jueves, 23 de enero de 2014

Trate a su cónyuge con respeto Guillermo dice: * “Cuando Raquel se enoja, se pasa un buen rato llorando. Si nos sentamos a hablar, se pone irritable o hasta se niega a dirigirme la palabra. Ya no sé qué hacer. Me dan ganas de tirar la toalla”. Raquel dice: “Cuando Guillermo llegó a casa, yo estaba llorando. Intenté explicarle por qué, pero sin dejarme terminar me dijo que no era para tanto y que simplemente lo olvidara. Eso me irritó aún más”. ¿SE IDENTIFICA usted con Guillermo o con Raquel? Los dos quieren comunicarse, pero a menudo acaban frustrados. ¿Por qué será? Los hombres y las mujeres se comunican de manera distinta, y sus necesidades también son diferentes. La mujer quizás anhele expresar sus sentimientos francamente y con frecuencia. En cambio, muchos hombres tratan de preservar la paz arreglando los problemas enseguida y evitando los temas espinosos. Así pues, ¿cómo puede usted cerrar esa brecha y abrir las líneas de comunicación con su cónyuge? La clave está en el respeto. La persona respetuosa valora a los demás y procura entender cómo se sienten. Puede que a usted le hayan enseñado desde la infancia a respetar a quienes tienen más autoridad o experiencia. Sin embargo, en el matrimonio la dificultad estriba en respetar a alguien que está en el mismo nivel. Linda, que lleva ocho años casada, comenta: “Felipe escuchaba con paciencia y comprensión a cualquier otra persona. Yo solo quería que fuera igual de comprensivo conmigo”. Es probable que usted escuche atentamente y hable con respeto a sus amigos, e incluso a personas extrañas. Pero ¿trata de la misma forma a su pareja? La falta de respeto en el hogar provoca tensiones y amargos conflictos. Un rey sabio escribió una vez: “Más vale comer pan duro y vivir en paz que tener muchas fiestas y vivir peleando” (Proverbios 17:1, Versión Popular, [VP]). La Biblia aconseja al esposo que honre, o respete, a su esposa (1 Pedro 3:7). Igualmente, “la esposa debe tenerle profundo respeto a su esposo” (Efesios 5:33). Ahora bien, ¿cómo pueden lograr comunicarse con respeto? Veamos algunos consejos prácticos que da la Biblia. Cuando su cónyuge se exprese ¿Cuál es el problema? A muchas personas les gusta más hablar que escuchar. ¿Es usted una de ellas? La Biblia dice que “responde[r] a un asunto antes de oírlo” es una tontedad (Proverbios 18:13). ¿Por qué es importante escuchar antes de hablar? Tras veintiséis años de matrimonio, Kara explica: “Prefiero que mi esposo no intente arreglar mis problemas en el momento. Ni siquiera espero que esté de acuerdo conmigo ni que se imagine por qué surgieron. Solo necesito que me escuche y comprenda cómo me siento”. También está el caso de algunos hombres y mujeres que se sienten incómodos y se cohíben si su pareja los presiona para que se expresen. Lorena, que está recién casada, descubrió que su esposo necesita tomarse su tiempo para hablar de lo que siente. “Tengo que armarme de paciencia y esperar a que él quiera abrirse”, señala ella. ¿Cómo resolverlo? Si tienen que hablar de algún tema delicado, háganlo cuando estén tranquilos y relajados. ¿Y si al otro le cuesta expresarse? Comprenda que “las intenciones secretas son como aguas profundas” y que el “inteligente sabe descubrirlas” (Proverbios 20:5, VP). Si se saca muy aprisa un cubo de un pozo, se perderá mucha agua. De la misma forma, si apremia demasiado a su cónyuge, es posible que este se ponga a la defensiva y usted pierda la oportunidad de sacar lo que hay en su corazón. En vez de eso, hágale preguntas con amabilidad y respeto, y tenga paciencia si no le expresa sus sentimientos tan rápido como usted quisiera. Cuando su pareja hable, sea “presto en cuanto a oír, lento en cuanto a hablar, lento en cuanto a ira” (Santiago 1:19). El buen oyente no solo escucha con los oídos, sino también con el corazón. Por tanto, procure entender los sentimientos de su cónyuge. Este percibirá su respeto —o su falta de respeto— por la forma en que lo escuche. Jesús nos enseñó cómo hacerlo. Por ejemplo, cuando un hombre enfermo se le acercó para pedirle ayuda, él no le resolvió de inmediato su problema. Primero lo escuchó, después sintió su angustia en el corazón, y por último lo sanó (Marcos 1:40-42). Trate de seguir también esos tres pasos. Recuerde que lo más probable es que su pareja espere comprensión, no una solución instantánea. De modo que escuche con cuidado, sienta lo que el otro siente, y entonces, solo entonces, piense qué se puede hacer. Así le mostrará verdadero respeto. ¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? La próxima vez que su cónyuge empiece a hablarle, reprima el impulso de contestarle inmediatamente. Espere a que termine, y no le responda hasta que usted comprenda lo que quiso decir. Más tarde pregúntele: “¿Sentiste que de verdad te estaba escuchando?”. Cuando usted se exprese ¿Cuál es el problema? “En las comedias de televisión es algo muy normal criticar, insultar y hablar con sarcasmo al cónyuge”, comenta Linda, citada antes. Además, muchas personas crecen en hogares donde nadie se habla con respeto. Y cuando se casan y forman su propia familia, les cuesta evitar ese patrón de comportamiento. Ivy, que vive en Canadá, confiesa: “Me crié en un ambiente donde las burlas, los gritos y los apodos despectivos eran el pan de cada día”. ¿Cómo resolverlo? Asegúrese de que cuanto diga de su cónyuge “sea bueno para edificación según haya necesidad, para que imparta lo que sea favorable a los oyentes” (Efesios 4:29). Dicho de otro modo, sus palabras deben transmitir una imagen favorable de su pareja. Incluso cuando estén a solas, no caiga en la tentación de usar lenguaje hiriente u ofensivo. En el antiguo Israel, Mical se enfadó con su esposo, el rey David, y con desprecio le dijo que se había portado “como uno de los casquivanos”. Al llamarlo casquivano, o alocado, no solo ofendió a su esposo, sino que también desagradó a Dios (2 Samuel 6:20-23). ¿Cuál es la lección? Cuando hable con su cónyuge, preste atención a lo que dice (Colosenses 4:6, nota). Felipe, que lleva ocho años casado, reconoce que él y su esposa aún tienen desacuerdos. Se ha dado cuenta de que, a veces, sus comentarios solo empeoran las cosas: “He aprendido que ‘ganar’ una discusión es realmente una derrota. Es mucho mejor hacer lo posible por llevarnos bien”. Una viuda anciana de tiempos antiguos animó a sus nueras a hallar “un lugar de descanso, cada cual en la casa de su esposo” (Rut 1:9). Cuando los cónyuges se tratan con dignidad, hacen de su hogar “un lugar de descanso”. ¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Siéntese con su cónyuge para analizar los consejos de este subtítulo. Pregúntele: “Cuando hablo de ti en público, ¿sientes que te halago, o que te humillo? ¿Te parece que puedo mejorar?”. Entonces escuche bien lo que el otro diga y siga sus sugerencias. Reconozcan que no son iguales ¿Cuál es el problema? Algunos recién casados creen erróneamente que como la Biblia dice que son “una sola carne”, los dos han de tener la misma opinión y personalidad (Mateo 19:5). Sin embargo, no tardan en descubrir que esa idea no es realista. Al poco tiempo, sus diferencias provocan frecuentes discusiones. Linda explica: “Algo en lo que Felipe y yo somos muy distintos es que él se preocupa menos por las cosas. A veces está tan tranquilo mientras yo me muero de angustia, así que termino enojándome porque me parece que el asunto no le importa tanto como a mí”. ¿Cómo resolverlo? Acéptense el uno al otro como son y respeten sus diferencias. Para ilustrarlo: la vista y el oído no tienen la misma función; sin embargo, ambos sentidos se complementan para que podamos cruzar la calle sin percances. Después de casi treinta años de matrimonio, Adriana comenta: “Siempre que nuestros puntos de vista no sean contrarios a la Palabra de Dios, aceptamos que puedan diferir. Al fin y al cabo, estamos casados, no clonados”. Cuando su pareja opine o reaccione de forma distinta a usted, tenga en cuenta los sentimientos del otro y no se centre en los suyos (Filipenses 2:4). Fabián, el esposo de Adriana, admite: “No siempre entiendo ni comparto el parecer de mi esposa. Pero me recuerdo a mí mismo que mi amor por ella pesa mucho más que mi opinión. Si ella está contenta, yo también lo estoy”. ¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Haga una lista de los aspectos en que la opinión de su cónyuge o su forma de manejar las cosas sea superior a la suya (Filipenses 2:3). El respeto es imprescindible para disfrutar de una unión estable y feliz. Linda asegura: “En el matrimonio, el respeto aporta satisfacción y seguridad. Vale la pena cultivarlo”

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Solamente esfuérzate y sé muy valiente, cuidando de obrar conforme a toda la Ley que mi siervo Moisés te mandó.

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