarse a hablar en público. Le sorprenderá ver lo bien que se desenvuelve ante un grupo pequeño que lo apoya y desea que supere su problema. Ese ambiente propicio le ayudará a adquirir la suficiente confianza para hablar en otras circunstancias.

Si se le asigna un discurso, prepárese bien. Cuando lo pronuncie, enfrásquese en él y hable con sentimiento. Si empieza a tartamudear, esfuércese por mantener la calma y controlar la voz. Relaje los músculos de la mandíbula. Construya oraciones breves y reduzca al máximo el uso de muletillas como "eh..." y "este...".

Hay quienes evitan las palabras con las que han tropezado antes y, en su lugar, utilizan sinónimos. Otros prefieren determinar los sonidos que más trabajo les cuestan y practicarlos insistentemente.

Si en una conversación comienza a tartamudear, no desista de comunicarse. Pruebe a decirle a su interlocutor que hable él hasta que usted pueda continuar. Si es necesario, escríbale una nota o muéstrele en algún texto impreso lo que desea transmitirle.

Lección

5

Uso

adecuado de las pausas

¿Qué

implica?

Hacer interrupciones de duración variable en puntos convenientes del discurso. A veces consiste tan solo en suspender momentáneamente la voz. Las pausas son adecuadas si cumplen una función útil.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

El uso acertado de las pausas es fundamental para la buena comprensión del lenguaje hablado. Además, sirve para resaltar los puntos principales.

ES IMPORTANTE que introduzca silencios oportunos al hablar, sea que esté pronunciando un discurso o conversando con alguien. Sin ellos, quizá no se capte su mensaje y parezca que habla de forma atropellada y confusa. En efecto, el empleo adecuado de las pausas aporta claridad al lenguaje. También permite enfatizar los puntos principales, de modo que calen hondo en el auditorio.

¿Cómo puede decidir dónde hacer las pausas y cuánto deben durar?

Pausas

determinadas por la puntuación. La puntuación desempeña un papel importante en la escritura. Se usa, entre otras cosas, para señalar el fin de la oración y, en algunos idiomas, para delimitar las citas. Ciertos signos de puntuación indican cómo se relacionan las distintas partes de la oración. Cuando uno lee para sí mismo, ve tales signos, pero cuando lee para un público, su voz debe transmitir lo que representa la puntuación en el mensaje escrito. (Para más información, véase la lección 1, "Lectura precisa".) Si el lector no hace las pausas que exige la puntuación, dificultará la comprensión del texto e incluso puede que distorsione su sentido.

Para determinar dónde situar las pausas hay que tener en cuenta, aparte de la puntuación, el modo como se expresan las ideas en la oración. Un pianista famoso dijo una vez: "No es que yo toque las notas mejor que muchos. Pero las pausas entre las notas... ah, en eso estriba el arte". Algo parecido sucede con el lenguaje hablado. Si, además de preparar bien su disertación o lectura, emplea con acierto las pausas, su forma de expresarse será más agradable y clara.

Cuando se esté preparando para leer en público, puede resultarle útil hacer ciertas marcas en el texto impreso. Trace una pequeña línea vertical donde deba insertar una pausa breve, y dos líneas verticales contiguas donde la pausa deba ser más larga. Si nota que en cierta secuencia de palabras se detiene repetidamente en el lugar equivocado, una con lápiz todas las que deba pronunciar seguidas. Entonces lea la secuencia de principio a fin. Muchos oradores experimentados utilizan esta técnica.

En el habla diaria por lo general no representa un problema hacer pausas, pues el hablante sabe qué ideas desea transmitir. Ahora bien, si usted tiene la costumbre de introducir pausas a intervalos fijos prescindiendo de si lo exige o no el sentido, su mensaje perderá fuerza y claridad. En la lección 4, "Fluidez", se ofrecen sugerencias para mejorar al respecto.

Pausas

de transición. Al pasar de un punto principal al siguiente, una breve interrupción dará al auditorio la oportunidad de reflexionar en lo dicho, asimilarlo, captar el cambio de dirección y entender el siguiente punto con mayor claridad. Hacer una pausa entre dos ideas es tan importante como aflojar el paso al doblar la esquina para pasar de una calle a otra.

Una razón por la que algunos oradores hablan precipitadamente, sin pausas entre las ideas, es que tratan de abarcar demasiada información. A veces es un reflejo de su habla cotidiana, o quizá toda la gente que los rodea se expresa de igual modo. Pero el apresuramiento impide enseñar con eficacia. Si usted cree que vale la pena que sus oyentes escuchen y recuerden las ideas que desea comunicarles, dedique suficiente tiempo a desarrollarlas de forma que se destaquen. Tenga en cuenta que, para transmitirlas con claridad, las pausas son imprescindibles.

Si va a pronunciar un discurso valiéndose de un esquema, organice este de manera que sea obvio dónde introducir una pausa entre dos puntos principales. En el caso de un discurso leído, haga marcas en los lugares donde se produce el cambio de una idea central a otra.

Las pausas de transición serán, por regla general, más prolongadas que las relacionadas con la puntuación, pero no tanto que el discurso se vuelva tedioso. Si las hace demasiado largas, dará la impresión de que no se ha preparado bien y no sabe cómo continuar.

Pausas

que comunican énfasis. Los silencios que preceden o siguen a una afirmación o pregunta pronunciada con mayor intensidad sirven para dar énfasis, a menudo de forma impactante. O bien le brindan al auditorio la oportunidad de reflexionar en lo que se acaba de decir, o bien crean expectación por lo que sigue. Determine cuál de los dos efectos desea lograr. Tenga presente, sin embargo, que tales pausas deben limitarse a las afirmaciones de verdadera importancia; de lo contrario, estas últimas perderán su valor.

Cuando Jesús leyó en voz alta las Escrituras en la sinagoga de Nazaret, hizo una pausa muy efectiva. Empezó leyendo el pasaje del rollo del profeta Isaías que aludía a su comisión, pero antes de señalar el cumplimiento, enrolló el manuscrito, se lo devolvió al servidor y se sentó. Entonces, con los ojos de todos los presentes fijos en él, dijo: "Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír" (Luc. 4:16-21).

Pausas

exigidas por las circunstancias. De vez en cuando se producen perturbaciones que obligan a interrumpir la exposición. En la predicación de casa en casa pudiera tratarse del ruido del tráfico o el llanto de un bebé. En una asamblea, si el ruido no es muy fuerte, puede elevar la voz y proseguir; pero si es intenso y prolongado, debe detenerse, ya que el auditorio no le prestaría atención de todas formas. Así pues, válgase de las pausas para ayudar a sus oyentes a obtener pleno provecho de la valiosa información que pretende transmitirles.

Pausas

que invitan a responder. Aunque la conferencia que esté pronunciando no incluya la participación de los asistentes, es importante que les dé tiempo para responder, no de forma audible, sino mental. Si formula preguntas que inducen a reflexionar pero no hace una pausa lo bastante larga a continuación, se perderá gran parte del valor de tales preguntas.

Naturalmente, no solo hay que realizar pausas en los discursos, sino también cuando se da testimonio. Hay personas que parecen no detenerse ni un instante al hablar. Si es su caso, esfuércese por cultivar esta cualidad de la oratoria, pues así mejorará su comunicación con los demás y su eficacia en el ministerio del campo. Una pausa es un momento de silencio y, como bien se ha dicho, el silencio rompe la monotonía, da énfasis, atrae la atención y es agradable al oído.

Para que haya conversación, es necesario que se intercambien ideas. Los demás se sentirán más inclinados a escucharlo si usted los escucha a ellos y se interesa por lo que dicen. Por eso, haga pausas de duración suficiente para que puedan expresarse.

La predicación suele ser más efectiva cuando se presenta el mensaje a modo de conversación. A muchos Testigos les ha dado buen resultado saludar a la persona, plantearle el tema y hacerle una pregunta. Tras una pausa para que conteste, prosiguen teniendo en consideración su respuesta. Durante el diálogo, le ofrecen más oportunidades de dar su opinión. Tales hermanos saben que les será más fácil ayudar a la persona si conocen su parecer sobre el asunto en cuestión (Pro. 20:5).

Claro está que no todo el mundo responde con agrado a las preguntas. Pero Jesús no dejó que eso le impidiera hacer pausas lo bastante largas para que sus interlocutores, aun sus enemigos, pudieran hablar (Mar. 3:1-5). Cuando se brinda a alguien la oportunidad de expresarse, se le estimula a pensar y quizá, como resultado, revele lo que hay en su corazón. De hecho, uno de los objetivos de nuestro ministerio es que la gente responda con sinceridad cuando le planteamos cuestiones fundamentales de la Palabra de Dios sobre las cuales hay que tomar una decisión (Heb. 4:12).

El empleo adecuado de las pausas es todo un arte. Cuando se hace buen uso de ellas, las ideas se transmiten con mayor claridad y se recuerdan por más tiempo.

CÓMO

LOGRARLO

Al leer en voz alta, fíjese bien en la puntuación.

Escuche con atención a los buenos oradores y observe dónde sitúan las pausas y cuánto duran estas.

Cuando diga algo que desee que se recuerde, haga una pausa para que cale hondo en su auditorio.

Al conversar con otra persona, pídale su opinión y escuche su respuesta. Déjela terminar. No la interrumpa.

EJERCICIO:

Lea Marcos 9:1-13 en voz alta haciendo las pausas que exijan los signos de puntuación, pero sin prolongarlas demasiado. Cuando haya practicado, pida a alguien que lo escuche y le diga cómo puede mejorar su uso de las pausas.

Lección

6

Énfasis

acertado

¿Qué

implica?

Realzar con la voz palabras y expresiones de manera que los oyentes capten fácilmente las ideas comunicadas.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

El empleo acertado del énfasis ayuda al orador a retener la atención del auditorio, además de convencerlo y motivarlo.

CUANDO hable o lea en voz alta, no solo es importante que pronuncie cada vocablo con propiedad, sino también que recalque las palabras y expresiones clave de tal forma que transmita las ideas con claridad.

Para que el énfasis sea acertado, no basta con destacar palabras, sean pocas o muchas; hay que destacar las adecuadas. Si se realzan los términos indebidos, puede que los oyentes no entiendan bien el mensaje y dejen de prestar atención. Aunque la información sea buena, si no se presenta con el énfasis pertinente, no los motivará tanto como cabría esperar.

Existen diversos medios de dar énfasis, que a menudo se combinan: la elevación del volumen, una mayor carga afectiva, un ritmo más lento, la introducción de una pausa antes o después de una afirmación, y los ademanes y las expresiones faciales. En algunos idiomas también se comunica énfasis subiendo o bajando el tono. El tipo de información y las circunstancias determinarán cuál de los anteriores medios es el más conveniente.

A la hora de decidir qué destacar, tenga en cuenta lo siguiente: 1) Las palabras que deben resaltarse están condicionadas no solo por el resto de la oración, sino también por el contexto. 2) El énfasis puede utilizarse para indicar el inicio o la conclusión de una idea o de un punto principal, así como cualquier cambio en el razonamiento. 3) También le sirve al orador para manifestar su sentir sobre determinado asunto. 4) Puede emplearse asimismo para subrayar los puntos principales de un discurso.

A fin de comunicar énfasis siguiendo tales criterios, el orador o lector público debe entender claramente la información y desear de corazón que los presentes la asimilen. Nehemías 8:8 dice respecto a la enseñanza que en una ocasión se impartió en los días de Esdras: "Continuaron leyendo en voz alta del libro, de la ley del Dios verdadero, la cual se exponía, y había el ponerle significado; y continuaron dando entendimiento en la lectura". Evidentemente, quienes leyeron y explicaron la Ley de Dios se daban cuenta de la importancia de que su auditorio captara el significado de lo que escuchaba, lo recordara y lo pusiera por obra.

Posibles

dificultades. La mayoría de la gente se hace entender sin problemas en sus conversaciones diarias. No obstante, cuando tienen que leer un texto escrito por otra persona, les resulta difícil determinar en qué palabras o expresiones hacer hincapié. La clave estriba en entender de forma clara la información, lo cual exige estudiarla a conciencia. Por consiguiente, si recibe una asignación de lectura para una reunión de congregación, prepárese con esmero.

Algunas personas emplean lo que podría llamarse un "énfasis periódico", es decir, destacan términos a intervalos más o menos fijos, sin importar si tiene sentido o no. Otras dan una relevancia exagerada a palabras de enlace, como las preposiciones y las conjunciones. Cuando el énfasis no contribuye a la claridad, se convierte fácilmente en una causa de distracción.

Hay oradores que, en un intento de expresarse con énfasis, elevan tanto el volumen de la voz que parecen estar reprendiendo al auditorio. Como es obvio, con este método rara vez se obtienen buenos resultados. Si el énfasis no es natural, puede dar la impresión de que el conferenciante trata a sus oyentes con aires de superioridad. Sin duda, es mucho mejor exhortarlos con amor y ayudarles a entender que cuanto se dice tiene base bíblica y es razonable.

Cómo

mejorar. Es común que quienes no emplean el énfasis con acierto no se den cuenta de ello, por lo que se hace necesario que alguien se lo indique. Si usted debe mejorar en este aspecto, el superintendente de la escuela le brindará ayuda. Pero también siéntase libre de solicitarla a cualquier buen orador; pídale que lo escuche con atención mientras lee y habla, y que después le dé sugerencias al respecto.

Para empezar, su consejero puede recomendarle que practique con un artículo de La Atalaya. Seguramente le dirá que analice las oraciones una por una con el fin de precisar qué palabras o expresiones deben subrayarse con la voz para que se capte enseguida el sentido. Tal vez le recuerde que destaque en especial ciertos términos escritos en cursiva o entrecomillados. Tenga presente que las palabras de la oración están interrelacionadas, de modo que con frecuencia ha de resaltarse un grupo de palabras, y no una sola. En el caso de idiomas en que los signos diacríticos afectan al énfasis, quizá se anime a los hablantes a fijarse más en tales signos.

A continuación, su consejero lo instará a rebasar los límites de la oración y examinar el contexto. ¿Cuál es la idea principal del párrafo? ¿Cómo debería influir en los términos que opte por enfatizar en cada oración? Lea el título del artículo y el subtítulo en negrita bajo el cual aparece el párrafo. ¿De qué manera determinan estos la selección de expresiones que destacará? Deberá tomar en consideración todos los factores anteriores. Pero tenga cuidado de no poner mucho énfasis en demasiadas palabras.

Tanto si va a leer cierta información como si va a expresarse con sus propias palabras, su consejero también lo exhortará a que tenga en cuenta el hilo argumental para decidir a qué vocablos dar énfasis. Ha de entender dónde termina un razonamiento o dónde se pasa de una idea principal a otra, y su auditorio agradecerá que lo haga patente. Con ese fin puede destacar expresiones tales como en primer lugar, por otra parte, finalmente o por consiguiente.

El consejero le indicará asimismo qué ideas expresar con más sentimiento. Para ello pudiera recalcar con la voz expresiones como muy, por supuesto, de ningún modo, importante, siempre y nunca. Este recurso puede influir en la reacción de los oyentes a su razonamiento. En la lección 11, "Afecto y otros sentimientos", se tratará más extensamente esta cuestión.

Otro consejo que se le dará a fin de emplear mejor el énfasis es que tenga claros los conceptos clave que desea que el auditorio recuerde. En la lección 7, "Énfasis en las ideas principales", se enfocará este asunto desde la perspectiva de la lectura pública, y en la lección 37, "Destacar los puntos principales", desde la perspectiva de la oratoria.

Si se está esforzando por mejorar en el ministerio del campo, fíjese bien en cómo lee los pasajes bíblicos. Tenga por norma preguntarse: "¿Por qué estoy leyendo este versículo?". Para ser un buen maestro, no siempre basta con pronunciar correctamente, ni siquiera con leer la cita bíblica con sentimiento. En caso de que esté respondiendo a una pregunta o enseñando una verdad básica, conviene que resalte las palabras o expresiones que respaldan su argumentación; si no, la persona tal vez no entienda por qué le lee ese texto.

Como el énfasis implica pronunciar con más fuerza ciertas palabras y expresiones, el orador inexperto a veces tiende a excederse. Algo parecido le sucede con las notas musicales a la persona que está iniciándose en el arte de tocar un instrumento. Sin embargo, con la práctica, las "notas" sueltas van combinándose armoniosamente hasta producir "música" placentera y expresiva.

Una vez que haya aprendido las nociones básicas de este recurso, podrá beneficiarse del ejemplo de los oradores experimentados. Enseguida se dará cuenta de lo práctico que resulta variar la intensidad del énfasis y comunicarlo de distintas formas a fin de dejar clara la idea. Si logra emplearlo con acierto, su lectura y su oratoria serán mucho más eficaces.

No se conforme con aprender lo justo sobre el uso del énfasis. Para ser un buen discursante, tiene que seguir mejorando en este aspecto de la oratoria hasta que lo domine y pueda utilizarlo con naturalidad.

CÓMO

LOGRARLO

Determine cuáles son las palabras y los grupos de palabras clave de las oraciones, sobre todo teniendo en cuenta el contexto.

Válgase del énfasis para: 1) indicar dónde se pasa de una idea a otra y 2) manifestar su sentir sobre lo que dice.

Acostúmbrese a leer los pasajes bíblicos destacando las palabras que se relacionan directamente con el tema que está exponiendo.

EJERCICIOS:

1) Escoja dos textos bíblicos que utilice con frecuencia en el ministerio del campo. Determine qué pretende demostrar con cada uno de ellos. Léalos en voz alta de forma que enfatice las palabras o grupos de palabras que apoyen su argumento. 2) Analice Hebreos 1:1-14. ¿Por qué debe resaltar de manera especial las palabras "profetas" (v. 1), "Hijo" (v. 2) y "ángeles" (vv. 4, 5) para mostrar claramente cuál es el hilo argumental del capítulo? Practique la lectura en voz alta del pasaje completo valiéndose del énfasis para destacar dicho hilo argumental.

Lección

7

Énfasis

en las ideas principales

¿Qué

implica?

En la lectura en voz alta, destacar los conceptos clave de todo el escrito, y no solo determinadas palabras en las oraciones.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Cuando se enfatizan las ideas principales, resulta más fácil recordar el mensaje.

EL BUEN lector ve más allá de la oración e incluso del párrafo. Tiene presentes las ideas principales de todo el escrito, y eso condiciona el énfasis que imprime a las frases.

Si no se sigue este método, nada sobresaldrá con claridad en la lectura, y a su conclusión, posiblemente cueste recordar algún punto clave.

Cuando las ideas principales reciben el énfasis debido, se confiere más expresividad a la lectura, sea de los relatos de las Escrituras o de los párrafos en un estudio bíblico o en una reunión de la congregación. Tal énfasis reviste especial importancia en los discursos leídos, que forman parte del programa de las asambleas de distrito.

Cómo

lograrlo. Si se le asigna leer un pasaje de la Biblia en la escuela, ¿qué destacará? En caso de que el contenido gire en torno a una idea central o un suceso relevante, sobre estos debería recaer el énfasis.

Prescindiendo de que se trate de poesía o prosa, de proverbios o una narración, el auditorio se beneficiará de que lea bien (2 Tim. 3:16, 17). Para ello deberá tener en cuenta tanto el pasaje bíblico como al auditorio.

Si va a leer en voz alta los párrafos de una publicación en un estudio bíblico o una reunión de la congregación, ¿cuáles son las ideas principales que ha de destacar? Las que sirven de respuesta a las preguntas impresas. Dé énfasis también a los pensamientos que guarden relación con el correspondiente subtítulo en negrita.

Aunque en la congregación no es recomendable acostumbrarse a leer los discursos palabra por palabra, en las asambleas de distrito sí se leen algunos con el fin de que en todas ellas se presenten las mismas ideas de igual forma. Para enfatizar las ideas principales de los discursos leídos, el orador tiene que analizar primero toda la información cuidadosamente. ¿Cuáles son los puntos más relevantes? Debería ser capaz de localizarlos. No son los que a él le parecen interesantes, sino los que constituyen la base del discurso. A veces se expresan con una breve afirmación seguida de un relato o un argumento, pero es más común que aparezcan como la contundente conclusión de un razonamiento. Una vez localizados los puntos clave, que por lo general no pasan de cuatro o cinco, el conferenciante los marcará en el papel. A continuación debe practicar la lectura hasta lograr que tales puntos, que son la esencia del discurso, puedan reconocerse con facilidad. Si se lee el escrito con el debido énfasis, hay más probabilidades de que los oyentes los recuerden. Ese debería ser el objetivo de todo orador.

Existen varios recursos para comunicar énfasis de modo que el auditorio capte las ideas principales: leer con más entusiasmo o sentimiento, cambiar de ritmo y hacer ademanes, por mencionar solo unos cuantos.

PUNTOS

QUE DEBE TENER PRESENTES

Analice la información buscando las ideas principales y, una vez localizadas, márquelas.

En el momento de leer en voz alta, destaque tales ideas imprimiéndoles más entusiasmo o sentimiento, o bien reduciendo el ritmo.

EJERCICIO:

Escoja cinco párrafos de un artículo de estudio de La Atalaya y subraye las contestaciones a las preguntas. Lea los párrafos en voz alta de forma que se distingan fácilmente las respuestas.

Lección

8

Volumen

adecuado

¿Qué

implica?

Hablar con la suficiente intensidad de voz. Para determinar cuál es el volumen adecuado, tenga en cuenta: 1) el tamaño y las características del auditorio, 2) los ruidos que distraen la atención, 3) el tema que está tratando y 4) su objetivo.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Si las personas a quienes se dirige no le oyen bien, quizá pierdan la concentración o no capten con claridad lo que les dice. Si, por el contrario, les habla en voz muy alta, puede que les parezca irritante e incluso irrespetuoso.

EL ORADOR que no habla con suficiente volumen se arriesga a que parte del auditorio empiece a cabecear. En el ministerio del campo, si el publicador baja mucho la voz, es difícil que retenga la atención del amo de casa. Y en las reuniones, si los asistentes no hacen sus comentarios con el volumen adecuado, no imparten el ánimo necesario a los demás (Heb. 10:24, 25). Por otra parte, cuando el orador sube la voz en momentos inoportunos, el auditorio se siente incómodo, hasta molesto (Pro. 27:14).

Tome

en consideración a su auditorio. ¿A quién se está dirigiendo: a una sola persona, a una familia, a un grupo reunido para el servicio del campo, a toda la congregación, o al numeroso público de una asamblea? Es obvio que el volumen que es adecuado para una situación pudiera resultar inadecuado para otra.

Los siervos de Dios han hablado ante nutridas concurrencias en diversas ocasiones. Cuando se inauguró el templo de Jerusalén en los días de Salomón, no había equipos de sonido, de modo que el monarca se puso de pie sobre una plataforma y bendijo al pueblo "con voz fuerte" (1 Rey. 8:55; 2 Cró. 6:13). Siglos después, tras el derramamiento del espíritu santo en Pentecostés del año 33 E.C., una multitud de personas —algunas con verdadero interés, otras con actitud burlona— se congregaron alrededor del reducido grupo de cristianos de Jerusalén. El apóstol Pedro, sabiamente, "se puso de pie [...] y levantó la voz" (Hech. 2:14). El testimonio que dio fue impactante.

¿Cómo saber si su volumen de voz es apropiado para determinada situación? Uno de los mejores indicadores es la reacción del auditorio. Si nota que algunas personas están haciendo un verdadero esfuerzo por oírlo, debe ajustar el volumen.

Tanto si se dirige a un individuo como a un grupo, conviene que tenga en cuenta las características de su público. Si alguien tiene problemas auditivos, tal vez deba alzar la voz. Pero si la persona sencillamente tarda en reaccionar por su edad avanzada, hablándole a gritos no despertará sus simpatías; puede que incluso lo considere un maleducado. En algunas culturas se interpreta el volumen elevado como señal de enfado o impaciencia.

Tenga

presentes los ruidos que distraen la atención. En el ministerio del campo, no cabe duda de que las circunstancias determinan el volumen al que se debe hablar. Quizá haya de competir con el ruido del tráfico, el alboroto de los niños, el ladrido de los perros, la música alta o un televisor a todo volumen. Por otra parte, en las zonas donde las viviendas están muy juntas, el amo de casa puede incomodarse si le habla tan fuerte que llame la atención de los vecinos.

Los hermanos que dan conferencias en la congregación o en las asambleas también tienen que afrontar múltiples situaciones. No es lo mismo dirigirse a un público al aire libre que hacerlo en un salón con una buena acústica. En Latinoamérica, dos misioneros tuvieron que pronunciar un discurso en el patio de un señor interesado mientras un gallo cantaba sin cesar y en una plaza cercana disparaban fuegos artificiales.

En mitad del discurso pueden producirse perturbaciones que exijan, o bien hacer una pausa, o bien aumentar el volumen. Por ejemplo, si la reunión se celebra en un lugar techado con láminas de cinc y cae un aguacero, será prácticamente imposible escuchar al orador. El llanto de los niños y la llegada de asistentes con la reunión empezada también dificultan la concentración. Aprenda a contrarrestar las distracciones, a fin de que su auditorio se beneficie a plenitud de la información que le presenta.

Aunque los equipos de sonido son útiles, habrá ocasiones en las que el orador tendrá que subir la voz de todas formas. En los lugares donde se producen cortes frecuentes de la corriente eléctrica, los discursantes se ven obligados a seguir hablando sin micrófono.

Fíjese

en el contenido de su intervención. La naturaleza de la información también determina cuál es el volumen conveniente. Cuando el tema requiera un tono enérgico, no debilite su exposición hablando muy bajo. Por ejemplo, si lee un pasaje bíblico de denuncia, debe elevar más la voz que si lee consejos sobre cómo demostrar amor. Adapte el volumen a la información, pero procure hacerlo de manera que no centre la atención en su persona.

No

olvide su objetivo. Si quiere incitar al auditorio a la acción, tal vez tenga que subir un poco el volumen; pero si quiere que cambie su forma de pensar, no lo espante con una voz muy fuerte. Cuando se desea ofrecer consuelo, es mejor hablar con voz más suave.

Suba

el volumen cuando la ocasión lo requiera. Si intenta atraer la atención de alguien que está ocupado, por lo general conviene subir el volumen. Los padres lo saben y por eso levantan la voz cuando llaman a sus hijos para que dejen de jugar y entren en casa. A los hermanos que presiden una reunión de congregación o una sesión de asamblea quizá también se les haga necesario hablar más fuerte cuando dan inicio al programa. En el ministerio del campo, si un publicador va a abordar a una persona que está trabajando al aire libre, puede saludarla en voz alta.

Aun después de captar la atención de su interlocutor, es importante que siga hablándole con volumen suficiente. Si su voz es muy apagada, tal vez dé la impresión de que no se ha preparado bien o de que le falta convicción.

Cuando se alza la voz para dar una orden, se induce a actuar (Hech. 14:9, 10). Si esta se da gritando, incluso puede evitarse una desgracia. En Filipos, un carcelero estaba a punto de quitarse la vida porque pensaba que los presos que custodiaba se habían escapado. Pero "Pablo clamó con voz fuerte, y dijo: '¡No te hagas ningún daño, porque todos estamos aquí!'". De ese modo se evitó un suicidio. Después que Pablo y Silas dieron testimonio al carcelero y los miembros de su casa, todos abrazaron la verdad (Hech. 16:27-33).

Cómo

mejorar el volumen. Algunas personas han de hacer un verdadero esfuerzo para que su volumen sea el adecuado. Tal vez hablen demasiado bajo porque tienen la voz débil; no obstante, con el debido empeño pueden aumentar la potencia, aunque probablemente su voz seguirá siendo suave. Si desea mejorar al respecto, practique la forma de respirar y la postura correctas. Mantenga el tronco y la cabeza erguidos, sea que esté sentado o de pie. Eche hacia atrás los hombros y respire hondo, de forma que llene de aire la parte inferior de los pulmones. Regulando bien la salida del aire podrá controlar el volumen de la voz.

En el caso de otras personas, el problema estriba en que hablan demasiado alto. Quizás han adquirido el hábito trabajando al aire libre o en un entorno ruidoso. También puede que se hayan criado en un ambiente en el que los gritos y las interrupciones son comunes, por lo que creen que el único modo de intervenir en una conversación consiste en hablar más fuerte que los demás. Conforme vayan aplicando el consejo bíblico de vestirse de "los tiernos cariños de la compasión, la bondad, la humildad mental, la apacibilidad y la gran paciencia", irán ajustando el volumen de la voz en sus conversaciones (Col. 3:12).

La buena preparación, la experiencia que se obtiene de la participación constante en el servicio del campo y la oración a Jehová le ayudarán a hablar con el volumen conveniente. Sea que esté pronunciando un discurso desde la plataforma o hablando a alguien en el ministerio del campo, esfuércese por pensar en los beneficios que recibirán sus oyentes si escuchan bien lo que usted les dice (Pro. 18:21).

CÓMO

LOGRARLO

Observe la reacción de sus oyentes; hable con el volumen necesario para que le oigan con comodidad.

Aprenda a respirar llenando de aire la parte inferior de los pulmones.

EJERCICIO:

Lea en silencio Hechos 19:23-41. Tenga en cuenta el marco de circunstancias, que se revela en el relato y el contexto. Fíjese en quién habla y la actitud que adopta. A continuación, lea el pasaje en voz alta con el volumen adecuado para cada intervención.

[Recuadro

de la página 108]

RAZONES

PARA SUBIR EL VOLUMEN

Mantener atento a un grupo grande.

Contrarrestar las distracciones.

Captar la atención de los oyentes cuando se dice algo muy importante.

Incitar a la acción.

Atraer la atención de una persona o un grupo.

Lección

9

Modulación

¿Qué

implica?

Variar el sonido de la voz. En esta lección se tratan los cambios de volumen, ritmo y tono.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Una buena modulación da vida al discurso, despierta sentimientos e incita a actuar.

Si el orador no modula la voz, puede dar la impresión de que no le interesa el tema del que habla.

CON un buen uso del énfasis ayudará al auditorio a entender bien el mensaje, pero si además introduce variedad en el volumen, el ritmo y el tono, su exposición será mucho más atractiva. Es más, revelará su sentir sobre lo que dice. Tenga presente que la actitud de usted hacia la información puede influir en la actitud de quien le escucha, sea el auditorio de una reunión o una sola persona en el ministerio del campo.

La voz humana es un instrumento maravilloso, de enormes posibilidades expresivas. Cuando se emplea bien, puede dar vida a un discurso, conmover, despertar sentimientos e inducir a actuar. Sin embargo, no es preciso que haga marcas en sus notas para indicar dónde modificar el volumen, el ritmo o el tono. Con ese procedimiento, las inflexiones de la voz suenan artificiales; en vez de infundir vida y color a la intervención, hacen que el auditorio se sienta incómodo. La buena modulación, por el contrario, brota del corazón.

Cuando se modula de la forma adecuada, no se atrae indebidamente la atención hacia uno mismo, sino que se ayuda a los oyentes a imbuirse del espíritu del discurso.

Gradúe

el volumen. Una forma de variar la expresión oral consiste en graduar el volumen de la voz. Pero eso no significa que deba subirlo y bajarlo con una regularidad monótona, pues distorsionaría el significado de su mensaje. Por otra parte, si levanta la voz con mucha frecuencia, causará una impresión negativa.

El volumen debe ser adecuado a la información. Si está leyendo un mandato apremiante, como los de Revelación 14:6, 7 y Revelación 18:4, o unas palabras que expresan firme convicción, como las de Éxodo 14:13, 14, es apropiado que eleve la voz. Si el pasaje contiene una fuerte denuncia, como sucede en Jeremías 25:27-38, varíe el volumen para destacar ciertas expresiones.

Tenga en cuenta también su objetivo. ¿Desea estimular al auditorio a actuar? ¿Intenta resaltar los puntos principales de su intervención? Subir el volumen de la voz, si lo hace con prudencia, le será útil para alcanzar dichos objetivos. No obstante, pudiera resultarle contraproducente si lo que dice exige afecto y sentimiento en vez de un aumento del volumen. En la lección 11 se tratará este asunto.

Cuando se baja la voz en los momentos oportunos, se crea expectación por lo que sigue, que normalmente se pronunciará con más fuerza. Si el volumen bajo va acompañado de un tono más intenso, se logrará transmitir ansiedad o temor. El volumen reducido también sirve para indicar que lo que se dice tiene una importancia menor en el contexto. Ahora bien, si siempre se habla en voz baja, puede darse la imagen de inseguridad, falta de convicción o desinterés por el tema. Así pues, debe tenerse cuidado de no bajar el volumen indiscriminadamente.

Cambie

de ritmo. En nuestras conversaciones diarias, las palabras fluyen de manera espontánea. Cuando estamos entusiasmados, tendemos a hablar más deprisa, y cuando queremos que se recuerde bien lo que decimos, reducimos la velocidad.

No obstante, la mayoría de los oradores poco experimentados no varían el ritmo. Esto se debe a que se preocupan demasiado por las palabras que van a utilizar e incluso las escriben una por una. Aunque no lean el discurso, como lo han memorizado casi en su totalidad, lo pronuncian a un ritmo constante. Para corregir este defecto, deben aprender a disertar valiéndose de un bosquejo.

No incremente el ritmo tan abruptamente que recuerde a un gato que va caminando y al ver un perro sale disparado. Tampoco hable con tanto apresuramiento que su dicción se vea afectada.

La variedad en el ritmo no se logra aumentando y aminorando la velocidad a intervalos fijos. De esa forma se resta atractivo a la información en vez de realzarla. Los cambios de ritmo deben estar en consonancia con lo que se dice, con los sentimientos que se desea comunicar y con el objetivo. Pronuncie los discursos a una velocidad moderada. Cuando quiera transmitir entusiasmo, hable más rápido, como lo hace en sus conversaciones cotidianas. También es oportuno acelerar el ritmo cuando se mencionan datos de menor importancia o cuando se narran sucesos a grandes rasgos. Así se da color a la exposición y se evita que parezca muy solemne. Por otra parte, los argumentos de más peso, las ideas principales y los puntos culminantes suelen demandar un ritmo más lento.

Varíe

el tono. Imagínese que alguien estuviera tocando durante una hora una sola nota con un instrumento musical. Primero fuerte, después suave; ahora rápido, luego despacio... Aunque el volumen y el ritmo cambien, si el tono es siempre el mismo, la "música" no resulta muy placentera. De igual modo, si al hablar no variamos el tono, nuestra voz no será agradable.

Cabe señalar que los cambios en la entonación no tienen el mismo efecto en todos los idiomas. En las lenguas tonales, como el chino, las variaciones de tono cambian el significado de las palabras. Pero hasta los hablantes de tales idiomas pueden dar más variedad a sus expresiones orales si mejoran su campo de entonación, a la vez que mantienen el valor relativo de cada tono. Así, pueden hacer más agudos los tonos altos, y más graves los tonos bajos.

En los idiomas que no son tonales, los cambios de tono cumplen diversas funciones, como dar énfasis (con una elevación ligera del tono, así como del volumen), indicar tamaño o distancia, o señalar que la oración es interrogativa (con una entonación final ascendente y, en algunos idiomas, descendente).

Para expresar entusiasmo se puede elevar el tono (en las lenguas tonales se deberá ampliar el campo de entonación). La tristeza y la preocupación posiblemente exijan un tono más bajo (o un campo de entonación más reducido, en los idiomas tonales). Tales sentimientos ayudan al orador a llegar al corazón de su auditorio. Cuando desee transmitirlos, no se limite a pronunciar palabras. Demuestre por su tono de voz que le brotan del interior.

Siente

las bases. ¿Por dónde debe empezar a fin de modular bien? Por la selección de ideas y datos para el discurso. Si solo escoge razonamientos o exhortaciones, le será difícil variar el sonido de la voz. Por consiguiente, analice su bosquejo y compruebe si tiene los elementos necesarios para una disertación instructiva y animada.

Supongamos que en mitad del discurso percibe que debe introducirle más variedad porque le está quedando aburrido. ¿Qué puede hacer? Cambie la forma de exponer las ideas. Por ejemplo, en vez de limitarse a hablar, invite al auditorio a abrir la Biblia junto con usted, y lea un versículo. También puede convertir una oración afirmativa en interrogativa y a continuación hacer una pausa para dar énfasis. Otra opción es incorporar una ilustración sencilla. Los oradores experimentados emplean todas estas técnicas, y usted también puede utilizarlas en la preparación de su conferencia, prescindiendo de cuánta experiencia tenga.

La modulación es la sal del discurso, por así decirlo. Empleada en la forma y la medida adecuadas, potencia considerablemente el sabor de la información y la convierte en una delicia para el auditorio.

CÓMO

MODULAR BIEN

Gradúe

el volumen para expresar con mayor intensidad mandatos apremiantes, firme convicción o denuncias. Determine con cuidado qué partes de la intervención requieren subir el volumen.

Cambie

de ritmo según la importancia de lo que diga. Si son datos secundarios, hable más rápido, y si son argumentos de peso y puntos principales, más despacio. Para comunicar entusiasmo, acelere el ritmo.

Varíe

el tono, si procede, para transmitir sentimientos y llegar al corazón del auditorio.

La buena modulación empieza por la selección de ideas y datos para el discurso.

EJERCICIOS:

1) Lea en silencio 1 Samuel 17:17-53, fijándose en qué lugares es oportuno variar el volumen, el ritmo y el tono. Luego lea en voz alta el pasaje con expresividad, pero sin excederse. Hágalo varias veces. 2) Con objeto de lograr una mayor flexibilidad en la voz, lea los versículos 48 a 51 en voz alta lo más rápido que pueda sin tropezar. Léalos una y otra vez aumentando constantemente el ritmo, pero sin sacrificar la articulación. A continuación lea los mismos versículos lo más lento posible, estirando las palabras. Acto seguido, alterne lecturas rápidas y lentas hasta lograr que su voz adquiera flexibilidad.

Lección

10

Entusiasmo

¿Qué

implica?

Expresarse con viveza o intensidad de sentimiento por estar completamente convencido del valor de lo que se dice.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

El entusiasmo contribuye a mantener el interés de los oyentes e incluso puede incitarlos a la acción. Si usted se muestra entusiasmado por lo que dice, contagiará a su auditorio.

EL ENTUSIASMO da vida a la intervención. Aunque es importante que el contenido sea instructivo, lo que capta la atención del auditorio es, en buena medida, la forma animada de exponerlo. Prescindiendo de sus antecedentes culturales y personalidad, usted puede cultivar el entusiasmo.

Hable

con sentimiento. Jesús le dijo a una samaritana que los que adoran a Jehová han de hacerlo "con espíritu y con verdad" (Juan 4:24). Deben adorarlo impulsados por la gratitud de su corazón y en armonía con la verdad de la Palabra de Dios. Cuando la persona siente profundo agradecimiento, lo demuestra en su modo de hablar. Está ansiosa por dar a conocer las dádivas amorosas de Jehová. Su expresión facial, ademanes y voz reflejan sus sentimientos.

Entonces, ¿por qué les falta entusiasmo a algunos oradores que aman a Jehová y están convencidos de lo que dicen? Porque no basta con que se preparen bien. Tienen que vivir el tema, entregarse de lleno a él. Supongamos que se asigna a un hermano un discurso sobre el sacrificio redentor de Jesucristo. Cuando lo pronuncie, no solo debe pensar en datos, sino rebosar de aprecio por lo que dicho sacrificio significa tanto para él como para su auditorio. Para ello, ha de tener presente cuánto agradece a Jehová Dios y a Jesucristo esta maravillosa dádiva. Debe pensar en la grandiosa perspectiva que ofrece a la humanidad: vida eterna con salud perfecta y felicidad en un paraíso terrestre restaurado. Así pues, tiene que sentir profundamente lo que va a decir.

La Biblia dice respecto al escriba y maestro israelita Esdras que "había preparado su corazón para consultar la ley de Jehová y para ponerla por obra y para enseñar en Israel" (Esd. 7:10). Si nosotros, de igual modo, preparamos no solo el contenido del discurso, sino también nuestro corazón, comunicaremos la verdad con sentimiento genuino, lo cual contribuirá considerablemente a que nuestros oyentes cultiven amor verdadero por ella.

Piense

en su auditorio. Otro factor fundamental para que muestre entusiasmo es la convicción de que el auditorio necesita escuchar lo que va a decirle. Eso significa que cuando esté preparando la intervención, no solo debe recopilar información pertinente, sino que también debe pedirle a Jehová que lo guíe de modo que pueda usarla para beneficio de sus oyentes (Sal. 32:8; Mat. 7:7, 8). Analice por qué es preciso que escuchen la información, cómo les beneficiará y cómo puede exponerla de manera que capten su valor.

Trabaje en la elaboración del discurso hasta que se entusiasme con el resultado. No tiene por qué incluir datos nuevos, pero sí puede darle un enfoque diferente al mismo tema. Si lo que ha preparado va a ayudar a su público a fortalecer la relación con Jehová, agradecer sus dádivas, hacer frente a las presiones de la vida en este viejo sistema o ser eficaces en el ministerio, tiene razones de sobra para estar entusiasmado con su disertación.

¿Y si su asignación es de lectura? Para leer con viveza, no es suficiente con que pronuncie y agrupe las palabras correctamente. Tiene que estudiar el escrito. Si va a leer de la Biblia, busque información sobre el pasaje. Asegúrese de que entiende su significado básico. Reflexione en los beneficios que les reportará a usted y su público, y lea con el deseo de que este los capte.

¿Se está preparando para el ministerio del campo? Repase el tema del que piensa hablar y los textos bíblicos que va a utilizar. Piense asimismo en lo que está en la mente de las personas. ¿Cuáles son las noticias de actualidad? ¿A qué dificultades se enfrentan? Si está listo para mostrarles que la Palabra de Dios habla de las soluciones a los problemas que les preocupan, sentirá grandes deseos de hacerlo, y el entusiasmo le surgirá con naturalidad.

Intervenciones

animadas. El entusiasmo se manifiesta principalmente con la viveza de la expresión verbal y facial. Demuestre convicción, pero sin caer en el dogmatismo.

Para ello se necesita equilibrio. A quienes tienden a entusiasmarse por todo tal vez haya que hacerles ver que los discursos muy vehementes o exaltados solo logran que el auditorio se concentre en el orador y no en el mensaje. Por otra parte, los tímidos necesitan estímulo para ser más expresivos.

El entusiasmo es contagioso. Cuando se establece un buen contacto visual con los oyentes y se les habla de forma animada, ellos reaccionan con entusiasmo. De Apolos, quien se expresaba con viveza, se dice que era elocuente. Si usted fulgura con el espíritu de Dios, su intervención animada incitará a sus oyentes a la acción (Hech. 18:24, 25; Rom. 12:11).

Entusiasmo

adecuado a la información. Tenga cuidado de no mostrar un entusiasmo tan intenso a lo largo de todo el discurso, que termine agotando al auditorio. Si así sucede, ninguna exhortación para inducir a actuar causará impacto. Esto pone de relieve la necesidad de que el contenido del discurso admita una exposición variada. Procure no adoptar tampoco un estilo que refleje indiferencia. Si selecciona la información con cuidado, todos los puntos le resultarán muy interesantes; no obstante, habrá algunos que se presten a exponerlos con más entusiasmo que otros, y esos deberá entretejerlos hábilmente con el resto de la información.

Tiene que presentar con viveza sobre todo las ideas principales. Su exposición debe alcanzar puntos culminantes, y puesto que estos son los que más destacarán, por lo general serán los destinados a motivar a su público. Tras haberlo convencido, ha de estimularlo, mostrarle los beneficios de poner por obra lo dicho. Las expresiones animadas le ayudarán a tocar su corazón. En resumidas cuentas, el entusiasmo nunca debe ser forzado; tiene que estar justificado por el contenido de su discurso.

CÓMO

CULTIVARLO

Prepare no solo el contenido del discurso, sino también su corazón; de esa forma sentirá profundamente lo que dice.

Piense con detenimiento en qué beneficios obtendrán sus oyentes de los puntos que va a tratar.

Determine qué partes requieren mayor entusiasmo.

Infunda vida a su discurso. Refleje en su rostro lo que siente. Exprésese con vigor.

EJERCICIO:

Examine los capítulos 1 y 2 de Josué, y determine dónde y cómo sería apropiado manifestar entusiasmo al leerlos en voz alta. Practique su lectura con el entusiasmo debido.

Lección

11

Afecto

y otros sentimientos

¿Qué

implican?

Hablar de un modo que refleje los sentimientos y esté en consonancia con lo que se dice.

¿POR

QUÉ SON IMPORTANTES?

Sin ellos no podemos llegar al corazón de quienes nos escuchan.

LOS sentimientos son una parte esencial de la naturaleza humana. Cuando alguien los expresa, revela lo que hay en su corazón, la clase de persona que es por dentro, su actitud hacia los demás y hacia ciertas situaciones. Muchos los ocultan a causa de las malas experiencias vividas y, en algunos casos, de las influencias culturales. No obstante, Jehová nos anima a cultivar buenas cualidades en nuestro interior y a exteriorizarlas debidamente (Rom. 12:10; 1 Tes. 2:7, 8).

Aunque hablemos de lo que sentimos, si no lo reflejamos en la forma de expresarnos, quienes nos escuchan pueden dudar de nuestra sinceridad. En cambio, si las palabras van acompañadas del sentimiento correspondiente, adquirirán una belleza y profundidad que les tocará el corazón.

Transmita

afecto. La manifestación de afecto suele estar relacionada con la actitud hacia los demás. Así, cuando nos referimos a las atractivas cualidades de Jehová y expresamos agradecimiento por su bondad, debemos hacerlo con un tono afectuoso, cálido (Isa. 63:7-9). Y cuando nos dirigimos a otras personas, nuestra forma de hablar también tiene que transmitir un agradable calor humano.

Un leproso acude a Jesús y le ruega que lo cure. Imagínese el tono de voz de Jesús cuando le dice: "Quiero. Sé limpio" (Mar. 1:40, 41). Visualice asimismo la escena en la que una mujer que padece flujo de sangre desde hace doce años se aproxima silenciosamente a Jesús por detrás y le toca el fleco de la prenda exterior de vestir. Al ver que no ha pasado inadvertida, la mujer se acerca temblando, cae a los pies de Jesús y revela ante todos por qué ha tocado su prenda de vestir y cómo ha sido sanada. Piense en el tono con que él le dice: "Hija, tu fe te ha devuelto la salud; vete en paz" (Luc. 8:42b-48). La ternura que mostró Jesús en esas ocasiones nos conmueve hasta el día de hoy.

Cuando nosotros, al igual que Jesús, nos compadecemos de los demás y deseamos de corazón ayudarles, se nota en la forma en que les hablamos. Lo hacemos con afecto; pero este debe ser sincero, no exagerado. De hecho, nuestra calidez puede determinar su respuesta. En el ministerio del campo, la mayor parte de nuestro mensaje se presta a expresarlo con afectuosidad, sobre todo cuando ayudamos a razonar a alguien o cuando lo animamos, lo exhortamos o nos condolemos de él.

Deje que su cariño por la gente se le refleje en el rostro. Si su expresión facial es cálida, atraerá a quienes lo escuchan tal como el calor del fuego atrae en una noche fría; pero si no lo es, tal vez duden de que se interesa de verdad por ellos. El afecto no puede fingirse, tiene que ser genuino.

El afecto también debe manifestarse en la voz. En caso de que su voz sea fuerte y áspera, quizá se le haga difícil expresarse con calidez, pero poniendo empeño, finalmente lo logrará. Una sugerencia útil desde un punto de vista técnico es recordar que los sonidos breves y bruscos hacen que la forma de hablar resulte dura. Por ello, aprenda a alargar los sonidos más suaves, y así su voz se tornará más cálida.

Otro factor todavía más importante es qué constituye su interés primordial. Si sus pensamientos se centran sinceramente en quienes le escuchan y desea de corazón que su mensaje les beneficie, se reflejará en su forma de hablar.

Aunque una exposición animada resulta estimulante, hay que mostrar también ternura. No siempre basta con persuadir la mente, se necesita además conmover el corazón.

Transmita

otros sentimientos. Cuando estamos afligidos, tal vez reflejemos sentimientos como la angustia, el temor y el abatimiento. Un estado afectivo que debe dominar en nuestra vida y hemos de expresar libremente en nuestras conversaciones es el gozo. Por otra parte, algunos sentimientos deben refrenarse, pues no son compatibles con la personalidad cristiana (Efe. 4:31, 32; Fili. 4:4). Mediante la selección de palabras, el tono e intensidad de la voz, la expresión facial y los ademanes podemos transmitir cualquier estado afectivo o de ánimo.

La Biblia recoge toda la gama de emociones humanas. Algunas veces se limita a mencionarlas; otras relata sucesos o cita palabras que las traslucen. La lectura en voz alta de un pasaje de esas características tendrá más impacto en usted y quienes le escuchan si su voz refleja tales emociones. Para ello tiene que ponerse en el lugar de las personas acerca de quienes lee. Haga que los pasajes cobren vida en la mente de su auditorio. Ahora bien, un discurso no es una representación teatral, así que tenga cuidado de no excederse.

Adecuados

a la información. Tal como en el caso del entusiasmo, la manifestación de afecto y de otros sentimientos depende en buena parte de lo que se dice.

Busque Mateo 11:28-30 y fíjese bien en su contenido. Después lea la denuncia que hizo Jesús de los escribas y los fariseos, según el capítulo 23 de Mateo. No nos lo imaginamos expresando esa fuerte condena en un tono lánguido y apático.

¿Qué sentimientos cree que deberían reflejarse en la lectura de un relato como el del ruego de Judá a favor de su hermano Benjamín, que aparece en el capítulo 44 de Génesis? Note la reacción emotiva que se pone de manifiesto en el versículo 13, la indicación del versículo 16 sobre lo que pensaba Judá de la razón de la calamidad, y la respuesta del propio José, recogida en Génesis 45:1.

En definitiva, si queremos que nuestra forma de leer y hablar sea eficaz, tenemos que pensar no solo en las palabras y las ideas, sino también en el sentimiento que debe acompañarlas.

CÓMO

EXPRESARLOS

Céntrese en su deseo de ayudar a quienes le escuchan, y no se preocupe demasiado por las palabras que utilice.

Tanto su tono de voz como sus expresiones faciales deben reflejar el sentimiento que sea adecuado a la información.

Observe atentamente a quienes hablan con expresividad y aprenda de ellos.

EJERCICIO:

Lea en voz alta los relatos de Mateo 20:29-34 y Lucas 15:11-32 con el sentimiento que corresponda.

Lección

12

Ademanes

y expresiones faciales

¿Qué

implican?

Mover las manos, los hombros o el cuerpo entero, a fin de expresar ideas, estados de ánimo o actitudes.

Mover los ojos y la boca, así como inclinar la cabeza, para reforzar lo que se dice y transmitir sentimientos.

¿POR

QUÉ SON IMPORTANTES?

Aportan énfasis visual y emocional a las palabras. Pueden intensificar los sentimientos del orador y, en consecuencia, dar vida a su voz.

EN ALGUNAS culturas se gesticula con más libertad que en otras. No obstante, prácticamente todo el mundo varía la expresión del rostro o efectúa algún tipo de ademán al hablar, ya se trate de una conversación privada o de un discurso público.

Jesús y sus primeros discípulos realizaban ademanes de forma natural. En una ocasión, alguien le dijo a Jesús que su madre y sus hermanos querían hablarle, a lo que él respondió: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?". La Biblia añade: "Extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: '¡Mira! ¡Mi madre y mis hermanos!'" (Mat. 12:48, 49). Otros textos bíblicos, como Hechos 12:17 y 13:16, muestran que los apóstoles Pedro y Pablo hacían, asimismo, señas espontáneas con las manos.

Las ideas y los sentimientos se comunican no solo con la voz, sino también con los gestos. Si estos no se utilizan bien, puede transmitirse una imagen de indiferencia, pero si se combinan armoniosamente con las palabras, la exposición resulta mucho más eficaz. Aun al hablar por teléfono, la persona que gesticula de la forma debida transmite mejor con su voz la importancia del mensaje, así como su sentir sobre lo que dice. Por consiguiente, sin importar que vaya a leer o a expresarse con sus propias palabras, que su público tenga la vista fija en la Biblia o en usted, los ademanes y las expresiones faciales le serán útiles.

Los gestos no deben aprenderse de los libros. Usted no tuvo que estudiar para poder reír o mostrarse indignado. De igual modo, los ademanes deben ser una expresión natural de lo que siente. Cuanto más espontáneos sean, mejor.

Existen dos categorías generales de ademanes: descriptivos y enfáticos. Los descriptivos son los que expresan acción o señalan dimensiones y ubicación. Cuando se centre en este aspecto de la oratoria, no se conforme con hacer solo uno o dos ademanes. Intente gesticular con naturalidad a lo largo de toda la intervención. Si le cuesta trabajo, quizá le resulte práctico buscar palabras que indiquen dirección, distancia, tamaño, ubicación o posiciones relativas. Ahora bien, en muchos casos bastará con que se enfrasque en su exposición, sin preocuparse por la impresión que cause, y que hable y actúe como lo hace en la vida diaria. Cuando uno está relajado, los ademanes salen de forma natural.

Los ademanes enfáticos expresan sentimiento y convicción. Sirven para subrayar y reforzar las ideas. Este tipo de ademanes son importantes, pero tenga cuidado, porque pueden convertirse con facilidad en movimientos inconscientes habituales. El mismo gesto repetido una y otra vez posiblemente distraiga al auditorio, en lugar de infundir vida al discurso. Si el superintendente de la escuela le indica que tiene ese problema, pruebe a hacer solo ademanes descriptivos por un tiempo, y más adelante vuelva a usar los enfáticos.

Para determinar qué ademanes enfáticos debe realizar y con qué frecuencia, tenga en cuenta a sus oyentes. Si los señala con el dedo, puede hacer que se sientan incómodos. En algunas culturas se consideran afeminados ciertos gestos en el hombre, como taparse la boca con la mano para expresar sorpresa. En otras, es signo de inmodestia que las mujeres gesticulen libremente con las manos, por lo que las hermanas se ven obligadas a ser más elocuentes con su expresión facial. Como último ejemplo, recordemos que los ademanes exagerados ante un grupo pequeño pueden parecer jocosos en casi todo el mundo.

Cuando adquiera más experiencia y soltura en su oratoria, los ademanes enfáticos que realice reflejarán de forma natural sus sentimientos, lo que demostrará su convicción y sinceridad, y hará más significativo su mensaje.

La

expresión del rostro. La parte del cuerpo que mejor refleja los sentimientos es el rostro. Tanto los movimientos de los ojos y la boca como la inclinación de la cabeza contribuyen a ello. Sin que la persona profiera palabra alguna, su semblante puede comunicar indiferencia, aversión, perplejidad, asombro o satisfacción. Cuando tales expresiones faciales acompañan a las palabras, el mensaje tiene también un impacto visual y emocional en el auditorio. El Creador ha colocado en la cara una gran concentración de músculos: más de treinta. Cuando sonreímos, utilizamos casi la mitad de ellos.

Tanto al hablar desde la plataforma como al participar en el ministerio del campo, el mensaje que procuramos transmitir es agradable y alegra el corazón. Una sonrisa cálida confirma este hecho, pero un semblante inexpresivo puede suscitar dudas en quienes nos escuchan respecto a nuestra sinceridad.

Es más, al sonreír ponemos de manifiesto una actitud amigable, lo cual es importante en estos días en los que muchos desconfían de los desconocidos. Nuestra sonrisa tranquiliza a la gente y la hace más receptiva al mensaje.

PUNTOS

QUE DEBE TENER PRESENTES

Los ademanes y expresiones faciales más efectivos son los que surgen con naturalidad. Fíjese en cómo gesticulan otras personas, pero no las imite hasta el menor detalle.

Apréndase bien el contenido de su exposición. Siéntalo, visualícelo, y entonces utilice la voz, las manos y el rostro para expresarlo.

EJERCICIOS:

1) Lea Génesis 6:13-22. Explique con sus propias palabras cómo se construyó el arca y se recogió a los animales. No se preocupe por los detalles; diga solamente lo que recuerde. Haga ademanes descriptivos mientras habla. Pídale a alguien que lo observe y le aconseje. 2) Dé testimonio a una persona imaginaria acerca del Reino de Dios y las bendiciones que traerá. Asegúrese de que su expresión facial refleje cuál es su sentir sobre lo que dice.

Lección

13

Contacto

visual

¿Qué

implica?

Mirar por unos instantes a los ojos de quienes le están escuchando, si lo permiten las costumbres de la comunidad. Ver personas, no simplemente un grupo.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

En muchas culturas se considera el contacto visual una señal de interés en el interlocutor, así como una prueba de que se está convencido de lo que se dice.

LOS ojos comunican actitudes y sentimientos. Pueden indicar sorpresa o temor, transmitir compasión o amor y, a veces, revelar incertidumbre o dolor. Un señor mayor dijo respecto a la gente de su nacionalidad, que había sufrido mucho: "Hablamos con los ojos".

Los demás pueden sacar conclusiones sobre nosotros y lo que decimos basándose en dónde fijamos la vista. En muchas culturas se tiende a confiar en quienes miran a los ojos con expresión amistosa, pero se duda de la sinceridad o competencia de quienes miran al suelo o algún objeto en vez de a su interlocutor. En otras culturas, la mirada fija y sostenida revela una actitud descarada, agresiva o desafiante, sobre todo ante alguien del otro sexo, un jefe u otra persona de rango superior. Y en algunas zonas se considera una falta de respeto que un joven mire directamente a los ojos de un adulto al dirigirle la palabra.

No obstante, en los lugares donde no es ofensivo, el que se mire a los ojos cuando se hace una afirmación importante subraya lo que se dice y se interpreta como señal de convicción. Note la respuesta de Jesús cuando sus discípulos, muy sorprendidos, le preguntaron: "¿Quién, realmente, puede ser salvo?". La Biblia indica: "Mirándolos al rostro, Jesús les dijo: 'Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todas las cosas son posibles'" (Mat. 19:25, 26). Las Escrituras también muestran que el apóstol Pablo observaba con atención las reacciones de la gente. En una ocasión se encontraba entre su auditorio un hombre cojo de nacimiento. Hechos 14:9, 10 relata: "Este estaba escuchando hablar a Pablo, el cual, mirándolo fijamente, y viendo que tenía fe para recibir la salud, dijo con voz fuerte: 'Levántate erguido sobre tus pies'".

Sugerencias

para el ministerio del campo. Cuando se dirija a la gente en el servicio del campo, sea amigable y afectuoso. Si es oportuno, haga preguntas que inviten a la reflexión para iniciar un diálogo sobre un tema que pueda ser de interés mutuo. Procure establecer contacto visual desde el principio, o al menos mire a su interlocutor a la cara de forma respetuosa y cordial. Una sonrisa cálida, acompañada de una mirada que irradia gozo, resulta muy atractiva. Tal expresión facial le dice mucho al amo de casa sobre el tipo de persona que es usted y contribuye a que se relaje mientras le escucha.

Donde sea apropiado, observe la expresión de los ojos de la persona, pues pudiera indicarle cómo tratar la situación. Posiblemente capte si el amo de casa está enojado, no tiene interés o no le comprende. También notará si se está impacientando o, por el contrario, si sigue sus palabras con vivo interés. De la expresión de sus ojos puede deducir que debe hablar más despacio o más deprisa, tratar de que intervenga en la conversación, concluir esta o proseguir con una demostración de cómo estudiar la Biblia.

Sea que esté dando testimonio público o dirigiendo un estudio bíblico, esfuércese por mantener contacto visual con su interlocutor de manera respetuosa. No clave la vista en él, pues hará que se sienta incómodo (2 Rey. 8:11). Más bien, mírele a menudo a la cara con naturalidad y simpatía, lo cual en muchos países denota interés sincero. Por supuesto, si está leyendo la Biblia u otra publicación, tendrá la vista fija en la página impresa, pero cuando desee hacer hincapié en una idea, puede mirar a la persona, aunque brevemente. Al levantar la vista alguna que otra vez, también le será posible observar su reacción a lo que le está leyendo.

Si al principio por su timidez le resulta difícil mirar a los ojos, no se rinda. Con la práctica logrará hacerlo de forma natural, lo cual le ayudará a comunicarse con mayor eficacia.

Al

pronunciar un discurso. La Biblia nos dice que cuando Jesús se disponía a pronunciar el Sermón del Monte, "alzó los ojos sobre sus discípulos" (Luc. 6:20). Siga su ejemplo. Antes de hablar en público, dirija la vista al auditorio unos segundos; en muchos lugares incluso se puede mirar a los ojos de algunos de los presentes. Esta breve demora le ayudará a usted a superar su nerviosismo inicial, y a sus oyentes, a asimilar la actitud o sentimiento que revele su rostro. También les brindará a estos la oportunidad de acomodarse y prepararse para prestarle atención.

Durante el discurso mire al auditorio. No se limite a abarcar a todo el grupo con la mirada; más bien, procure dirigirla a los asistentes por separado. En casi todas las culturas se espera que el orador mantenga cierto contacto visual.

Mirar al auditorio implica más que simplemente hacer un movimiento ocular rítmico de lado a lado. Mire con respeto a los ojos de algún asistente y, si procede, dígale una oración completa. Entonces pase a otra persona y diríjale una o dos oraciones. No se quede mirando tanto tiempo a alguien que lo haga sentir incómodo, ni se concentre solo en unos cuantos de los presentes. Siga moviendo así la vista por el auditorio, pero cada vez que se dirija a una persona, hable de verdad con ella y observe su reacción antes de pasar a otra.

Debe tener sus notas en el atril, la mano o la Biblia, de forma que pueda echarles un vistazo con tan solo mover los ojos. En caso de que necesite mover la cabeza, recuerde que el contacto con el auditorio resultará afectado. Fíjese en la frecuencia con que ojea las notas y en el momento en que lo hace. Si las está mirando cuando alcanza un punto culminante en el discurso, no solo le será imposible ver la reacción de sus oyentes, sino que su exposición perderá fuerza. De igual modo, si las consulta constantemente, no podrá mantener el contacto con el auditorio.

Cuando le lanza una pelota a alguien, se fija en si la atrapa. A lo largo de su disertación, usted va "lanzando" ideas a los presentes. Si estos responden con un gesto de asentimiento, una sonrisa o una mirada atenta, significa que las han "atrapado". Manteniendo un buen contacto visual se asegurará de que el auditorio capta sus ideas.

En caso de que esté leyendo ante la congregación, ¿debe esforzarse por mirar a los presentes? Si están siguiendo la lectura en su Biblia, la mayoría no se dará cuenta de si usted levanta la vista o no; pero el hecho de mirarlos le ayudará a infundir vida a la lectura, pues le mantendrá al tanto de su reacción. Y en caso de que algunos asistentes se hayan distraído y no estén usando la Biblia, el contacto visual con usted quizá los incite a concentrarse de nuevo en el pasaje escrito. Obviamente, solo podrá levantar la vista un instante, y con cuidado para no tropezar en la lectura. Con ese fin, es mejor sostener la Biblia en la mano y no bajar la barbilla, sino mantener la cabeza erguida.

A veces se invita a los ancianos a dar discursos leídos en las asambleas de distrito. Para hacerlo con eficacia, se necesita experiencia, preparación cuidadosa y mucha práctica. Por supuesto, al tener que leer el discurso, el contacto visual con el auditorio se ve limitado, pero si el orador se ha preparado bien, podrá mirar a los presentes de vez en cuando sin perderse en la lectura. De esa forma los mantendrá atentos, lo cual resultará en que se beneficien plenamente de la importante instrucción espiritual presentada.

PUNTOS

QUE DEBE TENER PRESENTES

Sea natural y amigable, y demuestre verdadero interés en sus oyentes.

Cuando lea, sostenga la publicación o los papeles en la mano y mantenga la barbilla levantada, de modo que solo tenga que bajar la vista, y no la cabeza.

EJERCICIO:

En sus conversaciones diarias con familiares y amigos trate de aumentar el contacto visual, pero de manera que no contravenga las costumbres locales.

Lección

14

Naturalidad

¿Qué

implica?

Ser uno mismo: sencillo, sincero y espontáneo.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Si su forma de hablar revela nerviosismo o su estilo es forzado porque está demasiado pendiente de la impresión que cause, el auditorio puede distraerse.

CUANDO uno se expresa con naturalidad, se gana la confianza de los demás. ¿Confiaría usted en las palabras de alguien que le hablara tras una máscara? ¿Sería diferente si el rostro de la máscara fuera más atractivo que el de la persona? Difícilmente. Por lo tanto, en vez de usar un disfraz, sea usted mismo.

No hay que confundir la naturalidad con la despreocupación. Debemos evitar la gramática deficiente, la pronunciación incorrecta y la articulación poco clara, así como el lenguaje demasiado informal. Manifestemos siempre la dignidad adecuada, tanto en la manera de hablar como en los modales. Ahora bien, la persona que actúa con naturalidad tampoco es ceremoniosa ni se preocupa excesivamente por impresionar.

En

el ministerio del campo. Cuando usted se aproxima a una casa o a alguien en un lugar público con la intención de dar testimonio, ¿se pone nervioso? A la mayoría nos sucede así, pero algunos tardan más en tranquilizarse que otros. La tensión puede hacer que la voz salga forzada o temblorosa, o que los movimientos de las manos y la cabeza resulten torpes.

El nerviosismo se debe a varias razones. Tal vez el publicador esté preguntándose qué impresión causará o si su presentación tendrá éxito. Es normal pensar en tales cuestiones, pero el problema surge cuando se les da demasiada importancia. ¿Qué puede hacer si se pone nervioso cuando va a salir al ministerio? Prepárese cuidadosamente y ore con fervor a Jehová (Hech. 4:29). Reflexione en la gran misericordia que demuestra Dios al invitar a la gente a disfrutar de salud perfecta y vida eterna en el Paraíso. Piense en aquellos a quienes está tratando de ayudar y en cuánto necesitan escuchar las buenas nuevas.

Recuerde también que las personas tienen libre albedrío, de modo que pueden o aceptar el mensaje, o rechazarlo. Lo mismo ocurría cuando Jesús daba testimonio en el antiguo Israel. La asignación de usted es simplemente predicar (Mat. 24:14). Aunque no lo dejen hablar, solo con su presencia ya dará testimonio. Tendrá éxito, porque habrá permitido que Jehová lo utilice para llevar a cabo Su voluntad. Cuando sí le sea posible hablar, ¿qué caracterizará su forma de expresarse? Será atractiva y natural si aprende a concentrarse en las necesidades ajenas.

Al dar testimonio, actúe y hable como lo hace normalmente, y sus oyentes se sentirán cómodos. Quizá estén incluso más receptivos al mensaje bíblico que les quiere transmitir. En vez de darles un sermón, converse con ellos. Sea agradable; muestre interés en las personas y agradezca sus comentarios. Por supuesto, si el idioma o la cultura local exigen cierto protocolo como señal de respeto a los desconocidos, sígalo. Pero siempre puede lucir una apacible sonrisa.

En

la plataforma. Cuando se dirija a un grupo, por lo general será mejor que hable con la misma naturalidad y volumen que en una conversación. (Claro, si el público es numeroso, tendrá que subir la voz.) Si intenta memorizar el discurso o sus notas son muy detalladas, probablemente esté demasiado preocupado por utilizar los términos precisos. Aunque la selección de palabras es importante, cuando se le presta excesiva atención, el estilo se vuelve forzado, falto de naturalidad. Debe pensar muy bien de antemano en lo que va a decir, pero concéntrese sobre todo en las ideas, no en las palabras.

Lo mismo puede aplicarse a las entrevistas en las reuniones. Si lo van a entrevistar, prepárese bien, pero no memorice ni lea las respuestas. Exprésese con modulación natural, para que sus comentarios tengan una espontaneidad cautivadora.

Incluso las cualidades de la oratoria deseables pueden parecer poco naturales si se exageran. Por ejemplo, articule y pronuncie correctamente, pero sin llegar al extremo de que el lenguaje suene afectado o artificial. Aunque los ademanes enfáticos o descriptivos bien hechos darán vida a su discurso, si son rígidos o desmesurados, desvirtuarán lo que dice. En caso de que sea necesario, eleve el volumen de la voz, pero con cuidado de no excederse. De vez en cuando convendrá que ponga pasión en sus palabras; sin embargo, evite exaltarse. Procure modular y manifestar entusiasmo y otros sentimientos de manera que no atraiga la atención hacia usted ni haga que su público se sienta incómodo.

Algunas personas se expresan con precisión por naturaleza, aun cuando no estén pronunciando un discurso, mientras que otras tienen un estilo de lenguaje más coloquial. Lo importante es hablar correctamente todos los días y comportarse con dignidad cristiana. Si usted lo hace así, es más probable que cuando esté en la plataforma se exprese y actúe con una atractiva naturalidad.

En

la lectura pública. Para leer en público con naturalidad se precisa esfuerzo. En primer lugar, determine cuáles son las ideas principales del texto que va a leer y fíjese en cómo se desarrollan. Téngalas claras en la mente; de lo contrario, leerá solo palabras. Busque en el diccionario los términos que no conozca. A continuación ejercite la lectura en voz alta tratando de modular bien y de agrupar las palabras de forma que transmita las ideas con claridad. Siga practicando hasta lograr fluidez. Familiarícese tanto con la información que, cuando la lea en voz alta, le imprima el tono que se emplea en una conversación animada. En eso consiste la naturalidad.

La mayor parte de la información que leemos en público está tomada de nuestras publicaciones bíblicas. Además de las lecturas que se nos asignan en la Escuela del Ministerio Teocrático, leemos versículos de las Escrituras en el ministerio del campo y en los discursos pronunciados desde la plataforma. A los varones se les asigna leer los párrafos que se analizan en el Estudio de La Atalaya y el Estudio de Libro de Congregación, y a algunos hermanos capacitados, ciertos discursos de las asambleas de distrito. Si los pasajes que usted va a leer de la Biblia u otra publicación contienen citas textuales, infúndales vida. En caso de que se citen las palabras de diversas personas, varíe la voz ligeramente en cada intervención. No obstante, tenga cuidado de no adoptar un tono muy teatral. Dé vida a su lectura, pero hágalo con naturalidad.

La lectura natural tiene el tono propio de una conversación. No suena artificial, aunque sí convincente.

CÓMO

EXPRESARSE CON NATURALIDAD

Hable en su forma habitual. No se concentre en usted, sino en Jehová y la necesidad que tiene la gente de aprender acerca de él.

Al preparar un discurso, preste más atención a las ideas que a las palabras.

Tanto en los discursos como en sus conversaciones, evite el habla descuidada y no se valga de las cualidades de la oratoria para atraer la atención hacia usted.

Prepárese bien para la lectura pública. Lea con sentimiento y teniendo muy presente el sentido del texto.

EJERCICIOS:

1) Lea Malaquías 1:2-14 en silencio y fíjese en quiénes hablan en cada momento. Después lea el pasaje en voz alta con la expresividad adecuada. 2) Antes de salir a predicar, lea en tres ocasiones distintas los dos primeros párrafos de esta lección, así como los del subtítulo "En el ministerio del campo", de la página 128. Esfuércese por poner en práctica las sugerencias.

Lección

15

Buena

apariencia

¿Qué

implica?

Vestir con pulcritud y modestia. Ir bien peinado. Adoptar una postura que refleje interés.

¿POR

QUÉ ES IMPORTANTE?

Nuestro aspecto puede influir en la opinión que otras personas se formen de nuestras creencias cristianas y del modo de vida que recomendamos.

SU APARIENCIA dice mucho de usted. Mientras que Jehová ve lo que hay en el corazón, los seres humanos normalmente basan sus juicios en "lo que aparece a los ojos" (1 Sam. 16:7). Si su apariencia es pulcra, los demás quizá concluyan que es una persona con amor propio y se muestren más dispuestos a escucharlo. La indumentaria apropiada también habla bien de la organización a la que representa, y repercute de manera positiva en la opinión que tengan sus oyentes del Dios al que adora.

Pautas

que seguir. Las Escrituras no dictan muchas normas en cuanto a la apariencia, pero contienen principios equilibrados que nos ayudan a tomar buenas decisiones. Para ello, es fundamental que "[hagamos] todas las cosas para la gloria de Dios" (1 Cor. 10:31). ¿Qué principios son aplicables a este respecto?

En

primer lugar, la Biblia nos anima a que tanto nuestro cuerpo como nuestra ropa estén limpios. En la Ley que Jehová dio al antiguo Israel, se estipulaban ciertas pautas de higiene. Por ejemplo, los sacerdotes que estaban de servicio debían bañarse y lavar sus prendas de vestir en determinadas ocasiones (Lev. 16:4, 24, 26, 28). Los cristianos no estamos bajo la Ley mosaica, pero los principios que de ella se desprenden siguen vigentes (Juan 13:10; Rev. 19:8). De modo que debemos tener el cuerpo y la ropa limpios y evitar el mal aliento, sobre todo cuando vamos a las reuniones o participamos en el ministerio del campo, a fin de que nuestra presencia no resulte desagradable. Quienes pronuncian discursos o presentan demostraciones ante la congregación han de ser ejemplares en este aspecto. Cuidar la apariencia es una muestra de respeto a Jehová y su organización.

En

segundo lugar, la Biblia nos exhorta a cultivar la modestia y el buen juicio. El apóstol Pablo instó a las cristianas a adornarse "con modestia y buen juicio, no con estilos de cabellos trenzados y oro o perlas o traje muy costoso, sino como es propio de mujeres que profesan reverenciar a Dios" (1 Tim. 2:9, 10). Los hombres también deben reflejar modestia y buen juicio al vestirse y arreglarse.

La persona modesta no desea ofender innecesariamente a nadie ni llamar demasiado la atención. El buen juicio nos hace discretos y sensatos. Si cultivamos estas cualidades y obedecemos las normas divinas, seremos equilibrados. Esto no significa que tengamos que vestirnos de forma poco atractiva; más bien, subraya la necesidad de elegir nuestro atuendo con prudencia y evitar las modas extravagantes (1 Juan 2:16). Debemos poner en práctica estos principios, sea que estemos en las reuniones, participando en el ministerio del campo o realizando cualquier otra actividad. La modestia y el buen juicio son importantes incluso cuando llevamos ropa informal. En la escuela y en el trabajo surgirán oportunidades de predicar; por tanto, aunque no vayamos vestidos como cuando asistimos a las reuniones y asambleas, nuestra indumentaria debe ser modesta y estar limpia y cuidada.

Claro, ni todos vestimos igual ni se espera que lo hagamos, pues es natural que los gustos difieran. Sin embargo, siempre hemos de obedecer las pautas bíblicas.

El apóstol Pedro indicó que aún más importante que el peinado o la ropa es "la persona secreta del corazón" (1 Ped. 3:3, 4). Cuando nuestro corazón rebosa de amor, gozo, paz, bondad y una fe bien fundada, estas cualidades constituyen una vestimenta espiritual que verdaderamente honra a Dios.

En

tercer lugar, la Biblia nos insta a ir bien arreglados. En 1 Timoteo 2:9 se hace mención del "vestido bien arreglado". Aunque el apóstol Pablo se refería al atuendo femenino, este principio es aplicable al de los hombres, quienes también han de vestir con pulcritud. Sin importar cuánto poseamos en sentido económico, podemos tener una buena apariencia.

Uno de los rasgos físicos que primero llaman la atención es el cabello, por lo que debe llevarse limpio y bien peinado. Tanto las costumbres locales como los factores hereditarios guardan estrecha relación con nuestro estilo de peinado, aspectos que Pablo tuvo presentes al dar el consejo recogido en 1 Corintios 11:14, 15. Sin embargo, un peinado que cause la impresión de que quien lo luce intenta parecerse al sexo opuesto está en conflicto con los principios bíblicos (Deu. 22:5).

En el caso de los hombres, la buena apariencia incluye que vayan afeitados y con el bigote bien recortado, en las regiones donde llevarlo esté bien visto.

En

cuarto lugar, nuestra apariencia no ha de reflejar amor a este mundo y sus caminos. El apóstol Juan advirtió: "No estén amando ni al mundo ni las cosas que están en el mundo" (1 Juan 2:15-17). El sistema actual se caracteriza por un sinnúmero de deseos pecaminosos. Entre ellos Juan menciona el deseo de la carne y la exhibición ostentosa de las posesiones. Las Escrituras también hacen referencia al espíritu de rebelión y de desobediencia a la autoridad (Pro. 17:11; Efe. 2:2). Dichos deseos y actitudes a menudo se evidencian en la forma de vestir y arreglarse de algunas personas, cuya apariencia es inmodesta, sensual, de mal gusto o desaliñada. Puesto que somos siervos de Jehová, evitaremos las modas que no reflejen la personalidad cristiana.

En vez de imitar al mundo, sigamos el buen ejemplo de los hombres y mujeres maduros en sentido espiritual de la congregación. Los jóvenes que en un futuro deseen pronunciar discursos públicos hacen bien en observar cómo visten quienes ya desempeñan esa responsabilidad. Todos podemos aprender de los que llevan muchos años participando lealmente en el ministerio público (1 Tim. 4:12; 1 Ped. 5:2, 3).

En

quinto lugar, al decidir qué es apropiado, hemos de tener en cuenta que "hasta el Cristo no se agradó a mismo" (Rom. 15:3). El interés principal de Jesús era cumplir la voluntad de Dios. También antepuso la ayuda a los demás a su conveniencia personal. ¿Qué haremos si determinado tipo de atuendo o arreglo personal supone una barrera entre nosotros y la gente del lugar donde ahora servimos? Tomaremos una decisión sabia si imitamos la humildad de Jesús. El apóstol Pablo hizo constar el siguiente principio: "De ninguna manera estamos dando causa alguna para tropiezo" (2 Cor. 6:3). Por esa razón no luciremos un peinado o una vestimenta que despierte el prejuicio de las personas a quienes deseamos predicar.

La

postura. La buena apariencia también implica guardar una postura correcta. Claro, todos tenemos un porte distinto, y no se trata de conformarnos a un modelo específico. Pero es interesante señalar que en la Biblia mantenerse erguido denota dignidad y optimismo (Lev. 26:13; Luc. 21:28). Es comprensible que algunos hermanos, ya sea por haber trabajado durante años en una posición forzada o a causa de la edad o la falta de fuerzas, no puedan evitar encorvarse o necesiten algún apoyo. Sin embargo, es recomendable que quienes sean capaces de ponerse razonablemente derechos al hablar, así lo hagan, a fin de no transmitir una imagen de indiferencia o apocamiento. Del mismo modo, aunque no está mal que el orador descanse las manos de vez en cuando en el atril, por lo general el auditorio se llevará una mejor impresión si no se apoya en él.

Equipo

en buen estado. No basta con ir limpios y bien arreglados, sino que también las publicaciones y demás objetos que empleamos en la predicación han de encontrarse en buenas condiciones.

Pensemos en nuestra Biblia. No todos podremos obtener una Biblia nueva cuando se deteriore la que tengamos. Sin embargo, prescindiendo del tiempo que la hayamos utilizado, debe resultar obvio que ha recibido un buen trato.

Aunque hay, desde luego, muchas formas de preparar el maletín de la predicación, siempre ha de estar limpio y ordenado. ¿Ha visto alguna vez papeles cayéndose de la Biblia cuando un publicador trataba de leer un pasaje al amo de casa o mientras un hermano pronunciaba un discurso ante la congregación? Le distrajo, ¿verdad? Si los papeles que se guardan en la Biblia son una fuente de distracción, ponerlos en otro lugar contribuirá a que su equipo luzca presentable. Tenga asimismo en cuenta que dejar en el suelo la Biblia u otras publicaciones religiosas se considera una grave falta de respeto en algunas culturas.

La buena apariencia debe ser importante para nosotros, pues influye en cómo nos ven los demás. No obstante, la razón principal estriba en que deseamos adornar "en todas las cosas [...] la enseñanza de nuestro Salvador, Dios" (Tito 2:10).

EXAMINE

SU APARIENCIA

¿Lleva todo limpio?

¿Refleja su aspecto modestia y buen juicio?

¿Va bien arreglado?

¿Tiene el cabello limpio y peinado?

¿Hay algo en su forma de arreglarse que revele amor al mundo?

¿Tiene alguna razón de peso para creer que su apariencia pudiera hacer tropezar a alguien?

EJERCICIO:

Durante una semana y prescindiendo de la actividad que vaya a realizar, examine diariamente su aspecto valiéndose de las preguntas del apartado "Examine su apariencia", que aparece en la página 132.
                                          gomezburgara@hotmail.com

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La hierba verde se ha secado,la flor se ha marchitado,pero en cuanto a la palabra de nuesro Dios JEHOVÁ,Durara hasta tiempo indefinido.  ISAIAS 40;8

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