lunes, 30 de julio de 2012

COSAS OCULTAS Y COSAS REVELADAS


COSAS OCULTAS Y COSAS REVELADAS
9 ¿Deberíamos pensar que sea raro que Dios retenga para sí cierto conocimiento de esta manera? En tiempo tan remoto como cuando los israelitas se aproximaban a la Tierra Prometida, el profeta Moisés registró estas palabras inspiradas en Deuteronomio 29:29: “Las cosas ocultas pertenecen a Jehová nuestro Dios, pero las cosas reveladas pertenecen a nosotros y a nuestros hijos hasta tiempo indefinido, para que llevemos a cabo todas las palabras de esta ley.” Sí, todo lo que en realidad necesitamos saber para servir fielmente a Jehová Dios, y lo que necesitamos a fin de sostenernos en nuestra esperanza y convicción, esto Dios nos lo revela. Pero cuando el ocultar ciertos asuntos efectúa mejor su propósito, también puede ocultarlos, sin ningún daño o privación para sus siervos.
10 El Moisés Mayor, Cristo Jesús, también dijo a sus discípulos, poco antes de ascender al cielo: “No les pertenece a ustedes adquirir el conocimiento de los tiempos o sazones que el Padre ha colocado en su propia jurisdicción.” Esto fue en respuesta a la pregunta de ellos acerca de la restauración del reino, algo que sin duda tenían ardientes deseos de ver. Entonces pasó a decir: “Mas recibirán [¿qué? No conocimiento de los ‘tiempos o sazones que el Padre había colocado en su propia jurisdicción,’ sino] poder cuando el espíritu santo llegue sobre ustedes.” (Hech. 1:6-8; 3:20-23) Dios los capacitaría y ciertamente los capacitó para efectuar su trabajo y servicio asignados en armonía con Su voluntad revelada para ellos. Sin embargo, había cosas que no sabían y, más tarde, algunos discípulos se inclinaron a sacar conclusiones precipitadas acerca de ciertos acontecimientos que se habían prometido, como tratando de apresurarlos. (Compare con 2 Tesalonicenses 2:1-5.) Pero todo lo que realmente era necesario que supieran para tener fe, convicción y ánimo vigorosos, y para obrar con sabiduría, Dios se lo proporcionó.
11 Fue así tocante a la destrucción de Jerusalén en el primer siglo de nuestra era común. Cristo Jesús reveló a sus discípulos las condiciones que precederían y llevarían a la destrucción de aquella ciudad infiel, el centro de la adoración judía de aquel tiempo. Al ver las condiciones que componían aquella “señal,” sus discípulos ‘sabrían que la desolación de ella [Jerusalén]’ se había acercado. (Luc. 21:10-20) Él les dijo que “de ningún modo pasará esta generación hasta que acontezcan todas estas cosas.” (Mar. 13:30) De modo que era asunto de interés inmediato para ellos, algo para su generación. Pero no se les dijo exactamente cuándo vendría.
12 Llegó el tiempo en que vieron el rasgo de la señal que tenía que ver con que los ejércitos acampados de Roma cercarían a Jerusalén. Las circunstancias que se presentaron después (el retiro temporal e inesperado de las fuerzas romanas) les permitieron huir de la ciudad condenada a destrucción y buscar refugio en las regiones montañosas. Todavía no sabían exactamente cuándo ocurriría la destrucción misma. En realidad, transcurrieron unos cuatro años entre cuando huyeron y cuando vino la desolación de Jerusalén. Pudiera haber sido fácil para ellos aflojar la vigilancia durante aquel tiempo o suponer que habían interpretado mal la señal y, como resultado de ello, no prestar atención estricta a la advertencia de Jesús: “Los que estén en medio de Jerusalén retírense, y los que estén en los lugares rurales no entren en ella.”—Luc. 21:20, 21.
13 Una cosa es segura: La generación de ellos sí vio el cumplimiento de aquello acerca de lo cual el Hijo de Dios había advertido. Los que habían prestado atención, los que habían permanecido vigilantes, lograron escapar de la calamidad desastrosa que asoló a Jerusalén. Pero la historia muestra que centenares de miles de otras personas no lograron tal cosa. Estas estuvieron, de hecho, dormidas al significado de las condiciones existentes y la urgencia del día en que vivían. Cuando finalmente Roma envió de vuelta sus fuerzas y disparó su trampa militar sobre Jerusalén en 70 E.C., sorprendió a la ciudad atestada de miles de visitantes que asistían a la fiesta de la Pascua de aquel año. De éstos y de los moradores locales, centenares de miles murieron dentro de un período de solo unos cinco meses. No habían mostrado fe en la advertencia divina que se había dado por medio del Hijo de Dios; no habían ‘discernido el tiempo en que se les inspeccionaba.’—Luc. 19:41-44.
14 Hoy vivimos a diecinueve siglos de aquel período trascendental. Sin embargo, nuestro tiempo es mucho más crítico. Escribiendo hacia el fin del primer siglo, y por consiguiente décadas después de la destrucción de Jerusalén, el apóstol Juan describió las mismas cosas que Jesús había dado como “señal” a sus discípulos en la profecía de él que abarcó la desolación de Jerusalén. Pero la Revelación, recibida de Jesús por Juan, era de cosas futuras, que no habían acontecido todavía. (Rev. 1:1) Y lo que Juan registró muestra que la “señal” que Jesús dio adquiriría un aspecto global, con guerra, hambre, alto costo de los alimentos, y enfermedades epidémicas que afectarían a grandes sectores de la gente en muchas partes de toda la Tierra. (Rev. 6:3-8) Después de eso menciona “la grande tribulación” a través de la cual una “grande muchedumbre” de los siervos de Dios pasarían vivos y a salvo, personas de toda nación, tribu y lengua. (Rev. 7:9-15) Esa tribulación, también, era parte de las cosas que todavía tenían que suceder.
15 Esta “revelación por Jesucristo” demuestra, por lo tanto, que la profecía de Jesús acerca de la “grande tribulación,” según se registra en Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21, no se circunscribía al primer siglo. Muestra que la tribulación que Jerusalén experimentó fue solo un cumplimiento en miniatura de aquella profecía y que su cumplimiento principal en escala global hará que la tribulación de Jerusalén en realidad parezca pequeña en comparación. Tan ciertamente como que la generación que vivió en el primer siglo y oyó la advertencia de Jesús fue la generación que experimentó un cumplimiento de sus palabras, así de ciertamente esta generación —la generación que ve el cumplimiento mayor de su “señal” que identifica los últimos días de este sistema de cosas— será la generación que experimentará la tribulación global que ha de venir.—Mat. 24:34.
16 Entonces, ¿qué nos ha revelado Dios acerca de esto? Ciertamente no nos ha dejado sin guía. Por profecías como las que acabamos de considerar hace que sepamos dónde nos encontramos en la corriente del tiempo. El cumplimiento de su palabra profética nos convence de que Dios no está durmiendo ni es lento, y como dijo el apóstol Pedro en cuanto a los que obran inicuamente, “el juicio desde lo antiguo no está moviéndose lentamente, y la destrucción de ellos no dormita.” (2 Ped. 2:3) Tenemos amplia información y amplia evidencia para tener confianza en que vivimos en el “tiempo del fin” en lo que toca al sistema de cosas injusto actual. Sin embargo, más allá de esto, hay cosas que Dios no nos ha revelado a nosotros. Una de esas cosas es el tiempo en que ha de estallar la “grande tribulación” que fue prefigurada por la tribulación que le sobrevino a Jerusalén, una tribulación que tendrá cumplimiento global.
FACTORES DE TIEMPO QUE DIOS NO HA REVELADO
17 Hay razones por las cuales no podemos saber esto. Entre otras cosas, aunque la cronología bíblica indica claramente que hemos llegado a la marca de seis mil años desde el tiempo de la creación de la primera persona humana, Adán, no nos dice cuánto tiempo después de ese acontecimiento llegó a su terminación el sexto día creativo y empezó el séptimo período o “día” creativo, el gran día de descanso de Dios. Génesis, capítulo dos, versículo tres, dice que Jehová bendijo e hizo sagrado aquel “día,” y por lo tanto parece razonable que dentro de los límites de él se verá la remoción del viejo orden inicuo y el establecimiento del nuevo orden justo de Dios por medio del reinado de mil años del Hijo de Dios. Por consiguiente hay razón para creer que ese período de mil años constituirá la parte de cierre de ese gran día de descanso y restaurará a la Tierra y sus habitantes a una condición perfecta. Eso pondría a Dios en la situación de poder decir de ese séptimo día y sus resultados —como lo dijo de otros días creativos— que “era bueno.”—Gén. 1:4, 10, 12, 18, 21, 25, 31.
18 Pero ese gran día de descanso no empezó inmediatamente después de la creación de Adán. Otros acontecimientos tuvieron lugar después de la creación de Adán pero antes del fin del sexto día creativo. Uno de éstos es de gran importancia para todos nosotros. Ese es la creación de la primera mujer, Eva. Sin eso ninguno de nosotros estaría vivo hoy, pues como el apóstol Pablo declara en 1 Corintios 11:12, “así como la mujer procede del varón, así también el varón es por medio de la mujer,” pues todos nosotros necesitamos una madre humana para nacer.
19 ¿Cuánto tiempo transcurrió entre la creación del hombre y la de la mujer? La Biblia no revela esto. Pudo haber sido un tiempo relativamente corto. Adán no fue creado como niño ni adolescente, sino como un hombre plenamente desarrollado, plenamente maduro, tanto física como mentalmente. No tuvo que gatear primero para aprender a andar, ni balbucear sonidos hasta poder hablar. Fue creado con estas habilidades y podía comunicarse con su Creador celestial y se le podía poner a trabajar en cultivar y cuidar de su hogar-jardín. Podía comprender las instrucciones divinas y también la prohibición en cuanto al árbol proscrito del conocimiento de lo bueno y lo malo. (Gén. 2:15-17) En esos respectos, pues, hubiera estado en condición de recibir una esposa en cualquier momento.
20 Eso es cierto, y sin embargo en algunos respectos Adán era como un infante recién nacido cuando fue creado. ¿Por qué? Porque, aunque era plenamente adulto, el día en que fue creado todavía fue el primer día que vivió. Todo lo que veía —todo árbol, flor, planta, toda corriente, lago, río, toda criatura de toda la creación de las aves, animales y peces— lo estaba viendo por primera vez. Esto aplicó a todo lo que hizo. Cuando anduvo dio su primer paso; y así también sucedió con la experiencia de correr, trepar, tocar, oler, gustar, comer... todas fueron experiencias enteramente nuevas para él. ¡Qué enorme curiosidad debe haber sentido a medida que examinaba la fascinante obra de Jehová Dios y se familiarizaba con su hogar-jardín! ¿Cuánto tiempo se le permitiría para satisfacer esa curiosidad antes de que asumiera responsabilidad adicional como cabeza de familia?
21 Aquel hogar edénico no parece haber sido ninguna porción de terreno diminuta. Contenía dentro de sus límites todas las variedades de árboles, según Génesis, capítulo segundo. Y había un “río que procedía de Edén para regar el jardín,” un río lo suficientemente grande como para separarse y formar las cabeceras de cuatro ríos principales, algunos de los cuales todavía fluyen hoy. (Gén. 2:8-10) Se habría necesitado tiempo para que Adán se pusiera a explorar todo esto a fin de familiarizarse con la zona que le había sido asignada para que la cuidara y cultivara.
22 “Pero,” se pudiera preguntar, “¿no habría sido agradable el que hubiera de compartir todas estas nuevas experiencias inmediatamente con una compañera humana, una esposa, y así hubiera de aprender junto con ella?” Eso podría ser, y sin embargo, ¿no podría haber sido más apropiado el que antes consiguiera considerable conocimiento y experiencia? Entonces, cuando se le uniera su cónyuge, podría contestar las preguntas de ella y explicarle cosas, lo cual acrecentaría el respeto que ella le tendría a él como su cabeza informado. (Efe. 5:22, 23) La advertencia directa de Dios a Adán tocante a las consecuencias de comer desobedientemente del árbol prohibido puso a Adán en la posición de profeta de Dios para con la compañera que más tarde Dios crearía para el hombre.—Gén. 2:16, 17.
23 La única información que la Biblia en realidad nos suministra es que Dios, antes de crear a Eva, empezó a traer al hombre todas las criaturas que Él había formado y “el hombre estaba poniendo nombres a todos los animales domésticos y a las criaturas volátiles de los cielos y a toda bestia salvaje del campo, pero para el hombre no se halló ayudante como complemento de él.” (Gén. 2:18-20) Se requieren solo unas palabras para describir esto; pero ¿cuánto tiempo tomó en realidad?
24 La brevedad del relato de Génesis ciertamente no exige que pensemos que Dios simplemente reunió a todos los animales y aves en un grupo grande y entonces hizo que fueran desfilando enfrente de Adán mientras él rápidamente les iba poniendo nombre, uno por uno. Es verdad que quizás haya tenido que tratar solo con géneros de familia fundamentales más bien que con todas las variedades de criaturas que se han desarrollado de aquellos géneros de familia. Pero aun así, no podemos excluir la posibilidad de que el que Dios ‘trajera’ estas criaturas a Adán haya envuelto el que se acercaran suficientemente a él como para permitirle a Adán estudiarlas por un tiempo, observar sus hábitos y estructura característicos, y entonces escoger un nombre que fuese especialmente apto para cada uno. Esto podría significar el transcurso de una cantidad considerable de tiempo. Y podemos notar que, cuando Adán finalmente vio a su esposa recién creada, sus primeras palabras fueron: “Esto por fin es hueso de mis huesos y carne de mi carne.” (Gén. 2:23) Esto también podría indicar que él había esperado por algún tiempo recibir su deleitable correspondencia humana.
25 Entonces, ¿qué significa esto? Simplemente lo siguiente: Que estos factores, y las posibilidades que permiten, nos impiden decir con positiva seguridad cuánto tiempo transcurrió entre la creación de Adán y la de la primera mujer. No sabemos si fue un tiempo breve como un mes o unos meses, un año o hasta más. Pero sea cual haya sido el tiempo que haya transcurrido, tendría que ser restado del tiempo que ha pasado desde la creación de Adán para que pudiéramos saber hasta qué punto en el tiempo hemos avanzado dentro del séptimo “día” de Dios, su grandioso día de descanso. De modo que el que hayamos avanzado seis mil años desde el principio de la existencia humana es una cosa. El avanzar seis mil años dentro del séptimo “día” creativo de Dios es otra. Y no sabemos exactamente hasta qué punto hemos avanzado en la corriente del tiempo a este respecto.
26 Sin embargo, esto no significa que la cronología no tiene nada que nos interese. Es natural que nos interesemos en ella, puesto que a Dios le ha parecido conveniente hacerla una parte integrante de su Palabra inspirada. De los profetas antiguos, el apóstol Pedro dice que “siguieron investigando qué época en particular o qué suerte de época indicaba . . . el espíritu que había en ellos cuando de antemano daba testimonio acerca de los sufrimientos para Cristo y acerca de las glorias que habían de seguir a éstos.”—1 Ped. 1:10, 11.
27 Correctamente, hoy nosotros nos interesamos en saber en qué “época” nos encontramos, y Dios nos suministra esa información necesaria. Los que fueron profetas de Dios en la antigüedad tenían absoluta fe en la certeza del cumplimiento de todo lo que Dios había dicho. Aunque nosotros no conocemos ciertos detalles o factores de tiempo, podemos tener y debemos tener esa misma fe sólida en la inmutabilidad del propósito de Dios. El Hijo de Dios nos ha suministrado poderosa razón para permanecer alertos al desenvolvimiento de ese propósito,

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