domingo, 2 de junio de 2013

puntos sobresalientes juan 17 a 21

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Puntos sobresalientes Juan 17 a 21, semana del 3 de Junio 2013.
Capítulo 17
lr cap. 48 pág. 255 Tú puedes vivir en el pacífico nuevo
mundo de Dios
Abramos la Biblia en Juan, capítulo 17, versículo 3. Allí
encontramos estas palabras del Gran Maestro: “Esto significa
vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el
único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste,
Jesucristo”.
Según dijo Jesús, ¿qué tenemos que hacer para vivir
para siempre?... Lo primero es adquirir conocimiento de
nuestro Padre celestial, Jehová, y también de su Hijo, quien
dio su vida por nosotros. Eso significa que debemos estudiar
la Biblia. Este libro, APRENDAMOS DEL GRAN MAESTRO,
nos ayuda a hacerlo.
¿Cómo nos ayudará el conocimiento de Jehová a vivir
para siempre?... Pues bien, igual que todos los días
necesitamos comer, también todos los días necesitamos
aprender acerca de Jehová. La Biblia dice: “No de pan
solamente debe vivir el hombre, sino de toda expresión que
sale de la boca de Jehová” (Mateo 4:4).
También necesitamos adquirir conocimiento de
Jesucristo, pues Dios envió a su Hijo para borrar nuestros
pecados. La Biblia enseña que “no hay salvación en ningún
otro”, y también dice que “el que ejerce fe en el Hijo tiene
vida eterna” (Hechos 4:12; Juan 3:36). Pero ¿qué significa
‘ejercer fe’ en Jesús?... Significa que creemos en él y
reconocemos que sin él no podríamos vivir para siempre.
¿De verdad creemos eso?... Si así es, continuaremos
aprendiendo sobre el Gran Maestro todos los días y haremos
lo que él dice.
w02 15/12 págs. 8-10 ‘Acerquémonos a Dios’
Sigamos “adquiriendo conocimiento” de Dios
5 Según Juan 17:3, Jesús dijo: “Esto significa vida
eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único
Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo”.
Muchas traducciones difieren un poco de la Traducción del
Nuevo Mundo en este pasaje, ya que en vez de usar la
expresión “estén adquiriendo conocimiento” de Dios,
emplean otras como “conocerte” o “que te conozcan”. Sin
embargo, varios eruditos observan que el sentido de la
palabra griega original implica algo más: revela un proceso
continuo que puede incluso llevar a una amistad íntima.
6 El concepto de llegar a conocer a Dios íntimamente
no era nuevo en los días de Jesús. En las Escrituras
Hebreas, por ejemplo, leemos que cuando Samuel era niño,
“todavía no había llegado a conocer a Jehová” (1 Samuel
3:7). ¿Significa esto que Samuel sabía muy poco de Dios?
No. Sin duda había aprendido mucho de él, gracias a sus
padres y los sacerdotes. Sin embargo, la palabra hebrea
utilizada en este versículo, según cierto especialista, “se
emplea para referirse a la relación más íntima”. Samuel aún
no había llegado a conocer a Jehová al grado que lo haría
más adelante sirviéndole de portavoz. A medida que crecía,
iba conociendo realmente a Jehová, cultivando así una
estrecha relación con él (1 Samuel 3:19, 20).
7 ¿Estamos adquiriendo conocimiento de Jehová a fin de
tener una íntima relación con él? Para ello, se necesita
“desarroll[ar] el anhelo” por el alimento espiritual que Dios da
(1 Pedro 2:2) y no quedarse satisfecho con las enseñanzas bíblicas
básicas, sino indagar en las más profundas (Hebreos 5:12-14).
¿Nos intimidan tales enseñanzas porque creemos que son muy
difíciles de entender? Si así es, recordemos que Jehová es el
“Magnífico Instructor” (Isaías 30:20). Él sabe transmitir las verdades
profundas a la mente humana y bendice los esfuerzos sinceros que
hacemos por comprender lo que nos está enseñando (Salmo 25:4).
8 ¿Por qué no reflexionar sobre lo que opinamos de algunas de
“las cosas profundas de Dios”? (1 Corintios 2:10.) No son temas
aburridos como los que quizás debatan los teólogos y eclesiásticos;
son doctrinas provechosas que nos permiten percibir fascinantes
aspectos de la mente y el corazón de nuestro amado Padre.
Tomemos, por ejemplo, el rescate, el “secreto sagrado” y los
diversos pactos que Jehová ha utilizado para bendecir a su pueblo y
cumplir sus propósitos, temas que, al igual que muchos otros, nos
reportan deleite y satisfacción cuando los investigamos en nuestro
estudio personal (1 Corintios 2:7).
9 Conforme aumenta nuestro conocimiento de las verdades
espirituales más profundas, hemos de cuidarnos de un peligro que
puede acompañarlo: el orgullo (1 Corintios 8:1). El orgullo es
peligroso, porque aleja a los hombres de Dios (Proverbios 16:5;
Santiago 4:6). Recordemos que nadie tiene motivos para jactarse de
su conocimiento. Para ilustrarlo, pensemos en estas palabras del
prólogo de un libro que reseña los últimos adelantos científicos:
“Cuanto más descubrimos, más nos damos cuenta de lo poco que
sabemos. [...] Todo cuanto hemos aprendido es insignificante si lo
comparamos con lo que todavía desconocemos”. Reconforta
percibir humildad en este comentario. Pues bien, tocante al mayor
campo del saber —el conocimiento de Jehová Dios—, tenemos aún
más motivo para seguir siendo humildes. ¿Por qué?
10 Fijémonos en algunas frases bíblicas que hablan de Jehová.
“Muy profundos son tus pensamientos.” (Salmo 92:5.) “Su
entendimiento es superior a lo que se puede relatar.” (Salmo 147:5.)
“No se puede escudriñar su entendimiento.” (Isaías 40:28.) “¡Oh la
profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de
Dios!” (Romanos 11:33.) Obviamente, nunca lo sabremos todo de
Jehová (Eclesiastés 3:11). Él nos ha enseñado muchas cosas
maravillosas, pero siempre tendremos ante nosotros un infinito
caudal de conocimiento del cual aprender. ¿Verdad que es una
perspectiva emocionante y que, a su vez, nos infunde humildad?
Según vayamos aprendiendo, pues, usemos siempre el
conocimiento para acercarnos a Jehová y para ayudar al prójimo a
hacer lo mismo, nunca para ensalzarnos sobre los demás (Mateo
23:12; Lucas 9:48).
it-1 pág. 1021 Gloria
En otra ocasión, Jesús oró: “Padre, glorifícame al lado de ti
mismo con la gloria que tenía al lado de ti antes que el mundo
fuera”. (Jn 17:5.) Empleó aquí este término para referirse a la
posición exaltada que tuvo en los cielos, antes de venir a la Tierra.
En respuesta a su oración, Jehová ‘glorificó a su Siervo, Jesús’,
resucitándolo y llevándolo nuevamente a los cielos. (Hch 3:13-15.)
jv cap. 2 págs. 20-21 Jesucristo, el Testigo Fiel
Testimonio del nombre de Dios
2
Jesús enseñó a sus seguidores a orar: “Padre nuestro
que estás en los cielos, santificado sea [o “sea tenido por
sagrado; sea tratado como santo”] tu nombre”. (Mat. 6:9,
nota.) La última noche de su vida terrestre, Jesús dijo
también en oración a su Padre celestial: “He puesto tu
nombre de manifiesto a los hombres que me diste del mundo.
Tuyos eran, y me los diste, y han observado tu palabra. Y yo
les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para
que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo en unión
con ellos”. (Juan 17:6, 26.) Este era, en realidad, el propósito
principal de Jesús al venir a la Tierra. ¿Qué implicaba dar a
conocer el nombre de Dios?
Los seguidores de Jesús ya conocían y empleaban el
nombre divino. Lo veían y leían en los rollos de la Biblia
hebrea de sus sinagogas, así como en la Septuaginta, una
traducción griega de las Escrituras Hebreas que usaban en la
enseñanza y la escritura. Si conocían el nombre divino, ¿en
qué sentido se lo hizo manifiesto o dio a conocer Jesús?
En tiempos bíblicos los nombres no eran simplemente
etiquetas. Un léxico griego-inglés, A Greek-English Lexicon of
the New Testament, de J. H. Thayer, dice : “El nombre de
Dios representa en el N[uevo] T[estamento] todas las
cualidades que ese nombre encierra para sus adoradores, y
por las cuales Dios se da a conocer a los hombres”. Jesús
dio a conocer el nombre de Dios no solo al usarlo, sino al
revelar a la Persona que había tras el nombre, su propósitos,
actividades y cualidades. Puesto que Jesús ‘había estado en
la posición del seno con el Padre’, nadie mejor que él para
explicar cómo es el Padre. (Juan 1:18.) Además, reflejaba a
su Padre con tanta perfección que los discípulos podían ‘ver’
al Padre en el Hijo. (Juan 14:9.) Por lo que dijo e hizo, Jesús
dio testimonio del nombre de Dios.
it-2 pág. 440 Mundo
Jesús no oró a favor del mundo como sociedad humana
alejada de Dios y, en realidad, en enemistad con Dios, sino
solo por aquellos que salieron de ese mundo y pusieron fe en
él. (Jn 17:8, 9.)
cl cap. 11 pág. 110 párr. 7 “Todos sus caminos son
justicia”
7 Primero, Dios es santo. Como vimos en el capítulo 3,
es infinitamente puro y recto, lo que le impide actuar de modo
injusto. Pensemos en lo que entraña lo anterior: la santidad
de nuestro Padre celestial es una poderosísima razón para
confiar en que nunca maltratará a sus hijos. Esta era la
certeza que tenía Jesús, quien en su última noche de vida en
la Tierra oró: “Padre santo, vigílalos [a los discípulos] por
causa de tu propio nombre” (Juan 17:11). En las Escrituras,
la fórmula “Padre santo” se aplica en exclusiva a Jehová, y
es lo propio, pues ningún padre humano puede comparársele
en santidad. Cristo tenía plena fe en que sus discípulos
estarían a salvo en manos del Padre, quien se distingue por
la más absoluta pureza y la más completa separación de
todo pecado (Mateo 23:9).
w05 1/5 pág. 16 párrs. 13-14 ¿Quiénes resucitarán?
13 Comparemos la situación de David con la de Jesús, el
David Mayor. Uno de sus doce apóstoles, Judas Iscariote, se
hizo traidor como Ahitofel. La traición de Judas revistió
mucha mayor gravedad que la de Ahitofel, pues obró contra
el Hijo unigénito de Dios. En una oración que pronunció al
final de su ministerio terrestre, Jesús dijo acerca de sus discípulos:
“Cuando estaba con ellos yo los vigilaba por causa de tu propio
nombre que me has dado; y los he guardado, y ninguno de ellos es
destruido sino el hijo de destrucción, para que la escritura se
cumpla” (Juan 17:12). Al llamar a Judas “el hijo de destrucción”,
Jesús dejó claro que no habría esperanza de resurrección para
Judas. No permanecería en la memoria de Dios, y no iría al Seol,
sino al Gehena. Pero ¿qué es el Gehena?
14 Jesús condenó a los líderes religiosos de su día porque
hacían a cada uno de sus prosélitos “merecedor del Gehena”
(Mateo 23:15). En aquella época, la gente conocía el valle de Hinón
(o Gehena), un lugar donde se arrojaban desperdicios y los
cadáveres de los criminales ejecutados que no merecían un entierro
digno. Anteriormente, Jesús mismo había hecho mención de aquel
lugar en su Sermón del Monte (Mateo 5:29, 30). El significado
simbólico del término Gehena no dejaba dudas a sus oyentes:
representaba la destrucción completa, sin esperanza alguna de
resurrección.
w12 1/3 pág. 5 “No son parte del mundo”
“El mundo los ha odiado, porque ellos no son
parte del mundo.” (JUAN 17:14)
¿A qué se refería Jesús? Él no era parte del mundo porque
no intervenía en las cuestiones sociales y políticas de su tiempo. “Si
mi reino fuera parte de este mundo —explicó—, mis servidores
habrían peleado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero,
como es el caso, mi reino no es de esta fuente.” (Juan 18:36.)
También enseñó a sus discípulos a rechazar actitudes y formas de
hablar y de comportarse censuradas en la Biblia (Mateo 20:25-27).
w04 15/8 págs. 17-18 Jehová, nuestra “plaza fuerte en el tiempo
de angustia”
“La salvación de los justos proviene de Jehová;
él es su plaza fuerte en el tiempo de angustia.”
(SALMO 37:39.)
JEHOVÁ es todopoderoso. Tiene el poder de proteger a sus
fieles siervos de la forma en que desee. Incluso podría separarlos
físicamente del resto del mundo y colocarlos en un ambiente seguro
y pacífico. Sin embargo, en oración a su Padre celestial, Jesús
pronunció estas palabras respecto a sus discípulos: “Te solicito,
no que los saques del mundo, sino que los vigiles a causa del
inicuo” (Juan 17:15).
2 Jehová ha optado por no ‘sacarnos del mundo’. Más bien, es
su voluntad que vivamos entre las personas de este mundo a fin de
proclamarles Su mensaje de esperanza y consuelo (Romanos
10:13-15). Sin embargo, por vivir en el mundo estamos expuestos a
los ataques del “inicuo”, como da a entender la oración de Jesús.
La humanidad desobediente y las fuerzas espirituales inicuas
causan mucho dolor y angustia, y los cristianos no son inmunes a tal
aflicción (1 Pedro 5:9).
3 Debido a estas pruebas, es natural pasar por momentos de
abatimiento (Proverbios 24:10). En la Biblia hallamos numerosos
relatos de siervos fieles que padecieron diversas penalidades. “Son
muchas las calamidades del justo, pero de todas ellas lo libra
Jehová.” (Salmo 34:19.) En efecto, hasta al “justo” le acaecen
desgracias. Al igual que el salmista David, a veces puede que
incluso nos sintamos ‘entumecidos y aplastados hasta grado
extremo’ (Salmo 38:8). Pero nos consuela saber que “Jehová está
3
cerca de los que están quebrantados de corazón; y salva a
los que están aplastados en espíritu” (Salmo 34:18; 94:19).
4 En armonía con la oración de Jesús, Jehová realmente
nos vigila. Él es nuestra “plaza fuerte en el tiempo de
angustia” (Salmo 37:39). El libro de Proverbios emplea
términos muy parecidos cuando dice: “El nombre de Jehová
es una torre fuerte. A ella corre el justo, y se le da protección”
(Proverbios 18:10). Este texto bíblico revela una verdad
fundamental sobre el tierno interés de Jehová por sus
criaturas. Dios ofrece su protección en particular a los justos
que lo buscan con presteza, como si corrieran a refugiarse en
una torre defensiva.
5 ¿Cómo podemos correr a refugiarnos en los brazos de
Jehová, nuestro Padre celestial, cuando atravesamos
problemas angustiosos? Veamos tres pasos esenciales para
recibir su ayuda. Primero, debemos acudir a él en oración.
Segundo, tenemos que trabajar en armonía con su espíritu
santo. Y tercero, hemos de buscar el alivio que proporciona
la compañía de otros cristianos, obedeciendo así lo que Dios
ha dispuesto.
w05 15/7 págs. 29-30 ¿Somos fieles en todas las cosas?
Mantengámonos separados del mundo
16 En una oración a Dios, Jesús dijo de sus discípulos:
“Yo les he dado tu palabra, pero el mundo los ha odiado,
porque ellos no son parte del mundo, así como yo no soy
parte del mundo. Te solicito, no que los saques del mundo,
sino que los vigiles a causa del inicuo. Ellos no son parte del
mundo, así como yo no soy parte del mundo” (Juan 17:14-
16). Puede que estemos firmemente resueltos a
mantenernos separados del mundo en grandes cuestiones,
como la neutralidad, las fiestas o costumbres religiosas y la
moralidad sexual. Pero ¿y las cosas más pequeñas? ¿Es
posible que, incluso sin darnos cuenta, hayan influido en
nosotros los caminos del mundo? Por ejemplo, si no tenemos
cuidado, fácilmente podríamos adoptar un estilo de vestir
impropio o poco digno. Ser fieles exige reflejar “modestia y
buen juicio” en el modo de arreglarnos (1 Timoteo 2:9, 10).
En efecto, “de ninguna manera estamos dando causa alguna
para tropiezo, para que no se encuentre falta en nuestro
ministerio; antes bien, de toda manera nos recomendamos
como ministros de Dios” (2 Corintios 6:3, 4).
17 Como deseamos honrar a Jehová, vamos dignamente
vestidos cuando asistimos a las reuniones de la
congregación y a las asambleas. Nuestra indumentaria ha de
ser apropiada y presentable, pues sirve de testimonio a
quienes nos observan. Hasta los ángeles se fijan en nuestros
actos, como hicieron con Pablo y sus compañeros cristianos
(1 Corintios 4:9). Debemos ir siempre bien arreglados. Para
algunos, la fidelidad en la elección de la ropa quizás parezca
un asunto de muy poco peso, pero Dios lo considera
importante.
w05 1/7 pág. 5 “Felices son los que tienen conciencia de
su necesidad espiritual”
“Tu palabra es la verdad”
El apóstol Pablo escribió: “Toda Escritura es inspirada
de Dios y provechosa para enseñar, para censurar, para
rectificar las cosas” (2 Timoteo 3:16). Su afirmación
concuerda con la que hizo Jesús en una oración a Dios: “Tu
palabra es la verdad”. En la actualidad, encontramos esa
palabra en la Santa Biblia, y hacemos bien en contrastar con ella
nuestras creencias y normas de conducta (Juan 17:17).
Al comparar lo que creemos con la Palabra de Dios imitamos a
los cristianos de la antigua Berea, quienes se aseguraron de que las
enseñanzas de Pablo armonizaran con las Escrituras. Lejos de
criticarlos, Lucas los encomió por su actitud, pues “recibieron la
palabra con suma prontitud de ánimo y examinaban con cuidado las
Escrituras diariamente en cuanto a si estas cosas eran así” (Hechos
17:11). En vista de las enseñanzas religiosas y morales tan
contradictorias que circulan hoy día, es importante que sigamos el
ejemplo de los bereanos de corazón noble.
Otra forma de identificar la verdad espiritual es ver cómo influye
en la vida de la gente (Mateo 7:17). Regirse por la verdad de la
Biblia debería hacernos mejores esposos y padres o esposas y
madres, lo que redunda en familias más felices y en mayor
satisfacción personal. “¡Felices son los que oyen la palabra de Dios
y la guardan!”, exclamó Jesús (Lucas 11:28).
it-2 pág. 943 Santificación
Cristo Jesús ha puesto el modelo para aquellos que son
santificados. (Jn 13:15.) Dijo en oración a Dios: “Me santifico a favor
de ellos, para que ellos también sean santificados mediante la
verdad”. (Jn 17:19.) Jesús se mantuvo sin culpa y conservó así su
condición de apartado para el propósito de santificar a sus
seguidores. De igual manera, ellos deben mantener su santificación
hasta el final de su carrera terrestre. Para ello han de permanecer
alejados de cosas deshonrosas y de las personas que las practican,
con el fin de que cada uno sea un “vaso para propósito honroso,
santificado, útil a su dueño, preparado para toda buena obra”. (2Ti
2:20, 21.) Tienen que darse cuenta de que se les ha comprado con
la propia sangre de Cristo y de que, por la voluntad de Dios, “[han]
sido santificados mediante el ofrecimiento del cuerpo de Jesucristo
una vez para siempre”. (Heb 10:10.) Se les ha aconsejado que
“sigan tras [...] la santificación sin la cual nadie verá al Señor”. (Heb
12:14.)
w96 15/7 págs. 11-12 La familia de Jehová disfruta de preciosa
unidad
Factores que promueven la unidad
8 La unidad de los adoradores de Jehová se funda en la
obediencia a la Palabra de Dios correctamente entendida, y en
especial a las enseñanzas de Jesucristo. Al enviar a su Hijo al
mundo a fin de que diera testimonio de la verdad y muriera en
sacrificio, Jehová abrió el camino para la formación de la
congregación cristiana unida. (Juan 3:16; 18:37.) Que entre sus
miembros debería reinar auténtica unidad quedó claro cuando Jesús
oró: “Hago petición, no respecto a estos solamente, sino también
respecto a los que pongan fe en mí mediante la palabra de ellos;
para que todos ellos sean uno, así como tú, Padre, estás en unión
conmigo y yo estoy en unión contigo, que ellos también estén en
unión con nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”.
(Juan 17:20, 21.) Los seguidores de Jesús alcanzaron una unidad
análoga a la que existe entre Dios y su Hijo, y ello debido a que
observaron la Palabra de Dios y las enseñanzas de Jesús. La
misma actitud constituye un factor importante ahora en la unidad de
la familia mundial de Jehová.
it-2 pág. 641 Perfección
Además, la unidad completa se consigue por medio del “vínculo
perfecto” del amor, lo que hace que los verdaderos cristianos sean
“perfeccionados en uno”. (Col 3:14; Jn 17:23.) Naturalmente, esta
perfección también es relativa y no significa que desaparecerán
4
todas las diferencias de personalidad, como aptitudes,
hábitos, conciencia y otros factores individuales afines. Sin
embargo, cuando se alcanza, su plenitud conduce a acción,
creencia y enseñanza unificadas. (Ro 15:5, 6; 1Co 1:10; Ef
4:3; Flp 1:27.)
w08 1/5 pág. 21 Cómo escoger una buena traducción de
la Biblia
¿Qué hay de las traducciones libres?
Los traductores de las comúnmente llamadas paráfrasis
de la Biblia se toman la libertad de alterar en alguna medida
lo que dicen los textos originales. ¿De qué manera? O bien
insertando expresiones que reflejan su opinión sobre el
posible significado del texto original, o bien omitiendo alguna
información. Las paráfrasis pueden resultar atractivas porque
son fáciles de leer. Sin embargo, a veces, su estilo libre
oscurece o cambia el significado del texto original.
Veamos, por ejemplo, la forma en que una traducción
libre vierte la famosa oración modelo de Jesús: “Padre
nuestro que estás en el cielo: Que todos reconozcan que tú
eres el verdadero Dios” (Mateo 6:9, Traducción en lenguaje
actual [TLA], también conocida como Biblia en Lenguaje
Sencillo). Pero una traducción más exacta sería esta: “Padre
nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”.
Observemos también de qué manera se vierte Juan 17:26 en
algunas Biblias. Según la traducción libre ya citada, Jesús
dirigió estas palabras a su Padre la noche que fue arrestado:
“Les he dicho quién eres” (TLA). Sin embargo, una traducción
más fiel es la siguiente: “Les he dado a conocer tu nombre”.
¿Se da usted cuenta de cómo algunos traductores en
realidad ocultan el hecho de que Dios tiene un nombre que
debemos usar y honrar?
Capítulo 18
cf cap. 4 págs. 35-36 “¡Mira! El León que es de la tribu de
Judá”*
UNA violenta muchedumbre sale en busca de Jesús.
Los hombres van armados con espadas y con palos, y los
acompaña una tropa de soldados. Alentados por un mismo
propósito malvado, cruzan las oscuras calles de Jerusalén y
se encaminan hacia el monte de los Olivos, en el valle de
Cedrón. Aunque es noche de luna llena, portan lámparas y
antorchas. ¿Para qué? ¿Para alumbrar el camino porque las
nubes ocultan la luz de la luna? ¿O será que piensan que su
presa está escondida entre las sombras? Una cosa es cierta:
quien crea que Jesús se va a asustar no lo conoce.
2 Aunque conoce el peligro que se avecina, Jesús no se
mueve de donde está. La muchedumbre se acerca, con
Judas a la cabeza. Este, que había sido uno de los amigos
de confianza del Maestro, lo traiciona descaradamente
identificándolo con un saludo hipócrita y un beso. Jesús
permanece tranquilo. Dando un paso al frente, pregunta:
“¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, responden ellos.
3 Cualquiera retrocedería aterrorizado ante semejante
multitud armada. Quizás eso es lo que ellos esperan que
haga el hombre que tienen delante. Pero Jesús no se
acobarda, no huye, no se escuda en una mentira.
Simplemente dice: “Soy yo”. Su porte revela tanta serenidad
y valentía que los hombres retroceden asombrados y caen al
suelo (Juan 18:1-6; Mateo 26:45-50; Marcos 14:41-46).
4 ¿Cómo podía Jesús enfrentarse a una situación tan peligrosa
sin perder ni un solo momento la compostura ni el dominio de sí
mismo? La respuesta se resume en una sola palabra: valor. Pocas
virtudes son tan admiradas o tan esenciales en un líder, y en esto
ningún hombre jamás ha igualado —y mucho menos sobrepasado—
a Jesús. En el capítulo anterior aprendimos sobre su humildad y
mansedumbre, cualidades por las que se le llamó apropiadamente
“el Cordero” (Juan 1:29). Sin embargo, su valor lo hace merecedor
de una designación muy distinta. La Biblia dice del Hijo de Dios:
“¡Mira! El León que es de la tribu de Judá” (Revelación 5:5).
5 Se suele asociar al león con la valentía. ¿Se ha encontrado
usted cara a cara con un león adulto alguna vez? En tal caso, lo
más probable es que haya estado separado de él por una valla
protectora en el zoológico. Con todo, la experiencia puede ser
sobrecogedora. Al mirar a la cara a este corpulento y fiero animal,
mientras él nos clava los ojos, difícilmente nos lo imaginemos
huyendo despavorido de algo. La Biblia dice que el león “es el más
poderoso entre las bestias, y que no se vuelve atrás de delante de
nadie” (Proverbios 30:30). Así de valeroso es Cristo.
w98 1/4 págs. 14-15 párrs. 18-19 Un libro para todo el mundo
18 La coherencia de los escritores de la Biblia también muestra
que sus trabajos son dignos de confianza. Es verdaderamente
notable que cuarenta hombres que escribieron en un lapso de unos
mil seiscientos años concuerden incluso en los más mínimos
detalles. Sin embargo, no se trata de una armonía tan premeditada
que infunda sospechas de confabulación. Al contrario, hay una falta
patente de intención en la concordancia de diversos detalles;
muchas veces se ve que la armonía es claramente una
coincidencia.
19 Para ilustrarlo, veamos un incidente que ocurrió la noche de
la detención de Jesús. Los escritores de los cuatro Evangelios
dejaron constancia de que uno de los discípulos sacó una espada y
atacó a un esclavo del sumo sacerdote, a quien cortó una oreja.
No obstante, únicamente Lucas nos dice que Jesús le “tocó la oreja
y lo sanó” (Lucas 22:51). Pues bien, ¿no es lo que esperaríamos de
un escritor al que se conocía como “el médico amado”? (Colosenses
4:14.) El relato de Juan dice que, de todos los discípulos presentes,
fue Pedro el que blandió la espada, lo que no sorprende en vista de
la tendencia de Pedro a ser precipitado e impetuoso (Juan 18:10;
compárese con Mateo 16:22, 23 y con Juan 21:7, 8). Juan aporta
otro detalle aparentemente innecesario: “El nombre del esclavo era
Malco”. ¿Por qué es Juan el único que da el nombre de esta
persona? La explicación reside en un dato de menor importancia
que se cita de pasada solo en el relato de Juan: este “era conocido
del sumo sacerdote”. También lo conocía la casa del sumo
sacerdote; los servidores lo conocían a él y él a los servidores (Juan
18:10, 15, 16). Es natural, por tanto, que Juan mencionara el
nombre de la persona herida, mientras que no lo hicieron los demás
escritores de los evangelios, para quienes dicha persona era por lo
visto un extraño. Es asombrosa la concordancia entre todos estos
detalles, pero obviamente fue involuntaria. Hay muchísimos
ejemplos parecidos en la Biblia.
w02 1/9 págs. 10-11 párrs. 10-11 “Jamás ha hablado otro
hombre así”
10 Tenemos el segundo ejemplo en el incidente que se produjo
en la noche de la Pascua del año 33 E.C., cuando una turba se
disponía a arrestar a Jesús. Los discípulos de este le preguntaron si
debían luchar para defenderlo (Lucas 22:49). Sin esperar la
respuesta, Pedro le cortó la oreja a un hombre con una espada
(aunque es posible que intentara causarle un daño más grave).
Aquel acto fue contrario a la voluntad de su amo, quien estaba
5
totalmente preparado para entregarse. ¿Cómo reaccionó
Jesús? Con su paciencia característica, le hizo tres
preguntas: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de
beber?”. “[¿]Crees que no puedo apelar a mi Padre para que
me suministre en este momento más de doce legiones de
ángeles? En tal caso, ¿cómo se cumplirían las Escrituras en
el sentido de que tiene que suceder de esta manera?” (Juan
18:11; Mateo 26:52-54.)
11 Reflexionemos por un instante en este relato. Jesús,
rodeado por una turba encolerizada, sabía que su muerte era
inminente y que sobre sus hombros pesaba la
responsabilidad de limpiar el nombre de su Padre y salvar a
la familia humana. Aun así, en ese mismo momento dedicó
tiempo a grabar verdades importantes en la mente de Pedro
haciéndole preguntas. ¿No es evidente que Jesús
comprendía el valor de las preguntas?
w12 1/4 pág. 9 ¿Lo sabía?
¿Quién era el tal Anás que se menciona en los
Evangelios?
▪ En la época en que se juzgó a Jesús se menciona a un
“sacerdote principal” llamado Anás, o Anán (Lucas 3:2; Juan
18:13, 19; Hechos 4:6). Él era el suegro de Caifás, el sumo
sacerdote de Israel de aquel entonces. El propio Anás había
ocupado ese puesto desde el año 6 ó 7 de nuestra era hasta
que el procurador romano Valerio Grato lo destituyó en el
año 15. Aun así, por haber sido sumo sacerdote, tenía
mucho poder en Israel. Además de su yerno, cinco de sus
hijos ocuparon el mismo puesto.
Mientras Israel fue una nación independiente, el
nombramiento de sumo sacerdote era de por vida (Números
35:25). Sin embargo, durante la ocupación romana, los
gobernadores y los reyes impuestos por Roma nombraban y
deponían al sumo sacerdote a su antojo. De acuerdo con el
historiador Flavio Josefo, fue Quirinio —gobernador romano
de Siria— quien destituyó al sumo sacerdote Joazar en el
año 6 ó 7 y nombró a Anás en su lugar. Parece que los
romanos al menos trataban de elegir al sumo sacerdote de
entre las familias sacerdotales.
La familia de Anás era conocida por sus inmensas
riquezas y por su codicia. Por lo visto, dentro del templo
tenían el monopolio de la venta de palomas, ovejas, aceite y
vino, además de otras cosas necesarias para los sacrificios.
Josefo escribió que Ananías, un hijo de Anás, tenía “unos
criados sumamente malvados, los cuales [...] se apoderaban
por la fuerza de los diezmos pertenecientes a los simples
sacerdotes, y a los propietarios que no se los entregaban
no dejaban de golpearlos”.
w91 1/4 pág. 31 Preguntas de los lectores
▪ Juan 18:15 menciona a un discípulo conocido del sumo
sacerdote. ¿Es este el mismo discípulo que antes huyó
“desnudo”, como se informa en Marcos 14:51, 52?
No; parece que la persona a quien el sumo sacerdote
conocía era el apóstol Juan, mientras que quien huyó
“desnudo” fue el discípulo Marcos.
Para examinar esos relatos en orden cronológico,
empecemos en el jardín de Getsemaní. Los apóstoles se
atemorizaron cuando Jesucristo fue arrestado. “Todos lo
abandonaron y huyeron.” El mismísimo versículo siguiente en
el relato de Marcos está en contraste: “Pero cierto joven que llevaba
puesta sobre su cuerpo desnudo una prenda de vestir de lino fino se
puso a seguirlo de cerca; y trataron de prenderlo, pero él dejó atrás
su prenda de lino y se escapó desnudo”. (Marcos 14:50-52.)
Así que se contrasta la reacción inicial de los 11 apóstoles con
la del discípulo cuyo nombre no se revela, de modo que es lógico
concluir que este no era uno de los apóstoles. Este suceso se
menciona solamente en el Evangelio escrito por uno de los primeros
discípulos de Jesús, el discípulo Juan Marcos, primo de Bernabé.
Por consiguiente, hay motivo para creer que Marcos fue el “cierto
joven” que empezó a seguir a Jesús cuando lo habían arrestado,
pero que huyó sin la prenda de vestir que lo cubría cuando la
chusma trató de aprehenderlo a él también. (Hechos 4:36;
12:12, 25; Colosenses 4:10.)
En algún momento durante aquella noche el apóstol Pedro
también siguió a Jesús, desde una distancia prudente. En este
sentido hay una similitud; el joven discípulo (Marcos) empezó a
seguir a Jesús, pero dejó de hacerlo, mientras que posteriormente
dos de los apóstoles que habían huido empezaron a seguir a su
Amo arrestado. En el Evangelio del apóstol Juan leemos: “Ahora
bien, Simón Pedro —y lo mismo otro discípulo— iba siguiendo a
Jesús. Aquel discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró
junto con Jesús en el patio del sumo sacerdote”. (Juan 18:15.)
El apóstol Juan usa el nombre “Juan” respecto a Juan el
Bautizante, pero nunca se refiere a sí mismo por nombre. Por
ejemplo, escribe sobre “el discípulo que da testimonio acerca de
estas cosas y que escribió estas cosas”. De igual manera: “El que lo
ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero, y ese
hombre sabe que dice cosas verdaderas”. (Juan 19:35; 21:24.) Note
también Juan 13:23: “Ante el seno de Jesús estaba reclinado uno de
sus discípulos, y Jesús lo amaba”. Eso fue poco antes del arresto de
Jesús. Más tarde aquel día, Jesús, fijado en un madero, distinguió a
un discípulo, a quien Juan menciona en términos parecidos: “Al ver
a su madre y al discípulo a quien él amaba, de pie allí cerca, [Jesús]
dijo a su madre: ‘Mujer, ¡ahí está tu hijo!’”. (Juan 19:26, 27;
compárese con Juan 21:7, 20.)
La misma característica de no mencionarse por nombre es
patente en Juan 18:15. Además, Juan y Pedro están juntos en el
relato de Juan 20:2-8, después de la resurrección de Jesús. Estos
indicios dan a entender que el apóstol Juan fue “aquel discípulo
[que] era conocido del sumo sacerdote”. La Biblia no suministra
información sobre cómo pudiera el apóstol galileo (Juan) haber
llegado a conocer al sumo sacerdote, y haber llegado a ser
conocido de él. Pero el hecho de que fuera conocido de la casa del
sumo sacerdote le permitió a Juan pasar por donde estaba la
portera y entrar en el patio y lograr que Pedro entrara también.
it-2 pág. 624 Pedro
Una vez que Pedro llegó a la casa del sumo sacerdote, otro
discípulo que debía haberle seguido o acompañado le ayudó para
que pudiese entrar hasta el mismo patio. (Jn 18:15, 16.) Una vez
allí, no permaneció discretamente callado en algún rincón oscuro,
sino que fue y se calentó en el fuego. El resplandor hizo posible que
se le reconociese como compañero de Jesús, y su acento galileo
dio pábulo a las sospechas. Al ser acusado, Pedro negó por tres
veces que conociese a Jesús, y, finalmente, llevado por la
vehemencia de su negación, llegó a echar maldiciones. Desde
alguna parte de la ciudad se oyó a un gallo cantar por segunda vez,
y Jesús “se volvió y miró a Pedro”. Este, abatido, salió fuera y lloró
amargamente. (Mt 26:69-75; Mr 14:66-72; Lu 22:54-62; Jn
18:17, 18; véanse CANTO DEL GALLO; JURAMENTO.) Sin
embargo, la súplica que Jesús había hecho a favor de Pedro con
6
anterioridad recibió respuesta, y su fe no desfalleció por
completo. (Lu 22:31, 32.)
g88 8/11 pág. 19 ¿Es el conocimiento de Dios solo para
una minoría selecta?
Durante los tres años y medio de su ministerio, Jesús
abarcó una gran parte del territorio de Israel. ¿Lo hizo de
manera clandestina? ¿Visitó únicamente a un grupo
restringido de iniciados? No. Predicó su mensaje
públicamente, con frecuencia, ante multitudes. Poco antes de
su muerte, cuando las autoridades religiosas judías le
interrogaron acerca de su manera de enseñar, explicó: “Yo
he hablado públicamente al mundo. Siempre enseñé en una
sinagoga y en el templo, donde concurren todos los judíos; y
no hablé nada en secreto”. (Juan 18:20.)
¿Se fijó usted en que el mensaje de Jesús se dirige a un
público muchísimo más extenso que simplemente el de
Palestina? ¡Se dirige al mundo entero! Jesús no dijo: ‘He
hablado la palabra a todo el pueblo’, es decir, a todos los
judíos. En vez de eso, con un sentido profético escogió la
palabra específica para “mundo”. Por lo tanto, la doctrina que
Jesús predicó no era de ninguna manera esotérica; era para
todos, en todas partes.
Es cierto que Jesús empleaba lenguaje figurado, en
especial cuando enseñaba por medio de parábolas o
ilustraciones. Pero este método simplemente le permitía
seleccionar a sus oyentes. Los que no estaban
verdaderamente interesados en la enseñanza de Jesús
sencillamente escuchaban sus parábolas y se iban sin tratar
de profundizar en el asunto. Los que tenían verdadera sed de
conocimiento se quedaban para escuchar explicaciones
adicionales. De modo que el conocimiento estaba al alcance
de todos los que lo buscaban con sinceridad. (Mateo 13:13,
34-36.)
w11 1/4 págs. 19-22 El juicio más infame de la historia
Un atropello tras otro
La Ley que Moisés dio al pueblo de Israel ha llegado a
conocerse como “el mayor y más avanzado sistema de
jurisprudencia nunca antes promulgado”. Sin embargo, para
el tiempo de Jesús los rabinos legalistas le habían añadido
un sinnúmero de reglas orales, muchas de las cuales se
pusieron por escrito más tarde en el Talmud (véase el
recuadro “Las leyes judías en los primeros siglos”, en la
página 20). ¿Hasta qué grado tuvo el juicio de Jesús
fundamentos bíblicos y extrabíblicos?
Concentrémonos primero en su arresto. Para que este
fuera legal, tenían que presentarse dos testigos ante el
tribunal acusándolo de un delito específico. En la Palestina
del primer siglo, quien creyera que se había violado una ley
tenía que formular los cargos ante un tribunal en sus
sesiones regulares. Los tribunales no actuaban de fiscales,
sino que se limitaban a investigar las acusaciones. Los
únicos fiscales eran los testigos del supuesto delito.
El proceso se abría solo cuando concordaban las
declaraciones de un mínimo de dos testigos, cuyo testimonio
constituía el cargo y conducía al arresto (Deuteronomio
19:15). Ahora bien, en el caso de Jesús, las autoridades
judías sencillamente “busca[ron] de qué manera les sería
eficaz deshacerse de él”. Así pues, pensaron que “una buena
oportunidad” para arrestarlo “sin que estuviera presente una
muchedumbre” sería de noche (Lucas 22:2, 5, 6, 53).
Cuando arrestaron a Jesús, nadie había imputado cargos en su
contra. No fue sino hasta que lo detuvieron que los sacerdotes y el
Sanedrín —el tribunal supremo judío— se pusieron a buscar
testigos, pero ni siquiera hallaron dos que concordaran en su
testimonio (Mateo 26:59). Fuera como fuera, no le correspondía al
tribunal buscar testigos. El jurista y escritor A. Taylor Innes comentó:
“Celebrar un juicio capital sin especificar con antelación el delito que
se le imputa al acusado es una verdadera atrocidad”.
La turba que arrestó a Jesús lo llevó a la casa de Anás, quien
había sido sumo sacerdote. Anás comenzó a interrogarlo (Lucas
22:54; Juan 18:12, 13). Lo que hizo violaba la ley, pues las
acusaciones de un delito castigado con la pena de muerte
no debían atenderse de noche, sino de día. Además, cualquier
investigación tenía que hacerse en audiencia pública, no a puertas
cerradas. Consciente de que tal interrogatorio era ilegal, Jesús
respondió a Anás: “¿Por qué me interrogas? Interroga a los que han
oído lo que les hablé. ¡Mira! Estos saben lo que dije” (Juan 18:21).
Y es que eran los testigos —no el acusado— quienes se suponía
que declararan. Con las palabras de Jesús, un juez honrado habría
entendido que debía seguir el procedimiento correcto, pero esa
no era la intención de Anás.
La respuesta de Jesús solo logró que uno de los oficiales le
diera una bofetada, una de tantas agresiones que tuvo que soportar
aquella noche (Lucas 22:63; Juan 18:22). La ley sobre las ciudades
de refugio —registrada en el capítulo 35 del libro bíblico de
Números— señala que el acusado tenía derecho a ser protegido
mientras no se le declarara culpable. Jesús merecía tal protección.
Luego, sus captores lo condujeron a la casa del sumo
sacerdote Caifás, donde el juicio ilegal continuó durante la noche
(Lucas 22:54; Juan 18:24). Allí, por encima de los principios de
justicia, los sacerdotes “busca[ron] testimonio falso contra Jesús a
fin de darle muerte”, aunque ninguno de los testigos concordó en
cuanto a lo que Jesús había dicho (Mateo 26:59; Marcos 14:56-59).
De modo que Caifás lo instigó a hacer algo que lo inculpara
preguntándole: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos
testifican contra ti?” (Marcos 14:60). ¡Qué táctica tan sucia! Taylor
Innes, antes citado, afirmó: “Plantearle preguntas al acusado y
condenarlo en función de su respuesta constituyó [una] violación de
la justicia formal”.
Finalmente, el sumo sacerdote le preguntó: “¿Eres tú el Cristo
el Hijo del Bendito?”. A lo que Jesús contestó: “Lo soy; y ustedes
verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y viniendo
con las nubes del cielo”. Los sacerdotes interpretaron esta
respuesta como una blasfemia, y “todos ellos lo condenaron,
declarándolo expuesto a muerte” (Marcos 14:61-64).
De acuerdo con la Ley mosaica, los juicios se debían realizar
en público (Deuteronomio 16:18; Rut 4:1). Pero el de Jesús se
celebró en secreto. A nadie se le permitió siquiera intentar decir algo
a su favor. Tampoco se comprobó si era el Mesías, como afirmaba
ser, ni se le dio la oportunidad de presentar testigos en su defensa.
Además, el jurado nunca emitió un veredicto oficial.
Ante Pilato
Como se dijo antes, parece que los judíos no tenían autoridad
para ejecutar a Jesús. Por tanto, lo llevaron ante el gobernador
romano Poncio Pilato, quien les preguntó: “¿Qué acusación traen
contra este hombre?”. Sabiendo que la blasfemia no era un delito en
Roma, trataron de que lo condenara sin presentar pruebas. “Si este
hombre no fuera delincuente, no te lo habríamos entregado”,
replicaron (Juan 18:29, 30). Pilato rechazó tal argumento, lo cual los
obligó a fabricar el siguiente cargo: “A este hombre lo hallamos
subvirtiendo a nuestra nación, y prohibiendo pagar impuestos a
7
César, y diciendo que él mismo es Cristo, un rey” (Lucas
23:2). De modo que cambiaron astutamente la falsa
acusación de blasfemia por la de traición.
Jesús jamás prohibió pagar impuestos, y los judíos lo
sabían. De hecho, él había enseñado lo contrario (Mateo
22:15-22). Ahora bien, ¿cómo reaccionó Pilato ante la
acusación de que Jesús se había hecho rey a sí mismo? Era
tan obvio que el acusado no suponía ninguna amenaza para
Roma, que declaró: “Yo no hallo en él ninguna falta” (Juan
18:38). Pilato sostuvo esa misma postura durante todo el
juicio.
Este gobernante romano trató de liberar a Jesús
valiéndose de la costumbre de soltar a un preso con motivo
de la Pascua. No obstante, terminó liberando a Barrabás,
quien era culpable de sedición y asesinato (Lucas 23:18, 19;
Juan 18:39, 40).
En un nuevo intento de liberar a Jesús, Pilato ofreció
una solución intermedia: mandó que lo sometieran a la
flagelación romana y dejó que lo ataviaran de púrpura, le
pusieran una corona de espinas, lo golpearan y se mofaran
de él. Entonces volvió a declararlo inocente. Fue como si les
hubiera dicho a los sacerdotes: “Ya estarán satisfechos,
¿verdad?”. Quizás pensó que si veían a Jesús flagelado se
compadecerían un poco o saciarían su sed de venganza
(Lucas 23:22). Sin embargo, no fue así.
“Pilato siguió buscando cómo ponerlo en libertad. Pero
los judíos gritaron, diciendo: ‘Si pones en libertad a este,
no eres amigo de César. Todo el que se hace rey habla
contra César’.” (Juan 19:12.) Tiberio, el emperador romano
de aquel tiempo, tenía la fama de asesinar a todo el que
considerara infiel, aun si se trataba de un oficial de alto
rango. Como Pilato ya había provocado la ira de los judíos,
no podía arriesgarse a empeorar las cosas, y mucho menos
a que lo acusaran de traidor. Los gritos de la muchedumbre
suponían una amenaza indirecta para Pilato, un chantaje que
le infundió miedo. De modo que cedió a la presión e hizo que
Jesús, un hombre inocente, fuera fijado en un madero (Juan
19:16).
w11 1/4 pág. 10 ¿Lo sabía? ¿De qué delitos era culpable
Barrabás?
▪ Según los Evangelios, el hombre a quien el gobernador
romano Poncio Pilato puso en libertad en lugar de a Jesús
era un “salteador” y un “preso famoso” (Mateo 27:16; Juan
18:40). En ese momento se encontraba en Jerusalén, bajo
custodia romana, junto con “los sediciosos, que en su
sedición habían cometido asesinato” (Marcos 15:7).
Aunque no existen pruebas extrabíblicas de los delitos
de Barrabás, su inclusión entre los sediciosos permite a
algunos eruditos relacionarlo con grupos subversivos de
Israel. El historiador Flavio Josefo, por ejemplo, dejó
constancia de que las bandas de forajidos estaban entre los
principales males de la época. Estos bandidos alegaban
luchar contra supuestas injusticias que sufrían los oprimidos
campesinos judíos. A mediados del siglo primero, la rebelión
contra los romanos y la nobleza judía alcanzó enormes
proporciones. Más tarde, las bandas ya mencionadas
conformaron gran parte de las fuerzas judías que expulsaron
de Judea a los romanos en el año 66.
“Barrabás debió de pertenecer a una banda de
salteadores rurales. Estos bandidos eran bien vistos por la
gente porque asaltaban a los israelitas acaudalados y provocaban
grandes trastornos al gobierno romano”, señala The Anchor Bible
Dictionary
Capítulo 19
cf cap. 7 págs. 68-69 “Consideren con sumo cuidado [...] al que
ha aguantado”
Lo que Jesús aguantó
7 Al aproximarse el fin de su vida en la Tierra, Jesús aguantó
una crueldad tras otra. Aparte de la gran tensión mental que
experimentó la última noche, piense en las desilusiones que debió
de sufrir y en las humillaciones que soportó. Traicionado por uno de
los suyos y abandonado por sus amigos más allegados, fue
sometido a un juicio ilegal por el tribunal religioso más importante
del país, cuyos miembros se burlaron de él, le escupieron y le dieron
puñetazos. Sin embargo, aguantó todo con imperturbable dignidad y
fortaleza (Mateo 26:46-49, 56, 59-68).
8 En sus últimas horas de vida, Jesús experimentó gran dolor
físico. Fue flagelado de una manera tan brutal que —según se
dice— los azotes le causaron “profundos cortes en forma de tiras y
una considerable pérdida de sangre”. Luego fue clavado en un
poste, ejecutado de un modo que producía “una muerte lenta con el
máximo dolor y sufrimiento”. Piense en el terrible martirio que debió
de haber sufrido cuando le hincaron largos clavos en las manos y
los pies (Juan 19:1, 16-18). Imagínese el indescriptible dolor que
soportó cuando alzaron el madero y todo el peso de su cuerpo
quedó suspendido de los clavos, con su espalda desgarrada
rozando la áspera superficie del poste. Y Jesús soportó este
despiadado tormento a la vez que llevaba sobre sí una pesada
carga emocional, como se mencionó al comienzo del capítulo.
9 Como seguidores de Cristo, ¿qué cosas pudiera tocarnos
aguantar? Jesús dijo: “Si alguien quiere venir en pos de mí, [...]
tome su madero de tormento y sígame de continuo” (Mateo 16:24).
La expresión “madero de tormento” simboliza aquí el sufrimiento, la
vergüenza y hasta la misma muerte. Seguir a Cristo no es fácil. Las
normas cristianas nos hacen diferentes, y el mundo nos odia porque
no somos parte de él (Juan 15:18-20; 1 Pedro 4:4). Aun así,
estamos dispuestos a tomar nuestro madero de tormento, sí,
estamos listos para sufrir —y hasta morir— antes que dejar de
seguir a nuestro Modelo (2 Timoteo 3:12).
g 11/07 pág. 7 3. Coherencia interna
Diferencias lógicas. Es verdad que en algunos relatos existen
ciertas diferencias, pero ¿no es lo que se esperaría? Imaginemos
que un grupo de personas presenciara un asesinato. Si cada una
mencionara los mismos detalles con las mismas palabras, ¿no
sospecharíamos que hubo complicidad? Lo normal sería que su
testimonio variara algo, en función de su perspectiva personal. Así
fue en el caso de los redactores de la Biblia.
Tomemos por ejemplo el manto que llevaba Jesús el día de su
muerte. ¿Era de color púrpura, como indican Marcos y Juan, o
escarlata, como dice Mateo? (Mateo 27:28; Marcos 15:17; Juan
19:2.) En realidad, ambas descripciones son correctas. El púrpura
es un rojo intenso que tiende al violeta, así que, dependiendo del
ángulo de visión del observador, el reflejo de la luz y el fondo
podrían haber matado su intensidad y haberle dado diferentes
tonalidades al manto.
8
La coherencia entre los escritores de la Biblia, incluida
su concordancia no intencionada en los detalles, imprime un
sello de autenticidad a sus relatos.
w91 1/1 pág. 9 “¡Miren! ¡El hombre!”
Por eso, según lo que exigen —y con más deseo de
complacer a la muchedumbre que de hacer lo que sabe que
es correcto— Pilato pone en libertad a Barrabás. Toma a
Jesús y hace que le quiten la ropa y lo azoten. No se trata de
una flagelación ordinaria. Una revista de la Asociación
Médica Estadounidense describe así la práctica romana de
azotar:
“Por lo general el instrumento que se usaba era un látigo
corto (flagelo) con varias tiras de cuero sueltas o trenzadas,
de largo diferente, que tenían atadas a intervalos bolitas de
hierro o pedazos afilados de hueso de oveja. [...] Cuando los
soldados romanos azotaban vigorosamente vez tras vez la
espalda de la víctima, las bolas de hierro causaban
contusiones profundas, y las tiras de cuero con huesos de
oveja cortaban la piel y los tejidos subcutáneos. Entonces, a
medida que se seguía azotando a la víctima, las heridas
llegaban hasta los músculos esqueléticos subyacentes y
producían tiras temblorosas de carne que sangraba”.
Después de esta tortura llevan a Jesús al palacio del
gobernador; y todo el grupo de los soldados se congrega. Allí
los soldados siguen insultándolo mediante entretejer una
corona de espinas y ajustársela con fuerza en la cabeza. Le
ponen una caña en la mano derecha y lo visten con una
prenda de vestir de púrpura, como de realeza. Entonces se
burlan de él y dicen: “¡Buenos días, rey de los judíos!”.
Además, escupen contra él y le dan bofetadas. Le quitan la
gruesa caña que le han puesto en la mano y la usan para
pegarle en la cabeza, lo cual hunde más aún en su cuero
cabelludo los espinos afilados de su humillante “corona”.
La extraordinaria dignidad y fortaleza de Jesús ante
aquel maltrato impresiona tanto a Pilato que una vez más
trata de ponerlo en libertad. Dice a las muchedumbres:
“¡Vean! Se lo traigo fuera para que sepan que no hallo en él
ninguna falta”. Puede que él piense que se les ablandará el
corazón al ver la condición de Jesús después de la tortura.
Mientras Jesús está de pie ante la chusma despiadada,
coronado de espinos, teniendo sobre sí la prenda de vestir
exterior de púrpura y con el rostro adolorido ensangrentado,
Pilato proclama: “¡Miren! ¡El hombre!”.
Aunque herido y golpeado, aquí está de pie el personaje
más sobresaliente de toda la historia, ¡ciertamente el hombre
más grande de todos los tiempos! Sí, Jesús muestra una
dignidad y serenidad que revela una grandeza que hasta
Pilato se ve obligado a reconocer, pues parece que sus
palabras reflejan una mezcla de respeto y lástima. (Juan
18:39–19:5; Mateo 27:15-17, 20-30; Marcos 15:6-19; Lucas
23:18-25.)
w88 1/7 pág. 31 Preguntas de los lectores ▪ ¿Tenían los
judíos autoridad legal para ejecutar a Jesús, como
sugieren las palabras de Pilato en Juan 19:6?
No podemos saber con seguridad si en aquel tiempo los
romanos otorgaban a los judíos autoridad para llevar a cabo
ejecuciones.
Después que los líderes judíos instigaron el arresto de
Jesús, celebraron una especie de juicio. Durante aquel
proceso “buscaban testimonio falso contra Jesús a fin de darle
muerte”. Finalmente pronunciaron a Jesús culpable de blasfemia y
dijeron que, por eso, estaba “expuesto [...] a muerte”. (Mateo 26:59,
60, 65, 66.) Pero después que “tuvieron consulta contra Jesús para
darle muerte”, lo llevaron al gobernador romano, Pilato. (Mateo
27:1, 2.)
Estas circunstancias han llevado a muchos a concluir que en
aquel tiempo los judíos no tenían permiso de los romanos para
ejecutar a Jesucristo por aquella acusación religiosa. Este punto de
vista aparentemente está confirmado por la respuesta de los judíos
cuando Pilato les dijo que juzgaran al acusado según la ley judía.
Ellos respondieron: “A nosotros no nos es lícito matar a nadie”.
(Juan 18:31.) De hecho, una tradición que se relata en el Talmud de
Jerusalén dice que unos 40 años antes de que Jerusalén fuera
destruida en 70 E.C. los judíos perdieron la autoridad de ejecutar a
los malhechores.
Entonces, ¡cuán extrañas parecen las palabras de Pilato en
Juan 19:6! En respuesta a los clamores de los líderes religiosos
pidiendo que Jesús fuera fijado en un madero, Pilato les dijo:
“Tómenlo ustedes mismos y fíjenlo en el madero, porque yo no hallo
en él falta alguna”. Esta declaración parece estar en conflicto con lo
que los judíos habían dicho en Juan 18:31.
El historiador judío Flavio Josefo presenta un relato de testigo
ocular que quizás arroje luz sobre este conflicto. Él informa que
durante el ataque romano a Jerusalén en 70 E.C. los rebeldes se
retiraron al recinto del templo. Algunos de aquellos luchadores
ensangrentados se hallaban en terreno donde antes no habrían
podido entrar, por lo sagrado de aquel lugar. El general Tito, con
repugnancia por esta profanación de lo que hasta los romanos
tendían a ver como terreno sagrado, clamó:
“Decid, hombres perversos y llenos de maldad, ¿no habéis
vosotros cercado el santo lugar con rejas? ¿No habéis hecho tablas
escritas en letras griegas y romanas, con las cuales vedáis y
prohibís que ninguno ose pasar de lo que está cercado? ¿No os
concedimos que mataseis a quien lo contrario hiciese, aunque fuese
romano? Pues, ¿para qué, ¡oh gente muy dañada!, habéis puesto
debajo de vuestros pies los muertos en este mismo lugar?”—Guerra
de los judíos, traducido por Juan Martín Cordero, tomo II, pág. 167;
cursivas nuestras.
Por eso, aunque los romanos no dejaran que los judíos
emplearan la pena capital por ofensas civiles, parece que sí
otorgaban autoridad para ejecutar a alguien por ciertas ofensas
religiosas graves. Los judíos que entregaron a Jesús en manos de
Pilato quizás pensaron que era deseable dejar que los romanos
efectuaran la ejecución, posiblemente para hacer más repugnante
su muerte, y para que cualquier clamor público fuera contra los
extranjeros. (Gálatas 3:13; Deuteronomio 21:23.) Sin embargo,
Pilato quizás quiso evitar aquel problema, y les dijo: “Tómenlo
ustedes mismos y fíjenlo en el madero”. También, quizás indicaba
que, desde su punto de vista, si la cuestión era un asunto religioso
de suficiente gravedad, los líderes judíos debían llevar
responsabilidad por ejecutar a Jesús.
w08 1/6 pág. 27 ¿Lo sabía?
¿Por qué sintió miedo Poncio Pilato cuando oyó la acusación
de que Jesús se había declarado “hijo de Dios”? (Juan 19:7.)
Hay que tener en cuenta que, después de su muerte, Julio
César había sido elevado al rango de dios por el Senado romano.
A partir de entonces, su hijo adoptivo y sucesor, Octavio, fue
declarado divi filius, es decir, “hijo de Dios” o “hijo de un ser divino”.
9
Tal designación latina se convirtió en un título solemne de los
emperadores, lo cual se puede comprobar en numerosas
inscripciones grabadas en altares, estatuas, monedas y
templos romanos. Así que cuando los judíos dijeron que
Jesús se había declarado “hijo de Dios”, prácticamente lo
estaban acusando de adoptar un título oficial, y hacer eso
equivalía a traición.
Para cuando Jesús fue procesado, Tiberio ya había
heredado el título divi filius. Este temido emperador tenía la
reputación de asesinar a cualquiera que considerara su
enemigo. No es de extrañar que Pilato sintiera “mayor temor”
cuando los judíos le insinuaron que sería desleal a César si
no condenaba a Jesús. Finalmente, este gobernador romano
cedió a la presión y ordenó la ejecución de Jesús (Juan 19:8,
12-16).
w11 1/4 pág. 4 Jesús: su origen
Jesús: su origen
“[Pilato] entró otra vez en el palacio del
gobernador y dijo a Jesús: ‘¿De dónde
eres tú?’. Pero Jesús no le dio respuesta.”
(JUAN 19:9)
EL GOBERNADOR romano Poncio Pilato le hizo esta
pregunta a Jesús durante el juicio que lo condenaría a la
pena de muerte. Ahora bien, él ya conocía de qué zona de
Israel era el acusado (Lucas 23:6, 7). Además, había notado
que aquel no era un hombre común y corriente. Entonces,
¿acaso quería saber si Jesús había tenido una vida anterior?
¿Será que este gobernador pagano tenía la intención de
aceptar la verdad sobre el origen de Jesús y actuar en
consecuencia? No lo sabemos. El hecho es que Jesús se
negó a contestar, y al final quedó claro que a Pilato no le
preocupaban la verdad y la justicia, sino su carrera política
(Mateo 27:11-26).
w08 15/4 pág. 32 Puntos sobresalientes del libro de Juan
19:11. Al hablarle a Pilato del hombre que lo había
entregado, ¿se refería Jesús a Judas Iscariote? En lugar
de pensar en Judas o en alguna otra persona específica,
parece que Jesús estaba incluyendo a todos los que
compartían la culpa de su asesinato. Entre ellos estaban
Judas, “los sacerdotes principales y todo el Sanedrín” y hasta
“las muchedumbres” que se dejaron convencer y pidieron a
Barrabás (Mat. 26:59-65; 27:1, 2, 20-22).
w09 1/1 pág. 19 ¿Lo sabía?
¿Tenía razones Poncio Pilato para temer al emperador?
Los líderes judíos querían que el gobernador romano
Poncio Pilato ordenara la ejecución de Jesús. Para
presionarlo, le dijeron: “Si pones en libertad a este, no eres
amigo de César” (Juan 19:12). ¿Quién era ese “César”?
El emperador romano Tiberio. Pero ¿había alguna razón por
la que Poncio Pilato debiera temerle?
Investiguemos qué clase de persona era Tiberio César.
Para cuando tuvo lugar el juicio de Jesús, hacía años que
Tiberio se había convertido en “un hombre que parecía
interesarse únicamente en sus propios deseos y en buscar
formas cada vez más depravadas de satisfacerlos”, según
explica The New Encyclopædia Britannica. Además, su
enfermiza suspicacia lo llevó a torturar y asesinar a personas
simplemente porque sospechaba que lo estaban traicionando.
La misma obra apunta: “Si lo que cuentan los historiadores de la
época es exacto, Tiberio disfrutaba con los entretenimientos más
crueles y obscenos. En el mejor de los casos, era un feroz asesino
que mataba casi a capricho”.
No sería de extrañar, pues, que la reputación de este
emperador hubiera influido en Pilato cuando cedió a la presión de
los judíos y ordenó la ejecución de Jesús (Juan 19:13-16).
w11 15/11 pág. 21 Preguntas de los lectores ¿Es posible
determinar con exactitud la hora en que Jesucristo fue fijado en
el madero?
Esta pregunta surge debido a una aparente contradicción entre
los relatos inspirados de Marcos y Juan sobre la muerte de Jesús.
Marcos señala: “Era ya la hora tercera, y lo fijaron en el madero”
(Mar. 15:25). Sin embargo, Juan dice que “era como la hora sexta”
cuando Pilato entregó a Jesús a los judíos para que lo fijaran en el
madero (Juan 19:14-16). Aunque los comentaristas bíblicos han
tratado de resolver esta supuesta contradicción con diversas
explicaciones, la realidad es que la Biblia no brinda suficiente
información al respecto. Con todo, hay un factor que podría
ayudarnos a entender la diferencia: la manera de medir el tiempo en
los días de Jesús.
En el siglo primero, los judíos dividían en doce horas el período
del día en el cual hay luz, que comienza con la salida del Sol (Juan
11:9). Por lo tanto, “la hora tercera” iba de las ocho a las nueve de la
mañana, y “la hora sexta” terminaba a eso del mediodía. Claro está,
la salida y la puesta del Sol varían dependiendo de la época del
año, y lo mismo pasa con el período de luz diurna. Además, como
en tiempos bíblicos la hora se determinaba observando la posición
del Sol, no se trataba de un cálculo preciso. Así que, cuando las
Escrituras Griegas Cristianas mencionan la hora tercera, sexta o
nona (es decir, novena), por lo general se refieren a una hora
aproximada (Mat. 20:3, 5; Hech. 10:3, 9, 30). Los escritores solo
hacían alusión a horas más exactas, como “la hora
séptima”, cuando era indispensable precisar el momento en que
algo ocurrió (Juan 4:52).
Al relatar lo que pasó el día en que murió Jesús, los
evangelistas coinciden al indicar las horas en que ocurrieron otros
sucesos. Por ejemplo, los cuatro señalan que ya había amanecido
cuando los sacerdotes y los ancianos se reunieron y entregaron a
Jesús al gobernador romano Poncio Pilato (Mat. 27:1; Mar. 15:1;
Luc. 22:66; Juan 18:28). Además, Mateo, Marcos y Lucas dicen que
fue en la hora sexta, mientras Jesús estaba en el madero, cuando
una oscuridad se apoderó del país “hasta la hora nona” (Mat.
27:45, 46; Mar. 15:33, 34; Luc. 23:44).
Algo que hay que tomar en cuenta al hablar de la hora en que
Jesús fue ejecutado es que la flagelación se consideraba parte de la
ejecución. De hecho, en ocasiones los latigazos eran tan brutales
que mataban a la víctima. En el caso de Jesús debieron ser
bastante severos, pues cuando tuvo que cargar el madero, no pudo
hacerlo, y hubo que dárselo a otro hombre (Luc. 23:26; Juan 19:17).
Es obvio que entre los azotes y el momento en que Jesús fue
clavado en el madero tuvo que pasar algún tiempo. Por eso es
comprensible que los evangelistas hayan registrado horas distintas.
Todo depende de la etapa del proceso que cada cual considerara
como el inicio de la ejecución.
El apóstol Juan escribió su relato décadas después de que los
demás evangelistas lo hicieran, por lo que tuvo acceso a los escritos
de ellos. Es cierto que la hora que él señaló no coincide con la que
Marcos indicó, pero esto demuestra que Juan no se limitó a copiar a
10
Marcos. Ambos Evangelios fueron inspirados por Dios.
Y aunque la Biblia no ofrece más detalles que nos permitan
conciliar la diferencia, podemos confiar plenamente en ella.
it-1 pág. 466 César
En ninguna parte del Imperio romano podía gobernar un
rey sin el consentimiento del César. Al parecer este fue el
motivo por el que Pilato concentró el interrogatorio de Jesús
en la cuestión de la realeza de este. (Mt 27:11; Mr 15:2; Lu
23:3; Jn 18:33-37.) Él mismo trató de libertar a Jesús
declarándolo inocente, pero los líderes religiosos gritaron: “Si
pones en libertad a este, no eres amigo de César. Todo el
que se hace rey habla contra César”. (Jn 19:12.) La
expresión “amigo de César” era un título honorífico que a
menudo recibían los gobernadores de las provincias;
no obstante, es probable que en esta ocasión los líderes
religiosos lo hayan usado en un sentido general, dando a
entender que a Pilato mismo se le podía acusar de tolerar
alta traición. El temor a un emperador receloso fue un factor
importante para que Pilato dictase sentencia de muerte
contra un hombre inocente. Mientras tanto, los sacerdotes
proclamaron en voz alta su lealtad al trono imperial, diciendo:
“No tenemos más rey que César”, y de ese modo rechazaron
cualquier gobierno teocrático. (Jn 19:13-16; compárese con
Isa 9:6, 7; 33:22.) Además, intentaron en vano cuestionar el
título de “rey de los judíos” que Pilato había colocado en el
madero de Jesús. (Jn 19:19-22.) Los romanos tenían la
costumbre de clavar una inscripción que identificaba el
crimen por el que se condenaba al criminal.
w09 1/7 pág. 22 ¿Lo sabía?
¿Por qué les interesaba tanto a los soldados romanos la
prenda de vestir interior de Jesús?
La Biblia dice que los cuatro soldados encargados de la
ejecución de Jesús se repartieron su ropa. “Pero la prenda
de vestir interior —señala Juan 19:23— era sin costura, pues
era tejida desde arriba toda ella.” Como a los soldados les
interesaba mucho dicha prenda, decidieron echar suertes
sobre esta en vez de dividírsela. ¿Qué la hacía tan especial?
Al parecer, la prenda de vestir interior solía ser una
túnica de lino o de lana que llegaba hasta las rodillas o los
tobillos. Normalmente, consistía en dos retazos cuadrados o
rectangulares que se cosían por arriba y por los lados,
dejando aberturas para la cabeza y los brazos.
También se confeccionaba otra clase de túnica más
costosa. Consistía en “una sola pieza larga de tela doblada
por la mitad, con un corte en medio para la cabeza”, señala
el libro Jesus and His World (Jesús y su mundo). Este tipo de
túnica se cosía únicamente por los lados y luego se hacía un
dobladillo en los bordes.
Ahora bien, las prendas sin ninguna costura —como la
de Jesús— se hacían exclusivamente en Palestina. Se tejían
en un telar vertical que contaba con dos grupos de hilos
colgados del travesaño superior, uno por delante y otro por
detrás. Cada grupo de hilos verticales formaba una urdimbre.
Mediante una varilla llamada lanzadera, el tejedor
entrecruzaba el hilo horizontal de la trama por la urdimbre
delantera y continuaba por la trasera. “De este modo —indica
cierta obra de consulta—, se formaba una sola pieza
cilíndrica.” No todo el mundo tenía una prenda de esta clase,
lo que explica por qué a los soldados les interesaba tanto obtener
una.
w10 1/9 pág. 15 ¿Lo sabía?
¿Estaba emparentado Jesús con alguno de sus doce
apóstoles?
▪ La Biblia no ofrece una respuesta concreta a esta pregunta.
No obstante, tanto algunos pasajes de las Escrituras como la
tradición extrabíblica parecen indicar que varios apóstoles estaban
emparentados con Jesús.
En los Evangelios se revelan los nombres de las mujeres que
estaban presentes mientras Jesús agonizaba en el madero. Por
ejemplo, Juan 19:25 se refiere a cuatro de ellas: “Su madre [María]
y la hermana de su madre; María la esposa de Clopas, y María
Magdalena”. Al comparar este versículo con los relatos paralelos de
Mateo y Marcos, podemos llegar a la conclusión de que la tía de
Jesús —“la hermana de su madre”— era Salomé. Aparentemente,
esta mujer era la madre de los hijos de Zebedeo (Mateo 27:55, 56;
Marcos 15:40). Por lo tanto, sus hijos —a quienes la Biblia identifica
como Santiago y Juan— serían primos hermanos de Jesús por
parte de madre. Estos dos hombres, que eran pescadores, fueron
invitados por Jesús a ser sus discípulos (Mateo 4:21, 22).
Por otra parte, la tradición asegura que el esposo de una de las
mujeres antes mencionadas —llamado Clopas o Alfeo— era
hermano de José, el padre adoptivo de Jesús. Si esto es cierto,
entonces otro de los apóstoles —Santiago hijo de Alfeo— también
sería primo de Jesús por parte de padre (Mateo 10:3).
cl cap. 29 págs. 291-292 párr. 7 “Conocer el amor del Cristo”
7 Encontramos un ejemplo muy conmovedor de su amor
abnegado en Juan 19:25-27. Imaginémonos cuántas cosas tendría
Jesús en la cabeza y el corazón la tarde en que falleció. En pleno
tormento del madero, se preocupó por sus discípulos, por la
predicación y, sobre todo, por su propia integridad y el efecto que
esta tendría en el nombre de su Padre. Ciertamente llevaba sobre
sus hombros el futuro de toda la humanidad. Con todo, muy poco
antes de morir, mostró interés por su madre, María, quien por lo
visto era viuda para entonces. Por ello, le pidió al apóstol Juan
que la cuidara como si fuera su propia madre, y más tarde, este se
la llevó consigo a su casa. Así, Cristo se encargó de que se
atendieran las necesidades físicas y espirituales de ella. ¡Qué
muestra tan tierna de amor altruista!
w10 15/8 págs. 11-12 ¿Cómo exaltó Jesús la justicia de Dios?
¿Qué logró Jesús con su muerte?
15 En el madero de tormento, justo antes de exhalar su último
suspiro, Jesús exclamó: “¡Se ha realizado!” (Juan 19:30). ¡Cuántas
cosas grandiosas hizo él con la ayuda de Dios durante los tres años
y medio que pasaron desde su bautismo hasta su muerte! Tan
pronto como murió, se produjo un violento terremoto y el oficial
romano que estaba a cargo de la ejecución reconoció: “Ciertamente
este era Hijo de Dios” (Mat. 27:54). Al parecer, este soldado
reaccionó así debido a que había visto cómo se burlaban de él
porque afirmaba ser el Hijo de Dios. A pesar de tantos sufrimientos,
Jesús se mantuvo fiel hasta el final y demostró que Satanás es un
despreciable mentiroso. Recordemos que siglos atrás el Diablo
había hecho esta afirmación desafiante acerca de quienes apoyan
la soberanía de Dios: “Si de salvar la vida se trata, el hombre es
capaz de todo” (Job 2:4, Traducción en lenguaje actual).
11
No obstante, la fidelidad de Jesús demostró que Adán y Eva
hubieran podido superar la prueba a la que fueron sometidos,
que fue mucho menos difícil. Y lo más importante es que con
su vida y muerte defendió y exaltó la justicia de Jehová como
Soberano (léase Proverbios 27:11). Ahora bien, ¿logró algo
más Jesús con su muerte? ¡Claro que sí!
16 Jehová consideró justos al gran número de siervos
suyos que vivieron antes de que Jesús viniera a la Tierra, y a
todos ellos les dio la esperanza de resucitar (Isa. 25:8; Dan.
12:13). Pero para poder ofrecer estas maravillosas
bendiciones a seres humanos imperfectos, nuestro santo
Dios Jehová necesitaba establecer una base legal. ¿Cuál
fue? La Biblia contesta: “Dios [...] presentó [a Cristo] como
ofrenda para propiciación mediante fe en su sangre. Esto fue
con el fin de exhibir su propia justicia, porque estaba
perdonando los pecados que habían ocurrido en el pasado
mientras [...] estaba ejerciendo longanimidad; para exhibir su
propia justicia en esta época presente, para que él sea justo
hasta al declarar justo al hombre que tiene fe en Jesús”
(Rom. 3:25, 26).
17 Jehová recompensó a su Hijo resucitándolo y
concediéndole una posición muy superior a la que tenía
antes de venir a la Tierra. Ahora Jesús es una gloriosa
criatura espiritual que goza de inmortalidad (Heb. 1:3). Y en
su posición de Sumo Sacerdote y Rey, el Señor Jesucristo
puede seguir ayudando a sus discípulos a exaltar la justicia
de Dios. ¡Qué agradecidos estamos de que nuestro Padre
celestial recompense a todos los que, como su Hijo, lo
ensalzan y le sirven lealmente! (Léanse Salmo 34:3
y Hebreos 11:6.)
w11 15/8 pág. 16 párr. 17 Hallaron al Mesías
17 Lo herirían con una lanza, pero no le romperían
ningún hueso. Zacarías anunció: “Los habitantes de
Jerusalén [...] mirarán a Aquel a quien traspasaron” (Zac.
12:10). Y David predijo en Salmo 34:20: “[Jehová] está
guardando todos los huesos de aquél; ni siquiera uno de
ellos ha sido quebrado”. Un testigo ocular, el apóstol Juan,
confirma que así le sucedió a Jesús: “Uno de los soldados le
punzó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y
agua. Y el que lo ha visto [es decir, Juan mismo] ha dado
testimonio, y su testimonio es verdadero [...]. De hecho, estas
cosas sucedieron para que se cumpliera la escritura: ‘Ni un
hueso de él será quebrantado’. Y, de nuevo, una escritura
diferente dice: ‘Mirarán a Aquel a quien traspasaron’” (Juan
19:33-37).
g02 22/3 págs. 10-11 ¿Cómo puedo predicar a mis
compañeros de escuela?
Si eres un joven cristiano, tal vez te suceda lo mismo de
vez en cuando. Claro está, todos tememos que nos
rechacen, de modo que es muy normal que sientas algo de
ansiedad al hablar de religión con un compañero. Pero
no hay razón para quedarse paralizado de miedo.
¿Recuerdas al personaje bíblico llamado José de Arimatea?
Él creía en lo que Jesús enseñaba. Sin embargo, la Biblia
dice que “era discípulo de Jesús, pero secreto por su temor a
los judíos” (Juan 19:38). ¿Cómo te sentirías si un amigo tuyo
quisiera mantener tu amistad en secreto? (Lucas 12:8, 9.)
Por tanto, no es de extrañar que Dios espere que todos los
cristianos hagan “declaración pública” de su fe (Romanos
10:10). En tu caso, eso implicaría predicar a tus compañeros de
escuela.
José de Arimatea superó el temor, al menos hasta el punto de
pedir permiso para enterrar el cuerpo de Jesús. ¿Cómo puedes
superar tus miedos?
w02 1/2 págs. 10-11 Una lección de Nicodemo
Unos seis meses más tarde, en la Pascua del año 33 E.C.,
Nicodemo contempla cuando bajan el cuerpo de Jesús del madero
de tormento y, junto con José de Arimatea, otro miembro del
Sanedrín, prepara el cuerpo para el entierro. A tal fin, lleva “un rollo
de mirra y áloes” que pesa 100 libras romanas (33 kilogramos), lo
que representa un considerable desembolso de dinero. También
requiere valor de su parte exponerse a las consecuencias de que lo
relacionen con “ese impostor”, como llamaban a Jesús los demás
fariseos. Los dos preparan sin dilación el cuerpo y lo colocan en una
tumba conmemorativa nueva que se halla cerca de allí. Sin
embargo, ni siquiera en este momento dice el relato que Nicodemo
sea discípulo de Cristo (Juan 19:38-42; Mateo 27:63; Marcos 15:43).
Por qué no actuó
Aunque el Evangelio de Juan no revela por qué Nicodemo
no ‘tomó su madero de tormento’ y siguió a Jesús, contiene algunos
datos que tal vez expliquen su indecisión.
En primer lugar, Juan señaló que este gobernante judío “vino a
[Jesús] de noche” (Juan 3:2). Un escriturario propone la siguiente
interpretación: “Nicodemo acudió de noche, no por temor, sino para
que las multitudes no interrumpieran su entrevista con Jesús”.
No obstante, Juan se refirió a Nicodemo como “el hombre que la
primera vez vino a [Jesús] de noche” en el mismo contexto donde
afirma que José de Arimatea era “discípulo de Jesús, pero secreto
por su temor a los judíos” (Juan 19:38, 39). Por consiguiente, es
probable que Nicodemo realizara su visita al amparo de la oscuridad
por “temor a los judíos”, tal como a otras personas de la época les
daba miedo tener algo que ver con Jesús (Juan 7:13).
¿Pospone usted la decisión de convertirse en discípulo de
Cristo por lo que puedan decir sus parientes, amigos o compañeros
de trabajo? “El temblar ante los hombres es lo que tiende un lazo”,
afirma el proverbio. ¿Cómo superar ese temor? El proverbio
continúa diciendo: “Pero el que confía en Jehová será protegido”
(Proverbios 29:25). Para fortalecer tal confianza en Jehová, usted
debe convencerse personalmente de que Dios lo sustentará si se
halla en serios apuros. Pídale a Jehová que le dé el valor necesario
para tomar hasta las más pequeñas decisiones relacionadas con la
adoración pura. Poco a poco, su fe y confianza en Jehová
aumentarán hasta el punto de que tomará decisiones importantes
en armonía con la voluntad divina.
Es posible que la posición y el prestigio con que contaba
Nicodemo por pertenecer a la clase gobernante también hayan sido
impedimentos para dar el importante paso de repudiarse a sí
mismo. Con toda probabilidad, por entonces todavía sentía gran
apego por su puesto en el Sanedrín. ¿Se retrae usted de abrazar el
cristianismo porque puede perder un cargo prestigioso o porque tal
vez deba sacrificar sus perspectivas de obtener un ascenso? Nada
de esto puede compararse con el honor de servir al Altísimo del
universo, que está dispuesto a concederle las peticiones que
armonicen con Su voluntad (Salmo 10:17; 83:18; 145:18).
Otra posible razón para que Nicodemo aplazara su decisión tal
vez tenga que ver con su riqueza. Quizá estaba influido por los
demás fariseos, “que eran amantes del dinero” (Lucas 16:14).
El que pudiera permitirse comprar un costoso rollo de mirra y áloes
12
es prueba de que disponía de medios económicos. En la
actualidad, hay quienes siguen retrasando la decisión de
asumir las responsabilidades cristianas porque están
preocupados por sus bienes materiales. Sin embargo, Jesús
aconsejó a sus seguidores: “Dejen de inquietarse respecto a
su alma en cuanto a qué comerán o qué beberán, o respecto
a su cuerpo en cuanto a qué se pondrán. [...] Pues su Padre
celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas.
Sigan, pues, buscando primero el reino y la justicia de Dios, y
todas estas otras cosas les serán añadidas” (Mateo 6:25-33).
Capítulo 20
g98 22/12 pág. 24 La Sábana Santa de Turín: ¿el sudario
de Jesús?
Los evangelistas cuentan que José de Arimatea bajó del
madero el cuerpo de Jesús y lo amortajó “en un lino limpio y
fino” (Mateo 27:57-61; Marcos 15:42-47; Lucas 23:50-56). El
apóstol Juan agrega: “También Nicodemo [...] vino trayendo
un rollo de mirra y áloes, como cien libras de ello. De modo
que ellos tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con las
vendas con especias, así como tienen costumbre los judíos
de preparar para el entierro” (Juan 19:39-42).
Los hebreos solían lavar los cadáveres y luego ungirlos con
aceites y especias (Mateo 26:12; Hechos 9:37). A la mañana
que siguió al sábado, varias amigas de Jesús fueron a
completar la preparación del cuerpo, que se había colocado
en una tumba. Pero cuando llegaron con las ‘especias para
untarlo’, ya no estaba en el sepulcro (Marcos 16:1-6; Lucas
24:1-3).
Poco después llegó Pedro y entró en la sepultura. ¿Qué
encontró? Nos lo refiere Juan, testigo ocular: “Vio las vendas
echadas, también el paño que había estado sobre la cabeza
de él, no echado con las vendas, sino aparte, arrollado en un
lugar” (Juan 20:6, 7). Observamos que no hay mención
alguna del lino fino, sino solo de las vendas y el paño de la
cabeza. Dado que Juan habla en específico de tales
artículos, ¿no sería lógico que hubiese consignado el lino fino
(la sábana) de haber existido?
Examinemos otro punto más: Si las prendas funerarias de
Jesús hubiesen llevado su imagen, ¿no cabría esperar que
alguien hubiera reparado en ella y se hubiese convertido en
tema de conversación? Lo cierto es que, aparte de lo que
dicen los Evangelios, la Biblia guarda silencio absoluto sobre
tales vestiduras.
Hasta los escritores de los siglos III y IV que afirmaban ser
cristianos no dijeron nada de un sudario con la imagen de
Jesús, y eso que muchos refieren una multitud de supuestos
milagros relacionados con numerosas reliquias. Algo difícil de
entender si tenemos en cuenta que los observadores de los
siglos XV y XVI “afirman —según el docto jesuita Herbert
Thurston— que las impresiones del sudario tienen tanta
viveza de detalles y color como si acabaran de producirse”.
it-2 pág. 318 María
Después del entierro de Jesús, María Magdalena y otras
mujeres fueron a preparar especias y aceite perfumado antes
del anochecer, cuando comenzaba el sábado. Luego, al
terminar el sábado y despuntar el alba, en el primer día de la
semana, María y las otras mujeres llevaron el aceite
perfumado a la tumba. (Mt 28:1; Mr 15:47; 16:1, 2; Lu
23:55, 56; 24:1.) Cuando María vio que la tumba estaba
abierta y al parecer vacía, se apresuró a contar las
asombrosas noticias a Pedro y Juan, quienes corrieron hacia
aquel lugar. (Jn 20:1-4.) Para cuando María llegó de nuevo a
la tumba, Pedro y Juan ya habían partido. Inspeccionó el interior de
la tumba y quedó atónita al ver a dos ángeles vestidos de blanco.
Después, al volverse hacia atrás, vio a Jesús de pie, y pensando
que era el hortelano, le preguntó dónde estaba el cuerpo para poder
atenderlo. Cuando él respondió: “¡María!”, descubrió su identidad y
ella le abrazó impulsivamente, a la vez que exclamó: “¡Rabboni!”.
Pero no era momento para expresiones de afecto. Jesús iba a estar
con ellos poco tiempo. María debía apresurarse a informar a los
otros discípulos sobre su resurrección y su ascensión, como él dijo,
“a mi Padre y Padre de ustedes y a mi Dios y Dios de ustedes”. (Jn
20:11-18.)
w08 15/4 pág. 32 Puntos sobresalientes del libro de Juan
20:17. ¿Por qué le dijo Jesús a María Magdalena que dejara
de colgarse de él? Parece que María se colgó de Jesús porque
pensaba que él estaba a punto de ascender al cielo y no lo volvería
a ver. Por eso, para tranquilizarla, Jesús le dijo que dejara de
colgarse de él y que fuera, más bien, a darles la noticia de su
resurrección a los demás discípulos.
w90 15/3 pág. 25 Joyas del Evangelio de Juan
Durante una de las apariciones de Jesús después de su
resurrección saludó a sus discípulos con las palabras: “Tengan paz”
(20:19). Entre los judíos ese era un saludo común. (Mateo
10:12, 13.) Para muchos, el uso de esas palabras tal vez no haya
significado mucho. Pero no fue así en el caso de Jesús, pues antes
había dicho a sus seguidores: “La paz les dejo, mi paz les doy”.
(Juan 14:27.) La paz que Jesús dio a sus discípulos se basaba en la
fe que tenían en él como el Hijo de Dios, y sirvió para calmar el
corazón y la mente de ellos.
De igual manera, nosotros podemos disfrutar de “la paz de
Dios”. Estimemos esta incomparable tranquilidad que se deriva de
estar en estrecha relación con Jehová mediante su amado Hijo.
(Filipenses 4:6, 7.)
w96 15/4 págs. 28-29 Preguntas de los lectores
Jesús dijo: “Si ustedes perdonan los pecados de cualesquiera
personas, les quedan perdonados; si retienen los de
cualesquiera personas, quedan retenidos”. ¿Significan estas
palabras que los cristianos tienen la potestad de perdonar los
pecados?
Las Escrituras no suministran base alguna para concluir que los
cristianos en general, ni siquiera los ancianos nombrados de las
congregaciones, están investidos de autoridad divina para perdonar
los pecados. Sin embargo, lo que Jesús dijo a sus discípulos en
Juan 20:23 citado arriba, indica que Dios confirió a los apóstoles
este poder especial, y puede que sus palabras tengan conexión con
lo que dijo en Mateo 18:18 acerca de las sentencias celestiales.
Los cristianos pueden perdonar ciertas ofensas, en
conformidad con el consejo del apóstol Pablo en Efesios 4:32:
“Háganse bondadosos unos con otros, tiernamente compasivos, y
perdónense liberalmente unos a otros, así como Dios también por
Cristo liberalmente los perdonó a ustedes”. Pablo se refería aquí a
problemas personales entre los cristianos por cosas como la
ligereza al hablar. Estos habían de esforzarse por componer los
asuntos y perdonarse mutuamente. Recuerde las palabras de
Jesús: “Por eso, si estás llevando tu dádiva al altar y allí te acuerdas
de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu dádiva allí enfrente
del altar, y vete; primero haz las paces con tu hermano, y luego,
13
cuando hayas vuelto, ofrece tu dádiva”. (Mateo 5:23, 24;
1 Pedro 4:8.)
Sin embargo, el contexto de Juan 20:23 sugiere que
Jesús se refería a pecados más graves, como lo indican sus
palabras complementarias a aquel auditorio específico.
Veamos por qué.
El día de su resurrección Jesús se apareció a sus
discípulos, que se hallaban reunidos a puerta cerrada en un
lugar de Jerusalén. El relato dice: “Jesús, por eso, les dijo
otra vez: ‘Tengan paz. Así como el Padre me ha enviado, yo
también los envío’. Y después de decir esto, sopló sobre
ellos y les dijo: ‘Reciban espíritu santo. Si ustedes perdonan
los pecados de cualesquiera personas, les quedan
perdonados; si retienen los de cualesquiera personas,
quedan retenidos’”. (Juan 20:21-23.)
Con toda probabilidad, los discípulos mencionados eran
principalmente los fieles apóstoles. (Compárese con el
versículo 24.) Al soplar sobre ellos y decirles: “Reciban
espíritu santo”, Jesús les anunció de forma simbólica que en
breve se derramaría espíritu santo sobre ellos; luego añadió
que tendrían autoridad para perdonar los pecados. Es
razonable pensar que estas dos declaraciones están
entrelazadas, que la una lleva a la otra.
Cincuenta días después de su resurrección, el día de
Pentecostés, Jesús derramó espíritu santo. ¿Con qué
resultados? Por un lado, los que lo recibieron nacieron de
nuevo como hijos espirituales de Dios con la esperanza de
gobernar con Cristo en el cielo. (Juan 3:3-5; Romanos 8:15-
17; 2 Corintios 1:22.) No obstante, el derramamiento del
espíritu logró algo más. Algunos de los beneficiados
adquirieron poderes milagrosos: unos podían hablar en
lenguas extranjeras que no conocían, otros gozaban del don
de profetizar y había quienes podían sanar a los enfermos y
resucitar a los muertos. (1 Corintios 12:4-11.)
En vista de que las palabras de Jesús en Juan 20:22
señalaron a este derramamiento de espíritu santo sobre los
discípulos, sus palabras inmediatas alusivas al perdón de los
pecados parecen significar que a los apóstoles se les confirió
la autoridad singular de perdonar o de retener los pecados
por permiso divino y mediante la acción del espíritu. (Véase
The Watchtower del 1 de marzo de 1949, página 78.)
La Biblia no relata cada una de las ocasiones en que los
apóstoles hicieron uso de dicha autoridad, como tampoco
recoge todo incidente en que se valieron de un don milagroso
para hablar en lenguas, profetizar o sanar. (2 Corintios 12:12;
Gálatas 3:5; Hebreos 2:4.)
Un episodio en el que estuvo implicada la autoridad
apostólica para perdonar o retener los pecados fue el de
Ananías y Safira, que pretendieron engañar al espíritu.
Pedro, que había oído lo que Jesús dijo en Juan 20:22, 23,
desenmascaró a los dos esposos. Primero se dirigió a
Ananías, quien murió en el acto. Luego, cuando entró Safira
y continuó con la farsa, pronunció sentencia contra ella. En
vez de perdonar su pecado, le dijo: “¡Mira! Los pies de los
que enterraron a tu esposo están a la puerta, y te sacarán a
ti”. Ella también murió al momento. (Hechos 5:1-11.)
En esta ocasión, el apóstol Pedro ejerció autoridad
especial para expresar la retención categórica de un pecado,
sabiendo de manera milagrosa que Dios no perdonaría la
falta de Ananías y Safira. Parece ser también que los
apóstoles poseían perspicacia sobrehumana en los casos en que
estaban convencidos de que los pecados habían sido perdonados
sobre la base del sacrificio de Cristo. De este modo, los apóstoles,
facultados por el espíritu, podían perdonar o retener los pecados.
La explicación anterior no significa que en aquel entonces
todos los ancianos ungidos con espíritu poseyeran dicha autoridad
milagrosa. Así lo revelan las palabras del apóstol Pablo sobre el
hombre que había sido expulsado de la congregación corintia.
No dijo: ‘Absuelvo a tal hombre de su pecado’, ni tampoco: ‘Sé que
en el cielo lo han perdonado, así que acéptenlo de nuevo’. Antes
bien, exhortó a toda la congregación a perdonar a este cristiano
restaurado y mostrarle amor. Añadió: “Cualquier cosa que le
perdonen bondadosamente a cualquiera, yo también se la perdono”.
(2 Corintios 2:5-11.)
Tan pronto como la congregación restableciera al ofensor,
todos los hermanos cristianos podrían perdonarlo en el sentido de
no guardarle rencor por lo que había hecho. Pero, primero, tendría
que arrepentirse y ser restaurado. ¿De qué manera?
Existen pecados graves, como el robo, la mentira y la
inmoralidad crasa, de los que tienen que encargarse los ancianos
de la congregación. Estos procuran corregir y censurar a los
transgresores a fin de inducirlos al arrepentimiento. Ahora bien, si
alguien se obstina en un pecado grave, los ancianos siguen la
directriz divina de expulsar al malhechor. (1 Corintios 5:1-5, 11-13.)
Las palabras de Jesús de Juan 20:23 no son aplicables en estos
casos. Los ancianos no poseen dones milagrosos del espíritu, como
la facultad de sanar físicamente a los enfermos o resucitar a los
muertos; estos dones cesaron tras haber cumplido su propósito en
el siglo I. (1 Corintios 13:8-10.) Además, los ancianos hoy no tienen
autoridad divina para perdonar pecados graves en el sentido de
pronunciar al ofensor limpio a los ojos de Jehová. Esta clase de
perdón tiene que basarse en el sacrificio de rescate, y nadie salvo
Jehová puede perdonar sobre esa base. (Salmo 32:5; Mateo 6:9,
12; 1 Juan 1:9.)
Como en el caso del ofensor de la antigua Corinto, cuando un
pecador desvergonzado rehúsa arrepentirse, debe ser expulsado. Si
más tarde se arrepiente y produce obras propias del
arrepentimiento, puede obtener el perdón divino. (Hechos 26:20.) En
tal situación, las Escrituras dan a los ancianos razón para creer que
Jehová en verdad ha perdonado al culpable. Entonces, una vez se
le ha restablecido, pueden ayudarlo espiritualmente a fortalecerse
en la fe. Los demás miembros de la congregación pueden
perdonarlo del mismo modo que los cristianos corintios perdonaron
al hombre expulsado que fue restaurado.
Al proceder de esta manera, los ancianos no establecen sus
propias normas judiciales, sino que aplican los principios bíblicos y
siguen detenidamente los procedimientos trazados por Jehová en
las Escrituras. Por lo tanto, cualquier perdón que otorguen o
rehúsen otorgar será en el sentido de lo que Jesús dijo en Mateo
18:18: “En verdad les digo: Cualesquiera cosas que aten sobre la
tierra serán cosas atadas en el cielo, y cualesquiera cosas que
desaten sobre la tierra serán cosas desatadas en el cielo”. Sus
actos simplemente reflejarían el punto de vista de Jehová sobre los
asuntos así como los presenta la Biblia.
Por lo tanto, las palabras de Jesús recogidas en Juan 20:23
no contradicen el resto de las Escrituras; más bien, indican que los
apóstoles recibieron autorización especial tocante al perdón, en
armonía con la función especial que desempeñaron durante la
infancia de la congregación cristiana.
14
w04 1/12 pág. 31 Preguntas de los lectores
Una vez resucitado, ¿por qué impidió Jesús que María
Magdalena lo tocara si más tarde le dijo a Tomás que lo
hiciera?
Algunas traducciones antiguas de la Biblia dan la
impresión de que Jesús le dijo a María Magdalena que no lo
tocara. Por ejemplo, la versión Torres Amat traduce así sus
palabras: “No me toques, porque no he subido todavía a mi
Padre” (Juan 20:17). Sin embargo, el verbo griego original,
que suele verterse “tocar”, significa también
“sujetar”, “agarrar”, “aferrarse”, “asirse”, “retener”.
Es razonable concluir que Jesús no estaba objetando a que
María Magdalena sencillamente lo tocara, pues permitió que
otras mujeres que habían ido a la tumba ‘lo asieran de los
pies’ (Mateo 28:9).
Muchas traducciones en lenguaje moderno, como la
Reina-Valera Actualizada, la Nueva Biblia Española y La
Biblia de las Américas, nos ayudan a comprender el
verdadero significado de las palabras de Jesús al traducirlas
de la siguiente manera: “Suéltame”. ¿Por qué le diría esto a
alguien tan cercano a él como María Magdalena? (Lucas 8:1-
3.)
Es probable que ella temiera que Jesús estuviera a
punto de irse y ascender al cielo. Como tenía un intenso
deseo de estar con el Señor, se asió de él para impedírselo.
A fin de asegurarle que aún no se iba, él le mandó que lo
soltara y fuera a decir a Sus discípulos que había resucitado
(Juan 20:17).
Ahora bien, la conversación entre Jesús y Tomás fue
diferente. Cuando Jesús se apareció a algunos de sus
discípulos, Tomás no estaba con ellos. Más tarde, este
expresó dudas respecto a la resurrección de Jesús y dijo que
no creería en ella a menos que viera las llagas causadas por
los clavos y pusiera la mano en la herida de lanza que tenía
en el costado. Ocho días después, Jesús volvió a aparecerse
a los discípulos, y en esa ocasión Tomás estaba presente,
por lo que el Maestro le dijo que tocara las heridas (Juan
20:24-27).
De modo que, en el caso de María Magdalena, Jesús
estaba tratando con una discípula que tenía el deseo
equivocado de impedir que él se fuera; pero en el caso de
Tomás, estaba ayudando a alguien que tenía dudas.
En ambos incidentes tuvo buenas razones para actuar como
lo hizo.
g05 22/4 pág. 9 “Aquellos que son llamados ‘dioses’”
Ahora bien, ¿por qué razón, cuando Tomás vio a Jesús
resucitado, exclamó: “¡Mi Señor y mi Dios!”? Como se ha
indicado, Jesús es un dios en el sentido de que es divino,
pero no es el Padre. Jesús acababa de decir a María
Magdalena: “Asciendo a mi Padre y Padre de ustedes y a mi
Dios y Dios de ustedes”. Es preciso tener presente también la
razón por la que Juan escribió su Evangelio. Tres versículos
después del relato acerca de Tomás, Juan explicó que lo
escribió para que sus lectores creyeran que “Jesús es el
Cristo el Hijo de Dios”, no Dios mismo (Juan 20:17, 28, 31).
Capítulo 21
it-1 pág. 450 Caza y pesca
Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran socios en el negocio de la
pesca. (Mt 4:18, 21; Lu 5:3, 7, 10.) Al menos en una ocasión siete
de los discípulos de Jesús —entre ellos Natanael y Tomás—
pescaron juntos. (Jn 21:2, 3.) En el relato de este suceso (Jn 21:2)
quedan sin identificar dos de los discípulos: tal vez uno haya sido
Andrés, el hermano de Pedro, y el otro, Felipe, ya que era de
Betsaida (que significa “Casa del Cazador [o, Pescador]”). (Jn
1:43, 44.)
w10 1/4 págs. 25-26 Aprendió lo que significa el perdón
Perdón sin reservas
Jesús les dice a sus apóstoles que vayan a Galilea, donde se
encontrará otra vez con ellos. Cuando llegan, Pedro decide ir al mar
a pescar, y varios de los discípulos lo acompañan. Una vez más,
Pedro se encuentra en las aguas donde ha pasado la mayor parte
de su vida. El crujir de la madera del bote, el movimiento de las olas
y el peso de las redes entre sus manos sin duda lo hacen sentirse
cómodo. ¿Estará pensando en el rumbo que tomará su vida ahora
que el ministerio de Jesús en la Tierra ha terminado? ¿Le resultará
atractiva la idea de volver a la vida sencilla de un pescador?
Es posible. Pero en toda la noche no pescan nada (Mateo 26:32;
Juan 21:1-3).
Al amanecer, una figura les dice desde la costa que arrojen las
redes por el otro lado de la barca. Así lo hacen... ¡y atrapan nada
menos que 153 pescados! Al reconocer Pedro quién les habla,
rápidamente salta de la barca y nada hasta la orilla. En la playa,
Jesús les da de comer algunos pescados que ha cocinado sobre
carbón. Entonces se dirige a Pedro.
Señalando la gran cantidad de peces que habían atrapado,
Jesús le pregunta: “¿Me amas más que a estos?”. ¿Podría el amor
que siente Pedro por la pesca competir con el amor que siente por
Jesús? Hace unos días, Pedro negó a Jesús tres veces. Ahora
Jesús le da la oportunidad de reafirmar tres veces su amor por él
frente a sus compañeros, lo cual Pedro hace. El Maestro le pide a
su vez que se lo demuestre. ¿De qué manera? Poniendo en primer
lugar el servicio sagrado: cuidando al rebaño de Cristo, es decir, a
sus seguidores (Juan 21:4-17).
De este modo, Jesús le hace entender a Pedro que todavía es
una persona valiosa tanto para él como para su Padre, y que será
muy útil en la congregación bajo la dirección de Cristo. ¡Qué prueba
tan sobresaliente de perdón! Seguramente la misericordia de Jesús
le llegó al corazón.
Pedro cumplió fielmente su comisión por muchos años.
Fortaleció a sus hermanos, tal como Jesús le había mandado en la
víspera de su muerte. Con paciencia y amor, cuidó de las ovejas de
Cristo. Simón, a quien Jesús había llamado Pedro, hizo honor a su
nuevo nombre —que significa “piedra” o “trozo de roca”— y llegó a
ser una persona fuerte, firme y confiable para todos en la
congregación. Esto se evidencia en las dos afectuosas cartas
escritas por él, que llegaron a ser parte de la Biblia. Estas cartas
también demuestran que Pedro nunca olvidó la lección que recibió
de parte de Jesús sobre el significado del verdadero perdón
(1 Pedro 3:8, 9; 4:8).
Aprendamos nosotros la misma lección. ¿Le pedimos a diario
perdón a Dios por los muchos errores que cometemos?
¿Aceptamos ese perdón con la seguridad de que borra lo que
hayamos hecho? ¿Perdonamos a los demás? Si así lo hacemos,
estaremos imitando la fe de Pedro y la misericordia de su Maestro.
15
w05 15/1 pág. 13 Cristo: el centro de las profecías
Más iluminación para los leales de Dios
14 Después de su resurrección, Jesús se aparece a sus
discípulos junto al mar de Galilea. Allí le dice a Pedro: “Si es
mi voluntad que [Juan] permanezca hasta que yo venga, ¿en
qué te incumbe eso?” (Juan 21:1, 20-22, 24). ¿Indican estas
palabras que el apóstol Juan viviría más que los demás
apóstoles? Parece que así es, porque sirvió a Jehová
fielmente otros casi setenta años. Sin embargo, el comentario
de Jesús da a entender algo más.
15 Las palabras “hasta que yo venga” nos recuerdan lo
que dijo Jesús acerca de que verían al “Hijo del hombre
viniendo en su reino” (Mateo 16:28). Juan permanece hasta
la venida de Cristo en el sentido de que posteriormente se le
da una visión profética en la que Jesús viene con poder real.
Cerca del fin de la vida de Juan, mientras está desterrado en
la isla de Patmos, recibe la Revelación con todas las
asombrosas señales proféticas de los sucesos que tendrían
lugar durante “el día del Señor”. A Juan lo conmueven tan
profundamente estas espectaculares visiones que cuando
Jesús dice: “Sí; vengo pronto”, él exclama: “¡Amén! Ven,
Señor Jesús” (Revelación 1:1, 10; 22:20).
En la pregunta de Jesús registrada en Juan 21:15, ¿a qué
se refería el con la palabra “estos”? [3 de jun., w08 15/4
pág. 32 párr. 11.]
w08 15/4 pág. 32 Puntos sobresalientes del libro de Juan
21:15, 19. Jesús le preguntó a Pedro si lo amaba más
que a “estos”, es decir, a los peces que tenían ante ellos.
Con esta pregunta, Jesús le remarcó a Pedro la importancia
de que, en lugar de dedicarse a la pesca, se dedicara a
seguirlo todo el tiempo. ¿Qué hay de nosotros? A medida
que analicemos los Evangelios, procuremos fortalecer
nuestra resolución de amar a Jesús por encima de cualquier
otra cosa que pudiera parecernos atractiva. Sí, continuemos
siguiéndolo con todo el corazón.

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casa de los patriarcas.

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