lunes, 30 de julio de 2012

¿Confía usted en Dios... o en un hombre?


¿Confía usted en Dios... o en un hombre?
NO HAY duda de que la horrible tragedia de Jonestown, Guyana, fue la más espantosa noticia que apareció en los titulares de los periódicos en 1978. Este incidente ha sido comparado con el de los 960 zelotas judíos que prefirieron morir en Masada a rendirse y entrar en servidumbre a los romanos; también se le ha comparado con el de los 1.000 civiles japoneses que se lanzaron de un risco en Saipán mientras las tropas americanas iban ocupando la isla. Día tras día la tragedia de Guyana fue noticia de primera plana en los periódicos de todo el mundo. Al principio el número de víctimas que se anunció fue de 400, entonces la cantidad aumentó a 500, y luego alcanzó la alta cifra de 780, y después se dijo: “E.U.A. HA AUMENTADO LA CANTIDAD DE VÍCTIMAS DE GUYANA A POR LO MENOS 900; HAY 260 NIÑOS ENTRE LAS VÍCTIMAS EN LA COLONIA.” (Times de Nueva York del 26 de noviembre de 1978) Por último, el número ascendió a 913.
Esta tragedia está directamente relacionada con la pregunta: “¿Confía usted en Dios, o en un hombre?” Tal vez usted responda: ‘Desde luego que es más sabio cifrar mi confianza en Dios que en un hombre.’ Y así es, porque la Biblia advierte: “No cifren su confianza en líderes humanos; ningún ser humano puede salvarlos.” (Sal. 146:3, Today’s English Version) Dios puede salvarlo a usted, pues “el nombre de Jehová es una torre fuerte. A ella corre el justo y se le da protección.” (Pro. 18:10) Sin embargo, el que uno cifre su confianza en Dios requiere más que simples palabras. Requiere acciones de uno, pues “la fe sin obras está muerta.” La persona que confía en Dios deja que los principios bíblicos rijan su vida; ama lo que Dios ama y odia lo que Dios odia.—Sant. 2:26; Heb. 1:9.
Las siguientes palabras de Jesús están en armonía con el consejo del salmista de no poner nuestra confianza en líderes humanos: “A nadie, sobre la tierra, llaméis Padre, porque uno solo es vuestro Padre, el celestial. Ni os dejéis llamar guías, porque uno solo es Vuestro Guía: Cristo.”—Mat. 23:9, 10, La Santa Biblia, Ediciones Paulinas.
Sin embargo, individuos que han alegado ser seguidores de Jesús han hecho esta mismísima cosa por los pasados 19 siglos desde que Jesús pronunció estas palabras originalmente. No solo han dado a muchos hombres el título de “padre,” o “guía” o caudillo, sino que también se han hecho seguidores de hombres que han sido idolatrados, como en el caso de Constantino el Grande, Carlomagno, Napoleón y Hitler. Muchos miles, sí, muchos millones de personas, han cifrado su confianza en un hombre, hasta han estado dispuestos a seguirlo hasta la muerte. Alguien que vivía en Alemania durante el tiempo de Hitler escribió hace poco lo siguiente en cuanto a la influencia que éste ejercía: “Aunque ya podía verse el fin de la guerra, muchos alemanes rehusaban creer que Hitler podría decepcionarlos, y creían las promesas que les había hecho de producir superarmas (Wunderwaffen), que traerían la victoria final.” Los que han puesto su confianza en hombres como éstos han sufrido calamidad, y con frecuencia también la muerte. No fueron personas que pusieran su confianza en Dios.
¿Cómo se explica el poder que ciertos hombres han tenido sobre otros? Se debe a lo que hoy día recibe el nombre de “carisma,” y que se define como “un encanto personal de liderato que promueve lealtad popular especial o entusiasmo para con algún gobernante o comandante militar.” Encontramos un ejemplo notable de esto en Napoleón. Después de escapar de la isla de Elba con un contingente de unos 1.000 hombres, al poco tiempo tenía otros miles en su ejército. Cuando llegaron a Grenoble y un ejército de 6.000 hombres hizo frente al ejército de Napoleón, éste dio órdenes a su propio ejército de detenerse mientras él cabalgaba hacia el ejército contrario. Una vez cerca de éste bajó del caballo y se dirigió a pie hacia aquella sólida masa de hombres. El comandante de éstos dio órdenes de abrir fuego. Los hombres prepararon las armas para disparar, pero en temor reverente hacia aquel caudillo ni uno solo hizo el disparo que pudo haber puesto fin al regreso de Napoleón al poder en Francia. Bien pudo declarar Napoleón en una ocasión: “A Alejandro, Carlomagno y a mí se nos ha dado un extraordinario poder de ejercer influencia en los hombres y dirigirlos. Pero en nuestro caso ha sido necesario que estemos presentes.” Entonces contrastó el poder de ellos con el de Jesucristo, quien podía ejercer su poder aunque no estuviera presente.
LA TRAGEDIA DE JONESTOWN
Un hombre que, para fines de 1978, estuvo muchas veces en las noticias, y quien tenía esa alegada carisma, fue James Warren Jones. Un sacerdote católico romano jubilado que junto con Jones prestó servicios en la Comisión de Derechos Humanos de San Francisco dijo acerca de éste: “Tenía un extraño poder sobre la gente, y esa clase de poder tiende a subirse a la cabeza.” Miles de personas acudieron a él mientras predicó en el Templo del Pueblo, en San Francisco, y centenares de personas le siguieron a la vivienda colectiva que estableció en Guyana, a la cual llamó “Jonestown.” Estas personas no solo lo siguieron a aquel lugar; al fin muchas se suicidaron cuando él lo ordenó. Entonces, con el estímulo de sus guardas armados, él mismo se suicidó después de haber hecho que unas 909 personas hicieran lo mismo. Fue una tragedia que sacudió al mundo.
¡Qué sorprendente y terrible ejemplo de lo que puede suceder cuando la gente, en vez de poner su confianza en Dios y seguir al Caudillo nombrado de éste, Jesucristo, ponen su confianza en un caudillo humano, un demagogo sin principios! ¡Qué bien ilustran los siguientes contrastes la insensatez de hacer eso!
Tanto Jesucristo como su mensaje estuvieron orientados hacia la vida: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia,” sí, “vida eterna.” (Juan 10:10; 3:16) Sin embargo, el “reverendo” Jones estaba orientado hacia la muerte. Se dice que “había hecho un pacto suicida con cada miembro de la secta.” Además, aclamaba “la dignidad de la muerte, la belleza de morir.” De hecho, repetidamente ensayaba un rito en el cual sus seguidores mostraban la lealtad que le tenían por medio de tomar un brebaje venenoso, aunque no era esto lo que usaban en los ensayos. Sin embargo, eso fue lo que en realidad se usó en la trágica última ocasión.
Además, leemos que Jesús amaba a los niños. Aunque los discípulos de él pensaban que no se debía dejar que los niños fueran a él y él tuviera que darles atención, él pensaba de otra forma, pues leemos que el Hijo de Dios dijo: “Dejen que los niñitos vengan a mí; no traten de detenerlos.” Entonces, Jesús “tomó a los niños en los brazos y empezó a bendecirlos, poniendo las manos sobre ellos.” (Mar. 10:13-16) Por otro lado, Jones castigaba a los niños metiéndolos en un cuarto oscuro y atándoles electrodos por los cuales recibían descargas eléctricas. O hacia que los bajaran a un pozo de agua, y repetidas veces, si no gritaban suficientemente alto. Durante el trágico final, se obligó a unos 200 niños a beber el líquido venenoso, o se les introdujo el veneno a chorros por la garganta con jeringas hipodérmicas.
Jesús predicó un mensaje de paz y de no violencia, y advirtió que “todos los que toman la espada, perecerán por la espada.” (Mat. 26:52) Sin embargo, el “reverendo” Jones tenía partidarios que no solo recurrieron a la violencia, sino que asesinaron a un congresista norteamericano y a tres periodistas de los cuales Jones temía que pudieran regresar a los E.U.A. con informes perjudiciales en cuanto a su vivienda colectiva. Más que eso, cuando reunió a toda su gente para el suicidio, tenía a hombres de confianza armados para que amenazaran a los que desplegaran renuencia a tomar el brebaje venenoso.
Jesucristo trajo libertad y liberación de las cargas. Bien podía decir: “Vengan a mí, todos los que se afanan y están cargados, y yo los refrescaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, porque soy de genio apacible y humilde de corazón, y hallarán refrigerio para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.” (Mat. 11:28-30) Además dijo: “Si permanecen en mi palabra, verdaderamente son mis discípulos, y conocerán la verdad, y la verdad los libertará.” (Juan 8:31, 32) En Guyana, Jones hizo de su Jonestown un campo de concentración, y mantuvo prisionera a toda su gente por medio de quitarles el pasaporte. Los tenía esclavizados desde temprano hasta tarde en el día bajo el caluroso Sol tropical. El alimento del grupo degeneró gradualmente hasta que solo recibían arroz y salsa tres veces al día. Un miembro de la secta, uno que quería huir, exclamó: “Esto es el infierno.”
En cuanto a Jesús, se nos dice: “Aunque era rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que ustedes se hicieran ricos por medio de la pobreza de él.” (2 Cor. 8:9) Pero Jones tenía tal avidez para el dinero que pedía, engatusaba y presionaba a sus seguidores para que le entregaran el dinero que tenían, incluso los cheques del seguro social, de modo que, cuando murió, tenía entre 10 y 15 millones de dólares.
Cristo Jesús el Hijo perfecto de Dios no tuvo pecados. Bien pudo preguntar a sus opositores: “¿Quién de ustedes me prueba culpable de pecado?” (Juan 8:46) Era “leal, sin engaño, incontaminado.” (Heb. 7:26) “Él no cometió pecado.” (1 Ped. 2:22) Sería difícil imaginarnos a alguien que esté en mayor contraste con Jesús que este clérigo Jones. De acuerdo con informes, Jones “exigía que toda mujer que estuviese en estrecha asociación con él tuviera relaciones sexuales con él regularmente,” y tenía una concubina así como una esposa. No estaba satisfecho con esto, pues se informa que tenía amantes varones.
Jesucristo aceptó la Biblia como la Palabra de Dios, y citaba de ella como la autoridad para sus declaraciones, y dijo de ésta: “Tu palabra es la verdad.” (Mat. 19:4-6; Juan 17:17) Jones, lejos de aceptar la Biblia, se valía de los sermones que daba para vociferar contra ésta. En una ocasión hasta tiró al suelo un ejemplar de la Biblia y expresó esta queja: “Demasiada gente está prestando atención a esto en vez de a mí.”
Podrían presentarse muchos otros contrastes entre el Caudillo que Dios envió y el hombre Jones, el supuesto mesías humano, pero uno más será suficiente. En ningún momento alegó Jesús ser el “Alfa y la Omega,” Dios el Creador del universo. Solamente afirmaba: “Soy Hijo de Dios.” (Juan 10:36; Rev. 1:8) ¿Qué hay acerca de Jones? Según dijo uno de sus asociados: “Jim dejó de llamarse la reencarnación de Jesús y comenzó a llamarse Dios. Decía que efectivamente era el Dios que hizo los cielos y la tierra.” Además, en su vivienda colectiva de Guyana solía gritar: “¡Soy el Alfa y la Omega!”
“UNA PASMOSA DEMOSTRACIÓN”
No hay duda de que la tragedia de Jonestown fue un caso en el cual el ciego guió al ciego y ambos cayeron en el hoyo. (Mat. 15:14) El entero incidente da énfasis a la sabiduría del mandamiento de Jesús de no exaltar a hombres. No hay duda de que muchos de los que seguían a Jones habían pertenecido a las diferentes organizaciones religiosas de la cristiandad. Pero les fascinó este individuo que se proclamaba mesías y tenía la visión de un paraíso socialista. Apropiadamente se ha dicho que este incidente es “una pasmosa demostración del modo en que un líder carismático puede doblegar la mente de sus seguidores con una mezcla diabólica de alegado altruismo y tiranía sicológica.”
Pero uno todavía se pregunta acerca de los ingenuos a quienes Jones cautivó. Se dice que el 80 por ciento de ellos eran de la raza negra, y la mayoría estaba en condiciones de pobreza. Algunos, tanto blancos como negros, se unieron al grupo debido al énfasis que Jones ponía en la cuestión de la igualdad racial y debido a varios proyectos humanitarios que al principio él patrocinó. Sin embargo, uno se pregunta en cuanto a la devoción que tenían a los principios justos. Al tolerar todas las cosas inmundas en las cuales Jones mismo participó e hizo que otros participaran, y cooperar con ellas, ciertamente mostraron que no estaban poniendo su confianza en Dios, ni estaban interesados en seguir a Jesucristo.
¿Cómo podían dar semejante devoción y lealtad ciega a un hombre que “hacía alardes de su poder sobre la gente y los obligaba a satisfacer las necesidades consumidoras que él tenía de gratificación económica, egotista y sexual”?
Está claro que a nadie que cifrara su confianza en el Dios de la Biblia le hubiese engañado un hombre tan extremadamente inicuo como éste, que egoísta y licenciosamente se aprovechó de su poder de influir en los demás, uno que tan cruel, excesiva y despiadadamente traicionó la cándida confianza de sus seguidores. Los cristianos verdaderos tienen protección contra las terribles consecuencias de cifrar su confianza en un simple hombre. La Palabra de Dios, la Biblia, no solamente les señala la religión verdadera, sino que claramente identifica las clases de religiones que deben evitarse; el sectarismo que generalmente se basa en la exaltación de algún caudillo humano o un culto de hechura humana.
El apóstol Pablo señaló a personas depravadas que tenían las mismas características del “reverendo” Jones cuando escribió: “¡Qué! ¿No saben ustedes que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se extravíen. Ni fornicadores, ni idólatras, ni adúlteros, ni hombres que se tienen para propósitos contranaturales, ni hombres que se acuestan con hombres, ni ladrones, ni avarientos, ni borrachos, ni injuriadores, ni los que practican extorsión heredarán el reino de Dios.” (1 Cor. 6:9, 10) El registro muestra que el “líder” de Jonestown era muchas de estas cosas. Y mucha gente fue víctima de un engaño.
Tanto en el caso de este demagogo religioso como en el de otros fomentadores de cultos como él “las obras de la carne son manifiestas,” y estas obras son: “fornicación, inmundicia, conducta relajada, idolatría, práctica de espiritismo, enemistades, contiendas, celos, enojos, altercaciones, divisiones, sectas, envidias, borracheras, diversiones estrepitosas y cosas semejantes a éstas.” El apóstol Pablo escribe de ese modo a manera de ‘aviso’ concerniente a falsos cristianos, muchos de los cuales han surgido en los últimos años, y de nuevo añade: “Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” Por otro lado, Pablo dice que los que heredan el Reino y sus bendiciones son los que cultivan “el fruto del espíritu . . . amor, gozo, paz, gran paciencia, benignidad, bondad, fe, apacibilidad, gobierno de uno mismo.”—Gál. 5:19-23.
Este fruto no se encuentra en la histeria emotiva de ningún campamento de practicantes de un culto de adoración humana. Más bien, se encuentra entre los que ‘dicen a Jehová: “Tú eres mi refugio y mi plaza fuerte, mi Dios, en quien de veras confiaré.”’—Sal. 91:2.

Macpela.

Macpela.
casa de los patriarcas.

Archivo del blog

Datos personales

Mi foto
Jehová es mi pastor y nada me faltara.