domingo, 20 de abril de 2014

ejemplos de fe,.-ester

CAPÍTULO 15
Defendió al pueblo de Dios
ESTER intenta mantener la calma mientras se va acercando a los patios del palacio en la ciudad de Susa. Pero no es fácil, pues la construcción por sí sola es imponente. Saltan a la vista sus coloridas paredes de ladrillo esmaltado —con relieves de toros alados, leones y arqueros—, sus columnas de piedra acanaladas y sus formidables estatuas. El castillo luce espectacular, construido sobre unas inmensas plataformas cerca de las cumbres nevadas de los montes Zagros, con las cristalinas aguas del río Coaspes a sus pies. Atravesando este recinto, donde todo está cuidadosamente estudiado para exaltar el inmenso poder de su dueño, Ester va a presentarse ante el monarca, quien se hace llamar "el gran rey". ¡Y este hombre es nada menos que su esposo!
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2 Eso sí, el rey Asuero no es para nada la clase de hombre con que habría soñado casarse una joven judía como Ester, una muchacha de gran fe.* Él no tiene como modelos de conducta a personajes como Abrahán, quien obedeció humildemente la orden divina de escuchar a su esposa, Sara (Gén. 21:12). Sabe muy poco o nada de Jehová —el Dios de Ester— y la Ley que él dio al pueblo judío. Pero sí conoce muy bien las leyes persas, una de las cuales prohíbe justo lo que su esposa está a punto de hacer: presentarse ante el rey sin haber sido invitada. ¡Y el castigo por desobedecer es la muerte! Aun así, ella se dirige al patio interior del palacio y se coloca a la vista del trono real, con la certeza de estar cavando su propia tumba (lea Ester 4:11 y 5:1).
3 ¿Qué razones tiene para arriesgar su vida esta mujer de excepcional fe? ¿Qué podemos aprender nosotros de su ejemplo? Para averiguarlo, examinemos primero cómo llegó a ser la reina de Persia.
Los orígenes de Ester
4 Ester era una joven huérfana. No sabemos mucho de sus padres, salvo que pusieron a su hija el nombre Hadassá, como en hebreo se llama al mirto, hermoso arbusto de delicadas flores blancas. Al morir ellos, un primo de la muchacha llamado Mardoqueo, que ya era bastante mayor, se compadeció de ella y se la llevó a vivir con él. Desde entonces la crió como si fuera su propia hija (Est. 2:5-7, 15).
Ester sirviéndole a Mardoqueo una comida en casa de este
Mardoqueo podía estar orgulloso de su hija adoptiva
5 Mardoqueo y Ester vivían como exiliados en la capital de Persia, donde seguramente eran despreciados por seguir la religión y la Ley de los judíos. Sin duda, el afecto que la joven sentía por su primo crecía a medida que él le hablaba de Jehová, el Dios compasivo que tantas veces libró a su pueblo y que, de hecho, pronto volvería a hacerlo (Lev. 26:44, 45). No es de extrañar que entre ambos existiera un fuerte vínculo de cariño y lealtad.
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6 Al parecer, Mardoqueo trabajaba de funcionario en el castillo de Susa, en cuya puerta solía sentarse junto con otros servidores del rey (Est. 2:19, 21; 3:3). No hay mucha información sobre las ocupaciones de Ester durante su juventud, pero es bastante probable que cuidara de su primo y atendiera la casa, situada tal vez en la zona humilde de la ciudad, al otro lado del río. Probablemente le gustaba ir al mercado de Susa, donde los comerciantes y artesanos exponían artículos de oro, plata y otros materiales. ¡Quién iba a decir que más adelante llegaría a disfrutar todos los días de esos lujos! En ese momento no tenía ni idea del futuro que le esperaba.
"Era de [...] hermosa apariencia"
7 Cierto día, una noticia se extendió como la pólvora por toda la ciudad: ¡escándalo en la familia real! En el transcurso de un gran banquete, en el que los nobles disfrutaban de vino y ricos manjares, Asuero mandó llamar a su hermosa reina Vasti —que estaba con las mujeres en una fiesta aparte—, pero ella se negó a presentarse. El rey, furioso por esta intolerable humillación, preguntó a sus consejeros qué castigo imponerle. Finalmente, decidió destituirla de su cargo y nombrar una nueva reina. Sus servidores salieron en busca de las jóvenes vírgenes más bellas de todo el reino, de entre las cuales el monarca elegiría su nueva esposa (Est. 1:1–2:4).
8 Mientras veía crecer a su prima, Mardoqueo se llenaba de orgullo y cariño al comprobar un hecho innegable: Ester se estaba convirtiendo en toda una mujer... y muy linda, por cierto. De hecho, el relato dice que "la joven era de bonita figura y hermosa apariencia" (Est. 2:7). Sin embargo, de seguro él no podía evitar sentirse algo preocupado. Tal como indica la Biblia con razón, la belleza no lo es todo. Si la persona no cultiva cualidades como la sabiduría y la humildad, será fácil que se vuelva presumida y orgullosa (lea Proverbios 11:22). ¿Acaso le pasaría eso a Ester? ¿Se convertiría su belleza en una trampa? Solo el tiempo lo diría.
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9 En cuanto los servidores de Asuero vieron a la bella Ester, decidieron llevársela al palacio real, al otro lado del río (Est. 2:8). ¡Qué dolorosa debió ser la separación! Mardoqueo la quería como a una hija... Y desde luego, no deseaba que se casara con un pagano —por muy rey que fuera—, pero no pudo hacer nada por impedirlo.* Seguramente, Mardoqueo aprovechó esos últimos momentos antes de que se la arrebataran para darle valiosos consejos que ella nunca olvidaría. De camino al castillo de Susa, Ester no dejaba de preguntarse qué ocurriría con ella y qué clase de vida le estaría esperando.
"Se granjeaba favor a los ojos de todos"
10 De un día para otro, Ester se encontró en un mundo nuevo y desconocido, junto con un grupo de jóvenes traídas de todos los rincones del extenso Imperio persa. Sin duda, entre ellas se daba una amplia variedad de personalidades, costumbres e idiomas. Todas estaban al cuidado de un oficial de la corte llamado Hegai, quien se encargaba de que durante un año recibieran un elaborado tratamiento de belleza que incluía masajes con aceites perfumados (Est. 2:8, 12). ¿Qué efecto tuvieron en ellas tantas atenciones? Como cabría esperar, muchas se volvieron presumidas y vanidosas, y se obsesionaron con ser la más bella. ¿Fue ese también el caso de Ester?
11 No hay duda de que el más preocupado por saber cómo le iban las cosas a su prima era Mardoqueo. Según indica la Biblia, día tras día se acercaba todo lo que podía a la casa de las mujeres para averiguar si Ester se encontraba bien (Est. 2:11). Y la información que obtenía, tal vez de algún servidor, lo llenaba de orgullo y alegría. ¿Por qué?
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12 Hegai se había quedado tan impresionado con Ester que la trataba con especial bondad. Hasta le concedió siete sirvientas y el lugar principal en la casa de las mujeres. Lo que es más, el relato indica que "Ester continuamente se granjeaba favor a los ojos de todos los que la veían" (Est. 2:9, 15). ¿Por qué causaba tan buena impresión? ¿Por su belleza sin igual? No. Ella manifestaba hermosas cualidades que la hacían mucho más que una cara bonita.
Ester mirando la naturaleza mientras otras mujeres se embellecen
Ester sabía que la humildad y la sabiduría valen mucho más que la belleza
13 Fijémonos en lo que dicen las Escrituras: "Ester no había informado acerca de su pueblo ni de sus parientes, porque Mardoqueo mismo le había impuesto el mandato de que no lo informara" (Est. 2:10). Como podemos ver, su primo le había pedido que no revelara que era judía, pues sabía que entre la realeza persa había muchos prejuicios. Así que está claro que, aunque él no estuviera presente, Ester actuaba con prudencia y sabiduría, y le seguía obedeciendo. ¡Qué feliz debió sentirse Mardoqueo!
14 Hoy día, cuando los jóvenes son obedientes en todo momento, también alegran mucho a sus padres o a quienes estén a cargo de ellos. Puede que a veces se encuentren rodeados de personas superficiales, inmorales o crueles y no haya nadie que los esté vigilando, pero no por eso se dejan llevar por las malas influencias. Al contrario, están decididos a nunca rebajar sus principios. Estos jóvenes, al igual que Ester, hacen muy feliz a su Padre celestial (lea Proverbios 27:11).
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15 Volvamos al relato de Ester. Cuando por fin le llegó el turno de presentarse ante el rey, podía haber elegido cualquier adorno que deseara para realzar su atractivo. Pero modesta como es, se arregló únicamente con lo que le ofreció Hegai (Est. 2:15). Tal vez razonó que, para ganarse el corazón del monarca, no bastaría con ser bella, sino que serían mucho más importantes cualidades como la humildad y la modestia, que tanto escaseaban en la corte. ¿Estaba en lo cierto?
16 El relato nos da la respuesta: "El rey llegó a amar a Ester más que a todas las demás mujeres, de manera que ella se granjeó más favor y bondad amorosa ante él que todas las demás vírgenes. Y él procedió a poner el adorno de realeza sobre la cabeza de ella y a hacerla reina en lugar de Vasti" (Est. 2:17). Así fue como esta humilde joven judía se convirtió en la nueva reina, la esposa del emperador más poderoso de la época. ¡Qué cambio tan grande para ella! ¿Cómo se adaptó a su nueva vida? ¿Se le subió a la cabeza ser el centro de tantas atenciones? No, en absoluto.
17 Ester siguió siendo la misma muchacha obediente de siempre. Por ejemplo, le hizo caso a su padre adoptivo y continuó manteniendo en secreto su origen judío. Además, cuando Mardoqueo descubrió que unos traidores planeaban asesinar al rey, Ester siguió sus instrucciones y advirtió a Asuero, logrando así detener el complot (Est. 2:20-23). En todo momento demostró humildad y obediencia, cualidades que revelan lo fuerte que era su fe. Nosotros hoy día debemos esforzarnos por imitar su ejemplo, pues vivimos rodeados de gente que desprecia la obediencia y prefiere rebelarse contra todo. Pero si tenemos verdadera fe, como Ester, valoraremos muchísimo esta cualidad.
Se somete a prueba su fe
18 Andando el tiempo, un hombre llamado Hamán comenzó a adquirir prominencia en la corte. Asuero lo nombró primer ministro —convirtiéndolo en su mano derecha y principal consejero— y ordenó que todos se inclinaran ante él (Est. 3:1-4). Aunque Mardoqueo era leal al rey, consideraba que obedecer ese mandato sería una falta de respeto a Dios. Sabía que Hamán era agaguita, lo que probablemente indicaba que era descendiente de Agag, rey amalequita ejecutado por el fiel profeta Samuel (1 Sam. 15:33). Los amalequitas habían actuado con tanta maldad que se habían hecho enemigos de Jehová y su pueblo, por lo que terminaron siendo una nación condenada por Dios (Deut. 25:19).* ¿Acaso iba a arrodillarse un judío fiel ante un amalequita? ¡Mardoqueo jamás lo haría! Su actitud nos recuerda la fe que han mostrado muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos e incluso en nuestros días. Aun a riesgo de su vida, no han dudado en decir: "Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres" (Hech. 5:29).
19 Ante la negativa de Mardoqueo a rendirle honores, Hamán se puso tan furioso que maquinó un plan para acabar con él y, por extensión, con todos sus compatriotas. Primero acudió al rey Asuero y comenzó a hablarle mal de cierta nación —los judíos—, pero sin mencionarlos por nombre. Los presentó como un pueblo insignificante, "esparcido y separado entre los pueblos", pero rebelde y muy peligroso por no acatar las leyes del rey. Finalmente, se ofreció a donar una enorme cantidad de dinero al tesoro real para cubrir los gastos de exterminarlos del imperio.* ¿Cómo respondió Asuero? Le entregó su anillo de sellar para que pudiera aprobar en su nombre esa orden y cualquier otra ley que necesitara (Est. 3:5-10).
20 En cuanto se dio la orden, los mensajeros recorrieron el imperio a caballo, proclamando a los cuatro vientos un decreto que, en esencia, era una sentencia de muerte para el pueblo judío. La noticia debió causar gran conmoción entre los habitantes de la lejana Jerusalén, quienes habían regresado del exilio en Babilonia y estaban tratando de reconstruir la ciudad. ¡Ni siquiera contaban todavía con murallas que les permitieran protegerse! Sin duda alguna, al oír las terribles noticias, el propio Mardoqueo no pudo evitar pensar en ellos, así como en sus propios familiares y amigos que vivían en Susa. En señal de tristeza, se rasgó la ropa, se vistió de tela áspera, se echó ceniza en la cabeza y fue por la ciudad lamentándose a voz en cuello. Hamán, por el contrario, se sentó tranquilamente a beber con el rey, sin importarle lo más mínimo el sufrimiento que les estaba causando a los judíos y a los amigos que estos tenían en Susa (lea Ester 3:12–4:1).
21 Mardoqueo sabía que no debía quedarse de brazos cruzados. Pero ¿qué podía hacer? Ester le envió unas vestiduras para animarlo, pero él se negó a aceptarlas. Al final llegó a entender algo que probablemente llevaba tiempo preguntándose: la razón por la que Jehová había permitido que se llevaran a su querida prima al palacio y la casaran con un rey pagano. Sin perder un instante, le envió a Ester un mensaje urgente: debía acudir ante la presencia del rey Asuero y suplicarle "por el propio pueblo de ella" (Est. 4:4-8).
22 Cuando la reina recibió el mensaje, el corazón le dio un vuelco. Se enfrentaba a la mayor prueba de fe de toda su vida, y en su respuesta a Mardoqueo admitió sin reparos que sentía miedo. ¿A qué se debían los temores? Tal como le recordó a su primo, la ley persa ordenaba la ejecución de quien se presentara ante el rey sin ser convocado. Cuando alguien no seguía esta regla, su única esperanza era que el monarca extendiera su cetro de oro para perdonarlo. Pero ¿podía Ester esperar que Asuero tuviera clemencia con ella? Al fin y al cabo, no había mostrado ninguna piedad con Vasti cuando esta se negó a acudir a su llamado. Para colmo, hacía ya treinta días que no había invitado a Ester a verlo, lo que tal vez significara que el caprichoso monarca había perdido interés en ella (Est. 4:9-11).*
23 Mardoqueo respondió con firmeza, pues quería fortalecer la fe de su prima. Le aseguró que Jehová libraría a los judíos del ataque, sea valiéndose de ella o de cualquier otro medio. Y le aclaró que, si se negaba a actuar, difícilmente podría salvarse cuando la persecución se hiciera más intensa. De esta manera, Mardoqueo demostró que confiaba plenamente en Jehová, un Dios que siempre cumple sus promesas y que nunca permitirá que su pueblo sea aniquilado (Jos. 23:14). Por último, le preguntó a Ester: "¿Quién hay que sepa si has alcanzado la dignidad real para un tiempo como este?" (Est. 4:12-14). ¡Cuánta fe y confianza en Dios demostró Mardoqueo! ¿Podría decirse lo mismo de nosotros? (Prov. 3:5, 6.)
La fe de Ester supera el miedo a la muerte
24 Ester comprendió que había llegado el momento de actuar. Le pidió a Mardoqueo que todos los judíos se unieran a ella en un ayuno de tres días. Y demostró su extraordinaria fe y valentía al pronunciar unas palabras que han resonado hasta el día de hoy: "En caso de que tenga que perecer, tendré que perecer" (Est. 4:15-17). Durante aquellos tres días, sin duda oró con más fervor que nunca. Cuando al fin llegó la hora, se vistió con sus mejores galas, con la intención de agradar al rey, y salió de sus aposentos.
Ester entrando en la corte del rey Asuero vestida con sus mejores galas
Ester arriesgó su vida para proteger al pueblo de Dios
25 Como vimos al principio de este capítulo, Ester ahora se dirige a la presencia del rey. De camino, con el corazón en un puño y la mente llena de inquietud, le ora a Dios una y otra vez. Entonces entra al patio. Desde allí puede ver a Asuero sentado en el trono, con el rostro acicalado al estilo persa, los rizos de su cabello y de su cuadrada barba perfectamente definidos. Tratando de adivinar su estado de ánimo, se fija en su expresión. ¿Cuánto tardó su esposo en darse cuenta de que ella estaba allí? No lo sabemos, ¡pero seguro que a Ester debió parecerle toda una eternidad! Cuando al fin alcanza a verla, se sorprende un poco, pero enseguida relaja la mirada y le extiende el cetro de oro (Est. 5:1, 2).
26 Ester ha conseguido que el rey le conceda una audiencia. Esta fiel mujer estuvo dispuesta a arriesgar la vida para defender a Jehová y proteger a su pueblo. ¡Qué gran ejemplo de fe para los siervos de Dios de todas las épocas! Los cristianos de la actualidad valoramos muchísimo relatos como este. Jesús dijo que sería el amor lo que identificaría a sus verdaderos discípulos (lea Juan 13:34, 35). Pues bien, esa clase de amor sacrificado requiere ser valiente como lo fue Ester en esta ocasión. Sin embargo, este fue solo el principio de su historia. ¿Cómo se las arreglaría Ester para convencer a Asuero de que su consejero favorito, Hamán, no era más que un despreciable conspirador? ¿Lograría salvarles la vida a los judíos? Lo descubriremos en el próximo capítulo.
[Notas]
Por lo general, se cree que Asuero es el rey Jerjes I, emperador de Persia de principios del siglo V antes de Cristo.
Consulte el recuadro "Preguntas sobre Ester", del capítulo 16.
Puede que Hamán fuera uno de los últimos amalequitas, pues el "resto de Amaleq" había sido exterminado en tiempos del rey Ezequías (1 Crón. 4:43).
Hamán ofreció 10.000 talentos de plata, lo que hoy equivaldría a varios cientos de millones de dólares. Si en efecto Asuero era Jerjes I, la propuesta debió resultarle muy tentadora, pues había perdido una gran fortuna en su largamente planificada pero infructífera guerra contra los griegos.
Jerjes I tenía fama de ser caprichoso y violento. El historiador griego Heródoto ofrece ejemplos de su mal genio al relatar las expediciones militares que realizó contra Grecia. En cierta ocasión ordenó construir un puente sustentado sobre barcos a través del estrecho del Helesponto. Cuando una tempestad lo destrozó, se enfureció tanto que mandó decapitar a los ingenieros y "castigar" las aguas maldiciéndolas en voz alta y azotándolas con látigos. Durante la misma campaña, cuando un hombre acaudalado le suplicó que eximiera a uno de sus hijos de servir en el ejército, el rey ordenó que cortaran al joven por la mitad y expusieran su cadáver para escarmiento de todos.
PREGUNTAS PARA PENSAR
• ¿Cómo demostró Ester que era humilde y obediente?
• ¿Cómo ayudó Mardoqueo a Ester a actuar con fe?
• ¿Cómo probó Ester que era una mujer valiente?
• ¿De qué manera piensa usted que podría imitar la fe de Ester?
[Preguntas del estudio]
1-3. a) ¿Por qué debió resultarle intimidante a Ester presentarse ante su esposo? b) ¿Qué preguntas contestaremos?
4. ¿Qué sabemos de la infancia de Ester, y cómo llegó a vivir con su primo Mardoqueo?
5, 6. a) ¿Cómo educó Mardoqueo a Ester? b) ¿Cómo era la vida cotidiana de Ester y Mardoqueo?
7. ¿Por qué fue destituida Vasti, y qué ocurrió después?
8. a) ¿Por qué debió sentirse Mardoqueo algo preocupado por su prima? b) Según lo que dice la Biblia, ¿qué punto de vista equilibrado sobre la belleza debemos tener? (Vea también Proverbios 31:30.)
9. a) ¿Qué sucedió cuando los servidores del rey vieron a Ester, y por qué debió ser tan dolorosa la separación? b) ¿Por qué permitió Mardoqueo que Ester se casara con un pagano? (Vea el recuadro.)
10, 11. a) ¿Qué efecto podría haber tenido en Ester el ambiente que la rodeaba? b) ¿Cómo sabemos que a Mardoqueo le preocupaba el bienestar de su prima?
12, 13. a) ¿Qué impresión causó Ester en quienes la rodeaban? b) ¿Por qué debió alegrarse Mardoqueo al saber que Ester no había revelado que era judía?
14. ¿Cómo pueden los jóvenes de hoy imitar el ejemplo de Ester?
15, 16. a) ¿Cómo se ganó Ester el corazón del rey? b) ¿Por qué no debió ser fácil para Ester este cambio en su vida?
17. a) ¿Cómo siguió Ester obedeciendo a su padre adoptivo? b) ¿Por qué es tan necesario hoy día que sigamos el ejemplo de Ester?
18. a) ¿Cuál podía haber sido la razón por la que Mardoqueo se negaba a inclinarse ante Hamán? (Vea también la nota.) b) ¿Cómo han mostrado una fe similar a la de Mardoqueo muchos siervos fieles de la actualidad?
19. ¿Qué planeaba hacer Hamán, y cómo logró convencer al rey?
20, 21. a) ¿Qué efecto tuvo la orden de Hamán en Mardoqueo y los demás judíos del Imperio persa? b) ¿Qué le pidió Mardoqueo a Ester que hiciera?
22. ¿Por qué tenía Ester miedo de presentarse ante su esposo, el rey? (Vea también la nota.)
23. a) ¿Qué dijo Mardoqueo para fortalecer la fe de Ester? b) ¿Por qué es Mardoqueo un ejemplo para nosotros?
24. ¿Cómo demostró Ester su fe y valentía?
25. Describa lo que ocurrió cuando Ester se presentó ante el rey.
26. ¿Por qué debemos los cristianos ser valientes como Ester? ¿Qué vamos a ver en el próximo capítulo?
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Solamente esfuérzate y sé muy valiente, cuidando de obrar conforme a toda la Ley que mi siervo Moisés te mandó:-.Josue 1:7






























































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