lunes, 16 de julio de 2018

Texto Diario lunes, 16 de julio de 2018 ¿Quién hace que tú difieras de otro? (1 Cor. 4:7).

Texto Diario lunes, 16 de julio de 2018

¿Quién hace que tú difieras de otro? (1 Cor. 4:7).
El apóstol Pedro tuvo durante un tiempo prejuicios contra los no judíos, pero poco a poco eliminó esos sentimientos negativos (Hech. 10:28, 34, 35; Gál. 2:11-14). Si detectamos prejuicio u orgullo racial en nosotros, aunque sea solo una pizca, tenemos que esforzarnos sinceramente para arrancarlo del corazón (1 Ped. 1:22). Haríamos bien en meditar en que nadie merece la salvación. Todos, sin importar nuestra nacionalidad, somos imperfectos (Rom. 3:9, 10, 21-24). ¿Tenemos, por tanto, alguna razón para sentirnos superiores a otros? Deberíamos compartir la opinión de Pablo, que les recordó a los demás cristianos ungidos que ya no eran “extraños y residentes forasteros, sino [...] miembros de la casa de Dios” (Efes. 2:19). Tenemos que hacer un gran esfuerzo por vencer los prejuicios. No hay duda de que eso nos servirá para seguir poniéndonos la nueva personalidad (Col. 3:10, 11). w16.10 1:9

(1 Corintios 4:7)  Pues, ¿quién hace que tú difieras de otro? En realidad, ¿qué tienes tú que no hayas recibido? Entonces, si verdaderamente [lo] recibiste, ¿por qué te jactas como si no [lo] hubieras recibido?
(Hechos 10:28)  y les dijo: “Bien saben ustedes cuán ilícito le es a un judío unirse o acercarse a un hombre de otra raza; y, no obstante, Dios me ha mostrado que no debo llamar contaminado o inmundo a ningún hombre.
(Hechos 10:34, 35)  Ante aquello, Pedro abrió la boca y dijo: “Con certeza percibo que Dios no es parcial, 35 sino que, en toda nación, el que le teme y obra justicia le es acepto.
(Gálatas 2:11-14)  Sin embargo, cuando Cefas vino a Antioquía, lo resistí cara a cara, porque se hallaba condenado. 12 Porque, antes de la llegada de ciertos hombres desde Santiago, solía comer con gente de las naciones; pero cuando estos llegaron, se puso a retirarse y a separarse, por temor a los de la clase circuncisa. 13 Los demás de los judíos también se unieron a él en hacer esta simulación, de modo que hasta Bernabé fue llevado con ellos en su simulación. 14 Mas cuando yo vi que no estaban andando rectamente conforme a la verdad de las buenas nuevas, dije a Cefas delante de todos ellos: “Si tú, aunque eres judío, vives como las naciones, y no como los judíos, ¿cómo obligas a gente de las naciones a vivir conforme a la práctica judía?”.
(1 Pedro 1:22)  Ahora que ustedes han purificado sus almas por [su] obediencia a la verdad con el cariño fraternal sin hipocresía como resultado, ámense unos a otros intensamente desde el corazón.
(Romanos 3:9, 10)  ¿Qué, pues? ¿Estamos en mejor posición nosotros? ¡De ninguna manera! Porque arriba hemos hecho el cargo de que tanto los judíos como los griegos están todos bajo pecado; 10 así como está escrito: “No hay justo, ni siquiera uno;
(Romanos 3:21-24)  Mas ahora, aparte de ley, la justicia de Dios ha sido puesta de manifiesto, según dan testimonio de ella la Ley y los Profetas; 22 sí, la justicia de Dios mediante la fe en Jesucristo, para todos los que tienen fe. Porque no hay distinción. 23 Porque todos han pecado y no alcanzan a la gloria de Dios, 24 y es como dádiva gratuita que por su bondad inmerecida se les está declarando justos mediante la liberación por el rescate [pagado] por Cristo Jesús.
(Efesios 2:19)  Ciertamente, por lo tanto, ustedes ya no son extraños y residentes forasteros, sino que son conciudadanos de los santos y son miembros de la casa de Dios,
(Colosenses 3:10, 11)  y vístanse de la nueva [personalidad], que mediante conocimiento exacto va haciéndose nueva según la imagen de Aquel que la ha creado, 11 donde no hay ni griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, extranjero, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todas las cosas y en todos.


El apóstol Pedro tuvo durante un tiempo prejuicios contra los no judíos, pero poco a poco eliminó esos sentimientos negativos (Hech. 10:28, 34, 35; Gál. 2:11-14). Si detectamos prejuicio u orgullo racial en nosotros, aunque sea solo una pizca, tenemos que esforzarnos sinceramente para arrancarlo del corazón (lea 1 Pedro 1:22). Haríamos bien en meditar en que nadie merece la salvación. Todos, sin importar nuestra nacionalidad, somos imperfectos (Rom. 3:9, 10, 21-24). ¿Tenemos, por tanto, alguna razón para sentirnos superiores a otros? (1 Cor. 4:7). Deberíamos compartir la opinión de Pablo, que les recordó a los demás cristianos ungidos que ya no eran “extraños y residentes forasteros, sino [...] miembros de la casa de Dios” (Efes. 2:19). Tenemos que hacer un gran esfuerzo por vencer los prejuicios. No hay duda de que eso nos servirá para seguir poniéndonos la nueva personalidad (Col. 3:10, 11).

Macpela.

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